Cenáculo de María-La Plata
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Pía Unión Cenáculo de María
El Amor de Cristo nos ha unido en el Corazón de nuestra Madre

A MARIA CON AMOR

 
Presentamos la publicación de los distintos números de "A María con Amor". 

Número 1.

  Es la primera vez que esta publicación ve la luz, y quiere, como su título lo indica, decir cosas de María. Decirlas con amor, y al decirlas, llegar al corazón de los que nos lean para que se enfervorice en ellos, no sólo el amor hacia la Madre , sino, por su intermedio, hacia Jesús y hacer así una realidad el viejo dicho: “a Jesús por María”.
  Decimos con amor, porque no de otra forma se puede hablar de María. Decimos con amor, porque es la única de decir fervorosamente de Ella y entusiasmar a los demás, el mismo amor hacia la Madre de Cristo que Él nos quiso dejar por Madre y Mediadora, y así hacer que los hombres, tuvieran un refugio seguro por los caminos de la vida en su marcha hacia los cielos.
  Con amor decimos y no de otra forma quieren expresarte estas líneas los sentimientos que han de embargar esta publicación que, aunque pequeña, cada tanto iremos sembrando en las almas, para que ya que Dios ha querido que fuera el camino hacia Cristo, y que en los últimos tiempos, tus apariciones tuvieran como objeto a través de tu ternura maternal, hacer un llamamiento angustioso a los hijos que Cristo te entregó en la cruz, para que se aparten del mal y vuelvan nuevamente al camino de la verdad que Él enseñó y firmó con su sangre derramada muriendo en la cruz.
  Con amor afirmamos porque ha sido siempre nuestro corazón y quiere expresar con esa palabra, la única forma posible de estar unidos a Ti, ya que el amor es la razón de la vida de todo hombre en lo natural y en lo sobrenatural y andar tras tus huellas, es andar en lo sobrenatural. Recurrimos y pedimos al Espíritu Santo, tu único e indisoluble esposo, que encienda ardientemente en nuestros corazones el fuego que hizo encender en Pentecostés sobre el Cenáculo, que derramó en nuestros corazones el día del Bautismo y que encendió ardorosamente en el de nuestra Confirmación, para que de ese modo nos mantuviésemos fuertes y ensamblados en el servicio de Dios, en la confesión de la fe y en el testimonio de la Verdad. Sólo el amor nos hará capaces de servir a María, pero como María está toda llena de la plenitud de Dios, por ser glorificada en Ella, amemos y glorifiquemos al único Dios que ha sido la fuente de nuestra salvación y que la eligió en el tiempo para que por medio de Ella llegase a nosotros esa salvación: Cristo Jesús.
  Con amor te decimos nuevamente, Virgen Madre. Vamos a alabarte y celebrarte a través de esta página. Cada vez que una de ellas aparezca, será la forma de que el mensaje que queremos hacer llegar a los que nos leen, tenga efecto. Los que lo hagan, tienen que sentir que nuestros corazones laten al unísono con el tuyo, por amor a Jesús, y que queremos por Tu medio, que los suyos también se enciendan y latan en ese divino amor que es Cristo Jesús.
  Virgen Madre: en la cruz nos recibiste por hijos, pero en el Bautismo, a cada uno, nos aceptaste como tales. Danos la gracia de vivir como quienes un día tuvimos la dicha inmensa de que Tú y cada uno de nosotros comenzáramos: Tú a decirnos con propiedad hijos y nosotros con amor, Madre. Así te sentimos, porque así te queremos y porque así descansamos en Vos ya que “Tu eres nuestra mayor confianza, toda la razón de nuestra esperanza”.

Número 2.

  Con nuestro primer número ya hemos abierto el surco en el cual iremos arrojando semilla del amor a María, para que produzca, si es designio de Dios, abundante fruto. Hacíamos nuestra declaración y decíamos que todo cuanto estas páginas contuvieran y las sucesivas que hubieran de ver la luz, serían todas por amor a María y es entonces que en este segundo número comenzamos esta tarea. La gente está hambrienta de que se le hable de María, se fomente cada vez más el amor hacia Ella y que sea el camino seguro, para que por su intermedio encontrar a Jesús.
  ¡Encontrar a Jesús! Que afirmación tan rotunda que brota del corazón de todo aquel que hasta el presente no ha hallado los medios para tener la dicha de que alguien venga y le diga como Andrés a Simón de que había encontrado al Mesías o como Felipe a Natanael diciéndole que él también lo había hallado, recibiendo por respuesta de este último aquella frase tan famosa: “puede salir algo bueno de Nazareth” y la lacónica respuesta de Felipe: “ven y lo verás”.
  Si logramos, como es nuestro deseo, que muchos puedan a través de estas hojas, encontrar a Jesús, habremos cumplido con el fin de la publicación y conseguido que María, para muchas almas sea la gran mediadora y la gran intercesora ante Jesús para que los hombres se encuentren con Él.
  Pero primero tenemos que hallar a María, el camino seguro hacia Jesús. Eso nos ha de dar la seguridad de que andamos en la senda que lleva, como a Simón o como a Natanael hacia el Maestro. María sin Jesús no tiene sentido y María que no de a Jesús tampoco. Así lo ha querido Dios desde el momento que el Hijo en la cruz no la entregó por Madre y a Juan lo entregó por hijo. Cuántas veces habremos leído o escuchado esta proposición, pero lo que tenemos que pensar es hasta dónde ha calado en nuestro interior y de qué forma se ha apoderado de nuestro corazón, haciendo que sea todo de María para serlo todo de Jesús. La devoción más profunda a María termina en Jesús o mejor dicho es Jesús, ya que sabemos que nada puede darnos María en su estado glorioso que no sea Jesús.
  A María con amor le pedimos que nos ilumine para abrir el derrotero que ha de servir, para que caminen por él las almas que están ansiosas de lo sobrenatural pero que aún no han hallado su ubicación interior en una espiritualidad en que se sientan iluminadas, enfervorizadas y cómodas, pues esa será la única forma de emprender el camino, mejorarlo o rectificarlo para alcanzar un poco de esa plenitud que tenemos tanta necesidad de tener.
 
UNA ESTRELLA EN EL CAMINO 
  Los Evangelistas se han encargado de trasmitirnos el programa grandioso de Jesús a través de la Buena Nueva que nos vino a traer. Su objetivo es que el hombre logre la santidad, ya que para eso somos incorporados y adoptados como hijos. Hay un peligro. Puede nuestra alma correr el riesgo de amilanarse, deslumbrada por la grandeza del plan de Dios manifestado por Jesús, y desistir de emprender el camino de su perfeccionamiento, pensando que dicho plan, o no es nada para ella o es superior a sus fuerzas, olvidándose las palabras de Cristo: “tened confianza. Yo he vencido al mundo”. Venceremos al mundo y a nosotros mismos, haciendo lo que Jesús hizo y a cada uno nos propone para imitarlo y alcanzar la santidad. El no nos muestra otra cosa sino el mismo camino que Él ha querido seguir.
  Cierto es, que muchas escuelas de espiritualidad, dentro de la unidad de la doctrina y de la fe nos enseñan en la multiplicidad de aplicación, de acuerdo a cada temperamento e inclinación, bajo la inspiración del Espíritu Santo, la imitación del Maestro. Mas nosotros escuchando a Jesús que nos dice, como lo hizo entender bien a Santa Teresita: “que en el cielo hay muchas moradas”. Esto lo descubrió ella cuando buscaba su ubicación entre la multiplicidad de dones que Dios otorga para vivir en la Iglesia , la santidad. Siguiendo las enseñanzas del apóstol, que nos escribió que Él no vino a hacer su voluntad sino la de su Padre que está en los cielos, seguiremos sus pasos para conocerla y abrazarnos con ella. Y la voluntad del Padre, como primera cosa, fue que Él mismo se entregara a María para que en Ella se apropiara un cuerpo y que viviese bajo la protección de San José y que les estuviese sujeto y desde ese momento hasta la cruz, en todo se hizo semejante a nosotros menos en el pecado y fuese nuestro ejemplar acabado de perfección en el cual aprendiésemos las perfecciones del Dios invisible.
 
ANTE SU LUZ.
  Nuestra transformación en Él y el desarrollo de nuestros talentos, no debe hacerse sino siguiendo los pasos que Él anduvo.
  Y es entonces que aparece radiante de esperanza en nuestra vida espiritual la figura de María, para jugar un papel principalísimo en la misma, ya que “quien desea tener el fruto de vida, Jesucristo, debe tener el árbol de vida que es María, que le da fertilidad y fecundidad”.
  Cristo se entregó a María como Hijo y “en el misterio de la Encarnación nos ha merecido una gracia de entero renunciamiento de nosotros mismos y de unión con Dios, por haberse ofrecido juntamente consigo y consagrado por entero a su Padre” y al entregarse, como Hijo de Ella, para que fuese su Madre, quiso que fuese la nuestra para que nosotros como Él nos entregáramos a Ella.
 
CARÁCTER DE ESA MATERNIDAD.
   Esta maternidad o es real o es una figura.
  Que es una figura repugna a nuestra creencia de cristianos y al sentir unánime de la Iglesia a través de todos los tiempos. Y si es real, debe haberle dado los medios para que Ella la ejerza, por lo cual la hizo mediadora de todas las gracias y omnipotencia suplicante, pues, “de igual modo, en efecto, que por la gracia de Cristo hemos sido hechos hijos del Padre, así Cristo nos ha hecho hijos adoptivos de su Madre  en cuanto que por Ella recibimos toda la gracia”.
  “Al intervenir María por altísimo consejo de Dios en el plan de restauración de la humanidad con el carácter de Madre natural de Dios y Madre de adopción de los hombres, ha creado una nueva relación de orden espiritual entre Ella y nosotros, y por lo mismo una nueva exigencia en nosotros para con Ella. Mejor, tal vez, diríamos que ha colmado Dios, dándonos por Madre a la Madre de su Hijo, las aspiraciones del alma humana que si goza en decirle a Dios Padre deberá complacerse en la regalada suavidad del nombre dulcísimo de Madre”.
  ¿Por qué Dios que al sobrenaturalizar nuestra vida no quiere mutilarla sino elevarla a un plano superior, satisfaciendo en Él con generosidad divina nuestras legítimas aspiraciones de orden natural no debía darnos una Madre espiritual como quiso la tuviésemos según la carne?
  Hijo de Dios, “niños de Dios”, en expresión de San Clemente ya somos hijos de María, “niños de María”. Dios quiso asociarla a la obra de nuestra redención y de nuestra filiación como en virtud de ella decíamos a Dios: “Padre nuestro que estás en los cielos…”, así podemos y debemos decir: “Madre nuestra que estás en los cielos…”
  Dígale a María siempre que pueda y con todo su corazón esta jaculatoria.
 
“MADRE EN TU CORAZON MI CORAZON
                      TODO LO QUE
          ESTOY HACIENDO Y ME PASA”
 
Oportunamente explicaremos su interpretación. Usted háganos caso y experimentará en su interior los efectos que Ella produce.
 
COMO LO REALIZAMOS EN NOSOTROS.
  Y así, para que pueda ejercer esta maternidad y que sea real en nosotros y se obre nuestra santificación, nos entregaremos como Jesús, siguiendo sus pasos, a María y nos pondremos bajo la protección de San José y les estaremos sujetos como Él.
  Imitaremos a la Iglesia , que a Ella tiene por Madre y a San José por su protector, poniéndonos bajo su patrocinio. Y así abandonando lo espiritual en manos de nuestra Madre, nuestra transformación en Cristo será obra de Ella y confiaremos a San José nuestra defensa y protección, como se confía al padre la defensa y protección del hogar. “ La Santísima Virgen como es Madre de Jesucristo también lo es de todos los cristianos porque los engendró en el Monte Calvario, entre los últimos tormentos del Redentor siendo Jesucristo como el primogénito de los cristianos que por la adopción y redención son sus hermanos. De las cuales cosas nace la razón porque el dichosísimo patriarca tiene por encomendada, así de un modo peculiar, la multitud de los cristianos de que consta la Iglesia , es decir, esa familia innumerable y por todo el mundo desparramada, sobre la cual, por ser esposo de María y padre de Jesucristo tiene una autoridad hasta cierto punto de padre”.
 
 ¡ Gracias Dios !
 
Cuando usted, en la vida tenga dificultades imprevistas, afronte problemas que no pensaba, sienta el dolor agudo que repentinamente se presenta dentro suyo y parte su alma, cuando la prueba de la partida de un ser querido llegue de improviso o la multitud de pequeños alfilerazos que cada día nos ofrece y todo cuanto aparezca que contradice nuestros planes, diga con toda el alma y toda la sinceridad del corazón lo siguiente: ¡Gracias Señor! Sus resultados usted nos los contará después.

 

                                     Número 3.

 

  Nosotros a semejanza de María, tenemos una gestación o si queremos mejor, una formación de Jesús muy propia, personal. Cada uno lo gesta o lo forma en su corazón durante toda su vida. El Espíritu Santo lo realiza, si lo dejamos, a lo largo de nuestra existencia.
  En María fue un proceso biológico y espiritual. En nosotros, entregados a Ella, se sigue un proceso sobrenatural que finaliza cuando termina nuestra vida. Ese día damos a luz a Jesús. Para ello, debemos pasar por la muerte, en que entregamos el alma con sus gracias y sus virtudes. Llevamos al cielo aquella parte de Jesús que Dios nos señaló, para que nos conformáramos con su Cuerpo Místico: unos acción apostólica, otros sufrimientos que nos configuran con Cristo paciente, en muchos bondad del Maestro puesta de relieve en la vida, cuántos en el amor por los enfermos, la mansedumbre y paciencia de corazón, manifestada en el rostro, los carismas. En una palabra, esto y todo cuanto nos configura con Jesús. Ese Jesús que gestamos o formamos en nosotros, como verdaderos seguidores de Cristo. Los que comparten nuestra vida deben percibir esa imagen que vamos gestando en el corazón. Como se notaba en María la gestación (la actitud de San José lo denota), así se debe ver la nuestra: los sentimientos de Jesús en nuestro corazón, Él escondido tras nuestra envoltura de carne.
  En todas las almas bautizadas se debería advertir la gestación de Jesús, que se inicia en el bautismo, pero en la mayoría no se desarrolla. Esa es nuestra responsabilidad: ir formando a Jesús en nosotros. Es un largo gestar. Es un prolongado esfuerzo la lucha en nosotros mismos para purificarnos, limar los defectos, lograr la pureza de corazón en toda su afectividad, en todos sus deseos. En la soberbia que lo ataca, en la envidia que lo entristece, en los celos que lo nublan, en todo lo que es contrario al Cristo que tiene sentimientos contrarios a los nuestros. Hay muchos que no van a gestar nunca a Jesús. Prefieren quedar en sí mismos. Tenemos la posibilidad de decir  que “no” a Jesús. ¿Qué hubiese sido para miles y miles de almas si cada uno de los grandes santos le hubiese dicho que no a Jesús. Si no lo hubieran formado o gestado en su corazón? Si San Francisco hubiera dicho que no. Si San Ignacio. Si San Juan Bosco. Si Santa Teresita y así podríamos citar miles y miles. ¡Si hubieran dicho que no!... Cuántos hubieran quedado sin el bien que Dios por intermedio de ellos quería volcar sobre la tierra. Nos dejamos estar. Hacemos como aquel muchacho que se sentía llamado por Dios y le decía al Señor cada mañana: “mañana, Señor, mañana”. Así permanecemos siempre igual. Así no se ve la imagen de Jesús. Por eso los santos cuánto bien hicieron y hacen. Miles y miles de almas que fueron salvadas o santificadas gracias a que ellos supieron decir que si al Señor. Cada uno debe conocer cuál es la imagen que Dios quiere que desarrolle en su vida el don que le ha dado y no dejarse estar. Comenzar a trabajar, a superarse y no decir: “mañana empiezo”. Ese mañana es nunca.
  El Verbo de Dios –dice San Máximo Confesor- nació según la carne una vez por todas, por su bondad y condescendencia para con los hombres, pero continúa naciendo espiritualmente en aquellos que lo desean. En ellos se hace niño y en ellos se va formando a medida que crecen sus virtudes; se da a conocer asimismo en proporción a la capacidad de cada uno, capacidad que Él conoce, y si no se comunica en toda su dignidad y grandeza no es porque no lo desee, sino porque conoce las limitaciones de la facultad receptiva de cada uno, y por esto nadie puede conocerlo de un modo perfecto”.
  En este sentido el Apóstol, conciente de toda la virtualidad de este misterio, dice: “Jesucristo es el mismo hoy que ayer para siempre”, es decir, que se trata de un misterio siempre nuevo, que ninguna comprensión humana puede hacer que envejezca.
  Jesús, podemos decir, es siempre nuevo en nuestra vida. De nosotros depende renovarlo cada día y en cada instante o hecho.
 
NUESTRO GRAN MEDIO  
  Para que un hijo reciba de su madre el ser, ha de vivir en ella por un tiempo, y por la sangre que le trasmita irá adquiriendo un cuerpo, que llegado a la plenitud poseerá una fisonomía propia y con ella llegará a ver la luz del mundo. Ayudado luego por la educación y por su esfuerzo interior, podrá desarrollar su personalidad con todos sus rasgos propios y naturales y se distinguirá de los demás y hará que aparezca con un sello personal en todas las cosas que realice.
  Nosotros buscamos una fisonomía propia, un ser espiritual, que no es otro sino nuestra imagen y semejanza con Cristo, y de conformidad con ella obtener el perfecto desarrollo de nuestra personalidad natural y sobrenatural. Ese ser en Cristo, ese transformarnos en Él por la imitación de sus virtudes y por el obrar interior de la gracia, no lo puede hacer, porque así lo ha querido Dios, nadie más que una Madre, ya que en todo, Dios ha querido poner una Madre. Y es Madre es la Santísima Virgen que nos alcanzará con su impetración la gracia que nos irá haciendo adquirir ese ser, esa fisonomía espiritual, como la sangre de la madre en la vida natural, va formando su hijo, ya que Jesús nos la entregó para eso, y como ya hemos dicho le dio los medios necesarios: la hizo mediadora de todas las gracias, omnipotencia suplicante e imagen perfecta suya, de manera que Ella es como un réplica al natural del Maestro, capaz de modelar a todos aquellos que se le entregan. “Nuestra Señora nos lleva en el calor de su afección. Nos alimenta con la gracia cuya plenitud posee. De la sangre de Jesús forma en sí la leche de la gracia que adapta a nuestra tierna edad."
 
EL MOLDE. 
   Y para aclarar bien esto, nada parece mejor que transcribir lo que San Grignon de Montfort nos dice al respecto en el “Secreto de María”:
  “De dos maneras puede un escultor sacar al natural una estatua o retrato: primera, con fuerza y saber y buenos instrumentos, puede labrar la figura en materia dura e informe; y segunda, puede vaciarla en un molde. Largo, difícil, expuesto a muchos tropiezos en el primer modo; un golpe mal dado de cincel o de martillo, basta a veces para echarlo todo a perder. Pronto, fácil y suave es el segundo, casi sin trabajo y sin gastos, con tal que el molde sea perfecto y que represente al natural la figura, con tal que la materia de que nos servimos sea maleable y de ningún modo resista a la mano.
  El gran molde de Dios hecho por el Espíritu Santo, para formar al natural un Dios-Hombre por la unión hipostática y para formar un Hombre-Dios por la gracia, es María. Ni un solo rasgo de divinidad falta en este molde; cualquiera que se meta en él y se deje manejar, recibe allí todos los rasgos de Jesucristo, verdadero Dios y esto de manera suave y proporcionada a la debilidad humana, sin grandes trabajos ni agonías; de manera segura y sin miedo de ilusiones, que no tiene aquí parte el demonio, ni tendrá jamás entrada donde está María; de manera, en fin, santa e inmaculada, sin la menor mansilla de culpa”.
 
COMO ENTREGARNOS.
  Por lo cual, ya que no podemos, ciertamente, como Jesús, entrar en su seno para que nos transforme, pues se trata de algo espiritual, “ni vivir en Ella, como vivimos en Dios, ni puede Ella vivir en nosotros como Dios vive, presente por esencia y por la gracia, podemos, sí, pero para suplir aquello, poner nuestro corazón en el de María (y con esto no significamos otra cosa que entregarnos a su amor y para siempre, ya que nuestra transformación en Cristo sólo se termina con la muerte), para que Ella que “nos ve, que nos ama y se ocupa de nosotros más cerca que nuestro ángel de la guarda, en cierto sentido, más cerca que nosotros mismos”, nos transforme en Él. Esta entrega debe ser total para que pueda ser real, y nuestro corazón, como dice un autor, “estará así encorazonado en el Corazón de nuestra Madre”, molde donde vaciamos nuestro corazón en el de Cristo.
  En los momentos de turbación, cuando las cosas salgan mal, suframos contratiempos y no sepamos atinar cómo salir de ellos. Cuando todo es oscuro en torno nuestro, en fin, cuando la contrariedad nos abata, digamos confiadamente: “EN TI SEÑOR ESPERO, en el CORAZÓN DE NUESTRA MADRE: ¡NO SERÉ CONFUNDIDO!" 
  Y entonces, aplicando a nuestra Madre, lo que alguien escribiera del corazón de Jesús, podemos decir: “el Corazón de María es el tesoro de los que todo lo entregan; Ella da sus tesoros a quienes le dan los suyos, porque nuestra Señora no quiere que sus criaturas la venzan en generosidad.
  ¡Qué cambio tan ventajoso para nosotros! ¿Qué son nuestros pobres bienes espirituales comparados con la riquísima mina de ese Corazón Divino?
  “Nosotros podemos ofrecer un regalo del más subido precio: nuestro corazón. “Dios te quiere a ti mismo mas bien que tu ofrenda”. “Dar el corazón es más que dar el oro del mundo, más que toda la mirra y todo el incienso del universo”. “María es la Reina del Cielo y de la tierra por gracia, como Jesús es el Rey por naturaleza y por conquista; y como el Reino de Jesucristo consiste principalmente en el corazón y en el interior del hombre, según estas palabras: “El Reino de Dios está dentro de vosotros” y también el reino de la Santísima Virgen está principalmente en el interior del hombre, es decir, en su alma, y ésta es la razón porque Ella es, en unión de su Hijo, más glorificada en las almas que en todas la criaturas visibles, pudiéndola por consiguiente, llamar con los santos: Reina de los corazones”.
 
SEMEJANZA DE ESTA ENTREGA.
  Y esta nuestra entrega será semejante al Fiat (SI) que pronunció Ella para que Jesús se encarnase y entonces el Verbo descenderá sobre nosotros y tomará allí posesión de nuestro corazón y de nuestra alma por medio de la gracia y el Espíritu Santo se constituirá en nuestro Maestro y emprenderá la tarea de enseñarnos a formar juntamente con nuestra Madre, a Jesús en nuestras almas y San José nos recibirá bajo su protección (ya que todo debe hacerse bajo una paternidad), como a Jesús, y será nuestro padre nutricio y el Padre nos cubrirá con su sombra para que nada pueda separarnos de su amor y hará que todo contribuya a nuestro bien por medio de su Providencia y lo santo que nacerá y se desarrollará en nosotros por nuestra continúa entrega será llamado hijo de Dios, porque “tal es el amor que nos ha manifestado queriendo que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos en efecto”, “Por manera que, si algún fiel tiene a Jesucristo formado en su corazón, puede atreverse a decir: “Gracias mil a María; porque lo que yo poseo es su efecto y su fruto y sin Ella jamás lo gozaría”.
 

Número 4

Hace muchos años dejaba de aparecer la publicación “Cenáculos”. Así se titulaba la revista que el Instituto Cenáculo de María, dio, por unos años, a la luz pública. Su fin era difundir la consagración a la Santísima Virgen, a través de la esclavitud mariana, para todos aquellos que se sintieran llamados a ello. Después de tantos años la hemos sacado del ostracismo con otro nombre: “A María con Amor”. La perspectiva que nos dan los años, las vivencias y sobretodo las experiencias acumuladas, nos permiten una claridad más diáfana. Nos ayudan a tener una visión mucho más clara de lo que significa para un alma entregarse a Jesús por María y, por medio de Ella, buscar el logro del ideal que Dios tuvo al crearnos. No fue, sólo para que fuéramos alabanza de su gloria, sino que para ello nos hiciéramos semejantes a Jesucristo, llevando en nuestros corazones los sentimientos del suyo. Así nos transformamos en instrumentos de bien, por los cuales Él puede pasar por nosotros haciendo el bien.

CAMINO A RECORRER.
Largo es el camino que hay que recorrer para realizar cada uno en su propia vida, el ideal de Dios. Largo también el tiempo que nos lleva tener luz de pensamiento, gracias a la acción del Espíritu Santo, que es quien ilumina, esclarece, da impulso y vigor para andar por este camino. Sabemos que el mismo no es fácil. Que ya desde sus comienzos está signado con la cruz, de acuerdo a las propias palabras del Maestro, que dice con sinceridad, que el que quiera ser su discípulo debe tomarla y seguirlo. Conocemos de sobra que la lucha más ardua se entabla con nuestro propio yo. Este viene herido por el pecado que, allá en la noche de los tiempos, cometiera nuestro padre Adán. Sus secuelas las llevamos insertas de tal forma dentro nuestro que mueve a compasión al propio Dios, luego del diluvio, y le hace exclamar que nunca más enviará una catástrofe de tal magnitud sobre la tierra, visto que el corazón del hombre está inclinado al mal desde su mocedad. Esa es la razón de la lucha de éste para alcanzar la perfección y para que los logros de Dios se manifiesten en cada uno de sus hijos a los que amó desde toda la eternidad y previó para ello un grado de gracia y de gloria que es, en definitiva, el gozo eterno junto a Él.

INICIO DE LA ESPIRITUALIDAD.
¿Cuál es pues el arranque o el inicio de la espiritualidad que venimos presentando en otros números? Hay un descubrimiento que hace el devoto de María, que busca a través de Ella, su inserción en Jesús. Hace el hallazgo de que María es el camino seguro para ir hacia Él, y que por otro lado, ese camino lo inició el propio Jesús cuando a través del anuncio del ángel se entregó a Ella y gracias a la donación de María, por medio de su sí (fiat), tomó un cuerpo como el nuestro y un alma como la nuestra. Pudo, en razón de ello, nacer en el seno de una familia, ser igual en todo a nosotros, menos en el pecado y, de esa forma, entregar a los hombres su mensaje de salvación. Compartió con María los largos años de espera de esa hora en que comenzaría como enviado del Padre a transmitir la Buena Nueva. Este sería en definitiva el mensaje que dejaría a todas las generaciones, para que, cada una de ellas se encontrase con Él y hallase así, por Él, el camino de salvación. De este punto arranca nuestra espiritualidad. Si Jesús, quiso venir a nosotros por María. De Ella nacer, crecer en gracia y sabiduría hasta la adultez y al pie de la cruz tenerla. Que se hallase presente en el Cenáculo cuando llegara el Espíritu Santo. Que fuera Madre de la Iglesia y que los apóstoles y los primeros discípulos recibieran su acción y que los que venían llegando a recibir el mensaje de salvación, tuvieran la gratísima presencia de María. De sus labios salía la sabiduría para enseñar la llegada a esta tierra del Señor, su vida escondida y sobretodo la perfección divina que emanaba de su persona y lo convertía en el Hijo amado del Padre a quien había que escuchar. Como Ella lo había escuchado largo tiempo, no trasmitía sino lo que sus oídos oyeron, sus ojos vieron y sobretodo su corazón guardó y meditó. Esto lo daría luego a los que escuchaban, no sólo hablar con el amor de la Madre, sino con el fervor de la fiel discípula que lo había aprendido todo de Él. ¡Cómo no tener confianza entonces en la donación personal a María, que transcribiremos más adelante! Ella, esposa fiel del Espíritu Santo, que por gracia del mismo se formó Jesús en su seno, e indisolublemente unida a Él, acompañó al Maestro para comprenderlo mejor, sobre todo después que Él se fue a los cielos. Ello le dio la perspectiva total de la misión de Cristo, de lo que fue en Ella y de lo que la Iglesia, que recién nacía, iba a significar para los hombres de todos los tiempos.

RAZONES DE ESTE PROLOGO.

Comprenderá el lector la razón de este prólogo, antes de exponer en las páginas siguientes la consagración, para poder ir dando en sucesivas entregas, las nociones de nuestro por qué, la vivencia de esta espiritualidad, y porque María representa un punto clave en nuestra vida de entrega a Jesucristo. Es por medio de Ella, que buscamos el ideal de Dios en nuestras vidas y queremos convertirlo, dentro de nuestras miserias, en realidad. Cada uno tiene su grado de gracia y cada uno está llamado a una función diferente dentro del Cuerpo Místico de Cristo. Por María queremos llegar a ocupar plenamente ese lugar y ser de esa manera alabanza de la gloria del Padre. Vayamos a la consagración.
De conformidad a lo que hemos explicado en nuestro prólogo, como en números anteriores cuando hablamos de María como una Estrella en el Camino. Como nuestro gran medio. El Molde en el cual debíamos vaciarnos, vamos a pasar ahora a decir como debe ser de palabra y por escrito nuestra entrega. A concretarlo si se siente llamado.

Madre:

Pongo mi corazón en el tuyo, para que allí Cristo, como en una nueva Anunciación, por medio del Espíritu Santo, tome completa posesión del mío y lo haga semejante al suyo, para que pueda amar y glorificar al Padre en mí y pasar de nuevo por el mundo haciendo el bien.

Entrego mi cuerpo en calidad de esclavo, mi corazón y mi alma con sus potencias, el valor satisfactorio y propiciatorio de mis buenas acciones, todas las indulgencias, los méritos que me son propios e intransferibles, todas mis buenas acciones, a todos los que amo, todas mis faltas y pecados.

A SAN JOSE.
Y después, para imitar en todo al Divino Maestro, nos pondremos bajo la protección de San José para que como lo fue de Jesús, sea nuestro Padre nutricio y así crezcamos bajo su protección en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres y acudamos a él en todas nuestras necesidades para encontrar en su amparo, el remedio a todos nuestros males, según la voluntad de Dios.

“Sólo María es la que ha hallado gracia delante de Dios, ya para sí, ya para todos y cada uno de los hombres en particular; que ni los patriarcas, ni los profetas, ni todos los santos de la ley antigua pudieron hallarla” (Grignon de Montfort)

Ella es según el mismo santo, la que al Autor de toda gracia dio el ser y la vida, y por eso se llama Madre de la Gracia.

MADRE, EN TU CORAZÓN MI CORAZÓN TODO LO QUE ESTOY

HACIENDO Y ME PASA

TODO lo que haga a su prójimo en cualquiera de las escalas que conforman su relación con nuestra vida. Todo acto de servicio, de amor, de entrega por su bien. Lo que signifique vencer una repugnancia interior hacia otra persona. Aquello, que nos lleva a superar nuestra antipatía, nuestro deseo de alejarnos y todo, decimos nuevamente, cuanto signifique relación personal con quien representa a Cristo ante nosotros por ser parte de su cuerpo Místico, hagámoslo diciendo:

A TI, SEÑOR, TE LO HAGO, SIN ESPERAR POR ELLO RECOMPENSA ALGUNA

Número 5

NUESTRA JACULATORIA.

Para que nuestra Consagración mantenga la actualidad, debe ser renovada constantemente, porque es la forma de mantener siempre ardiente el llamado a hacerla que por medio de María Dios nos otorgó.
En los número que hemos  ido dando a la luz, el lector habrá advertido que siempre hemos publicado en forma destacada una jaculatoria:
 
MADRE EN TU CORAZÓN MI CORAZÓN, TODO LO QUE ESTOY HACIENDO Y ME PASA.
 
En ella sintetizamos la renovación constante de esa consagración. Cada vez que la decimos como veremos ahora, estamos haciendo un acto explícito de vivenciarla y al mismo tiempo actualizamos todas las intenciones de la misma.
Cuando decimos: Madre, en tu corazón mi corazón, no estamos sino haciendo realidad en nuestra vida el deseo íntimo de vivir en el Corazón de nuestra Madre. Ello nos indica que nosotros aceptamos estar allí y que en cualquier momento del día, el que uno quiera preguntarse: “¿Dónde estoy?”, pueda responderse con acierto que está allí, en el corazón de la Madre que ha elegido por madre suya y en él vive. Está y es guardado por el amor maternal de María. Todo el que diga: Madre, en tu corazón mi corazón, no hace sino significar que vive en el sitio en que tiene que estar. Lo ha elegido por su morada desde el momento que libremente, voluntariamente y decididamente ha entregado su corazón y lo ha ubicado allí para siempre. Ha renovado su entrega. Cuando el que renueva su consagración diga: todo lo que estoy haciendo, no hace sino significar que entrega a María, colaborando en su obra de salvación de sus hijos extendidos por toda la tierra, todo el valor satisfactorio e impetratorio y meritorio de cuanto hace. Todo su trabajo se convierte de esa manera en una fecunda floración de oraciones por todos los hombres, aunque no piense en ello. Esa ha sido y es la intención con que hizo la consagración. Todo lo ha entregado para que de esa manera, unidas sus acciones a la de todos aquellos que colaboran en la misma forma en la obra salvífica del mundo, se conviertan por la intercesión de María en una lluvia de gracia sobre la tierra. Pero no es eso solo. Así como damos esa parte del valor de nuestras buenas obras para ser empleado a favor de los demás, damos también a María, en cada jaculatoria, aquella parte de nosotros mismos que es nuestra, propia intransferible y que es la que hace aumentar nuestra gracia santificante para que María la guarde, la defienda y la proteja como cosa y posesión suya. Esto nos hace decir que esa gracia de hacer hecho este acuerdo con María de dárselo todo para nosotros y para los demás, nos hace vivir en una continua dependencia de Ella, de forma que nada de lo que hagamos se pierda sino que por el contrario se transforme. Aún lo más pequeño, porque para Dios no hay pequeñeces sino que la gracia todo lo transforma y lo embellece por limitado que sea.
Cuando decimos: todo lo que estoy haciendo y me pasa, no hacemos sino una actualización de la entrega que hicimos de todo cuanto pueda ser un dolor físico o anímico. Contradicciones, sufrimientos que el trato con los demás nos ocasiona o el trabajo produce. Las angustias que puedan envolvernos. Las incomprensiones que podamos suscitar. Todo aquello que viene a producir en nosotros ese algo que nos hace movilizar nuestra sensibilidad o al mismo tiempo nos ocasiona incertidumbre con respecto a lo que estamos haciendo. Que a veces nos deja en la duda con referencia al porvenir o a lo pronto que puede darse de sufrimiento en nuestro ser. Si aprovecháramos todas las circunstancias que la vida nos produce. Si cada problema lo asimiláramos, no sólo para resolverlo, si se puede, sino también para convertirlo en el apostolado más eficaz que podamos hacer. Es precisamente el del sufrimiento unidos a Cristo paciente, sí, que podemos decir que haremos la obra más espléndida de nuestra consagración, que es la de pasar por el mundo haciendo el bien. Recordamos que unidos a Cristo paciente, es como realizamos como Él la obra más eficaz de purificación interior y de cooperación para la Iglesia y párale mundo, redimiéndolo, unidos a Cristo, con lo pequeño o lo grande de nuestro sufrimiento.
Consagrado: vive todo el día tu entrega con la renovación perpetua de tu consagración. Te das cuenta cuánto bien para ti mismo y para los demás puedes hacer, si tu corazón vive como una antorcha encendida dentro de tu ser. Si se va entregando y consumiendo en una entrega continua que esta jaculatoria simple y sencilla te ofrece. Pero lo que más haz de tener en cuenta es que vives en María y al vivir en María estás viviendo en Jesús, porque Ella no puede darte otra cosa que no sea Él. “Cuando tu dices: ¡María!, dice Grignon de Montfort, Ella dice Dios. María es eco admirable de Dios, que cuando se grita: María, no responde más que Dios; y cuando, con Santa Isabel, se la saluda bienaventurada, no hace más que engrandecer a Dios”.
Repite entonces, una y mil veces: MADRE, EN TU CORAZÓN MI CORAZÓN TODO LO QUE ESTOY HACIENDO Y ME PASA. Ya sabes porque tienes que decirla y ya sabes cuáles son sus frutos y sus beneficios. El primero de todos es que te hace vivir de acuerdo a lo que dice el santo, en el párrafo anterior, en unión con Dios. Toda tu vida estará envuelta en el infinito amor del Padre, en unión con Jesús y en la acción continua del Espíritu Santo que fecunda tu alma como fecundó el seno de María.

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Hoy que estamos tan sujetos a los problemas de viajes, accidentes, dificultades de todo tipo en el tránsito. Que se enfrenta a la muerte constantemente, digamos al viajar, con fe y abandono, a nuestra Madre: MADRE: VAMOS EN TU CORAZÓ. MADRE: ESTOY EN TU CORAZÓN. PADRE MÍO SAN JOSÉ: BAJO TU PROTECCIÓN.

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ACLARACIONES A LA CONSAGRACION.

A QUIEN HACEMOS ESTA ENTREGA.  
La entrega que hacemos según lo publicado, no es sino a Jesús por María. Es el perfecto reconocimiento de lo que decíamos al principio, de que nuestra adoración al Padre debe ser en espíritu yen verdad, por cuanto es todo el hombre, con sus bienes naturales y sobrenaturales el que se entrega para servirle.

CENTRO DE LA MISMA
Y el centro de nuestra entrega es nuestro corazón, porque en él significamos el don de nosotros mismos.
Damos el corazón y lo hacemos con una doble finalidad: para que sea semejante al de Jesús y luego para que Él pueda pasar de nuevo en nosotros haciendo el bien por el mundo. Lo primero va directamente enfocado hacia nosotros mismos, hacia nuestra vida interior; lo segundo hacia los demás, como consecuencia de lo primero, ya que “el bien es difusivo de sí mismo” y lo realizamos principalmente por la entrega de todas nuestras obras y de todos nuestros actos para que en virtud del dogma de la “Comunión de los Santos” redunde en bien de los otros. Y así, por esta entrega nosotros constituimos un pacto, de modo que nos damos para que Jesús y María se den por nosotros y por nosotros Él se dé a los demás. Esta consagración traerá como consecuencia principal una devoción interior y profunda. Interior, porque ataca directamente y hace que entreguemos la fuente de todos nuestros males y el origen de todos nuestros bienes, pues sobre él se levanta toda nuestra vida, que es nuestro propio yo.

VIRTUDES QUE NOS HACE PRACTICAR.

Ciertamente que nuestra entrega, siendo en definitiva una entrega a la voluntad de Dios, hará florecer y como adorno de ella misma, todas las virtudes. Pero de una manera especial hará que practiquemos cada vez con más perfección las tres virtudes teologales, ya que ejercitando la fidelidad a las mismas y a nuestra entrega haremos crecer de día en día nuestra fe y viviremos en ella; viviendo en el deseo de nuestra transformación y de llegar a lo que Dios quiere de nosotros, practicaremos la esperanza y renovando toda nuestra entrega por a amor a Dios y al prójimo, a quien queremos entregar todos nuestros méritos, creceremos cada vez más en la caridad. Se “ejerce la caridad de una manera eminente, pues se da al prójimo por las manos de María, todo lo que se tiene de más caro que es el valor satisfactorio e impretatorio de todas las buenas obras, sin exceptuar el menor pensamiento bueno y el más pequeño ofrecimiento; conciente en que todas las satisfacciones que se han adquirido y las que hasta la muerte se adquirirán, se empleen, según la voluntad de la Santísima Virgen en la conversión de los pecadores o en librar a las almas del purgatorio”. Así Grignon de Montfort. También en la mayor santificación de las almas buenas y santas que tanta gloria dan a Dios, añadimos, pues, “nos hace dar sin reservas a Jesús y María todos nuestros pensamientos, palabras, acciones y sufrimientos y todos los momentos de nuestra vida, de modo que ya velemos, ya durmamos, ora bebamos, ora comamos, bien realicemos las más grandes acciones, bien hagamos las más pequeñas, siempre podamos decir que lo que hacemos, aún cuando en ello no pensemos, es siempre de Jesús y de María, en virtud de nuestro ofrecimiento, a menos que lo hayamos expresamente retractado”. Palabras del mismo santo.
Será un excelente medio de practicar la verdadera pobreza de espíritu al darlo todo y no guardarnos nada para nosotros, abandonándonos al Providencia de Dios y su Misericordia.
Viviremos pobres de espíritu para que con nuestra pobreza otros se hagan ricos en gracia de Dios e imitaremos al Maestro que siendo rico se hizo pobre para que en nosotros sobreabundase la gracia.

SU FRUTO: LA LIBERTAD.
Quien vive verdaderamente esta vida obtiene como fruto precioso de ella la libertad interior porque vive en la verdad y da a Dios el culto por medio de ella y la verdad le hace libre. Por una paradoja, en la esclavitud mariana se encuentra la libertad de sí mismo y de los demás por la donación que hace de sí propio, de su ser y de todas sus cosas a Dios nuestro Señor, en el Corazón de nuestra Madre, para hacer que toda su riqueza como decimos arriba, sean los corazones de Jesús y María y por ellos Dios. “Cuando Dios llega a ser lo único necesario para mí, entonces es también mi único Señor. Sé que cuando me hago esclavo de alguno para obedecer a su imperio, quedo esclavo de aquel a quien obedezco, sea del pecado para recibir la muerte, sea de la obediencia para recibir la justicia. Ahora me emancipo de toda servidumbre y me hago esclavo de Dios solo”.

EXHORTACIÓN.
¡Oh, sí! “Abandonemos en María todo lo que nos pertenece, nuestro cuerpo y nuestra alma, nuestra sensibilidad, nuestra imaginación, nuestra inteligencia, nuestra libre voluntad, nuestros méritos. Que todo esto esté bajo su poder: que dirija nuestros pensamientos y nuestros deseos, que gobierne nuestra actividad. Seamos verdaderamente suyos, para ser totalmente de Dios”.

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MADRE: EN TU CORAZÓN MI CORAZÓN PARA QUE MIENTRAS MIS OJOS DUERMEN, MI CORAZÓN VELE EN EL TUYO LATIENDO DE AMOR  
 

Número 6

MARÍA Y LA COMUNIÓN.

La consagración a la Santísima Virgen debe entrar, o tener su influencia, en todos los actos de nuestra vida y penetrar los íntimos resquicios del ser. Nada escapa a la entrega ni a su influjo, porque si así fuese, dejaría de ser total o nos habríamos reservado algo para nosotros mismos. Uno de los puntos neurálgicos en el cual se manifiesta nuestra donación, es en la Comunión. Comprenderá el lector, que si hay un momento en nuestra vida espiritual que tiene mayor significación en ella, es el instante en que recibimos a Jesús en la Eucaristía. Pesa de nuestra parte lo difícil que es tener debidamente concentrado todo el interior en ese acto por el cual el Maestro se dona totalmente a nosotros, y lo arduo que es el hecho de tener concentrada toda nuestra atención, para recibirlo con la unción que tal acto requiere. Pasan por nuestra mente toda clase de pensamientos. Venimos al altar quizá con el último problema que hemos tenido y que conmueve nuestros sentimientos más íntimos. Vienen a nuestra memoria todos los hechos que en lugar de enfervorizarnos, ponen de relieve toda la miseria que nos rodea, pero más que rodear, que anida dentro de nosotros. No sin motivo cayeron en la exageración los jansenistas, que ponían tantas exigencias para recibir a Jesús. Es que siempre se consideraban indignos y nunca llegaba el momento de que se creyesen suficientemente capacitados como para acercarse a la mesa del Señor. Tenían delante de sí, un hecho cierto: la miseria del hombre frente a la santidad de Jesucristo. Pero se olvidaban de que Cristo no había venido para los sanos, sino para los enfermos y como todos estamos en esa situación de alma, ya que estamos heridos por el pecado original, e inclinados al mal, todos necesitamos de esa fuerza renovadora y energizante que es la Comunión. Más que eso, buscamos la unidad, a través de la gracia, con el Cristo sacramentalmente presente bajo las especies sacramentales. En lugar de ser todo ello un obstáculo, se constituye en una necesidad la unión con el Cristo de la Comunión que, sacramentalmente presente, nos trae todas las gracias del amor, de la fuerza, de la luz, que a través de ella recibimos.

¿Qué tiene que ver en todo esto María? Es a lo que vamos.

Lo que importa pues es que, frente a este panorama, que en mayor o menor realidad se da en nuestra vida para recibir a Jesús, pongamos medios concretos que nos ayuden a recibirlo cada vez mejor. Con más confianza. Con más seguridad. Y sobre todo con más deseo de sacar de la Comunión, el verdadero fruto que ella nos viene a traer. Vayamos entonces al momento en que nos acercamos a recibir a Jesús en la Eucaristía. Acérquese el consagrado con los sentimientos más íntimos de humildad y arrepentimiento, si ve y siente que su interior no está lo suficientemente preparado para ir hacia Cristo, y sobre todo, si experimenta en todo su ser el peso de su miseria. Tome confianza. Vaya a recibir al Señor en el Corazón de nuestra Madre. Encorazonado en Ella para que Ella por el influjo de la gracia que puede obtener de su Hijo Jesucristo, nos prepare en paz y sencillez para recibirlo. Renuncie antes de recibirlo a su propio espíritu. Y luego, al recibir la Hostia, póngala de inmediato en el Corazón de la Virgen. Entréguelo a su amor, para que Ella lo adore y le de gracias por nosotros. Dígale así: MADRE: PONGO A JESÚS EN TU CORAZÓN PARA QUE ALLÍ TU LO ADORES Y LE DES GRACIAS POR MI, y abandónese totalmente al influjo de María frente a Jesús. El silencio es la mejor palabra. “Ella lo recibirá amorosamente, le colocará dignamente, lo adorará profundamente, lo amará perfectamente, lo abrazará estrechamente y le hará en espíritu y en verdad muchos oficios que nos son desconocidos por estar nosotros envueltos en espesa tiniebla”. Así Grignon de Montfort.
Haga la experiencia y verá que paz y que seguridad se experimenta cuando a pesar de nuestras limitaciones, nosotros sentimos por nuestra parte el influjo de Jesús Eucaristía, presente en nosotros, y de María envolviéndonos en su Amor. Influencia que se seguirá sintiendo al abandonar la Iglesia, porque de esa manera sentimos en nuestro interior, no sólo lo que Jesús hace por la comunicación de vida a través de su presencia, sino lo que María realiza guardándonos en su Amor y llevando en él, la presencia dentro nuestro a Jesús Eucaristía.

“Acuérdate de que, cuanto más dejes a María obrar en la Comunión, tanto más será Jesús glorificado: y dejarás más obrar a María para Jesús y a Jesús en María, cuanto más profundamente te humilles y más los escuches con paz y silencio sin que te importe nada el ver, el gustar o el sentir; porque el justo vive en todo de la fe, y particularmente en la Sagrada Comunión, que es el acto de fe más profundo”.

CONTINUNADO.
Siguiendo con el número anterior. Nos referiremos a las intenciones con que entregamos nuestro cuerpo y nuestra alma y luego nuestros bienes interiores y exteriores.
Entregamos nuestro cuerpo, pero al hacerlo no pedimos dolores extraordinarios ni pruebas, sino que aceptamos lo que cada momento y cada día nos ofrece. Si alguno se sintiera llamado a pedir dolores o pruebas extraordinarias, es al confesor o director a quien toca dictaminar si está en condiciones de hacerlo o no. Tampoco entendemos excluir de ningún modo las mortificaciones que siempre han estado en uso en nuestra santa madre la Iglesia, sino que cada uno usará de ellas según su libertad y el consejo de quien le dirige.
“Al consagrar a María nuestros sentidos y nuestro corazón hemos de hacer cuenta que especialmente le consagramos la castidad y pureza de nuestra carne y cuerpo, deseando espiritualizarla, virginizarla y elevarla a esa vida toda pura, toda casta y toda virginal que nos enseña singularísimamente nuestra Madre la Virgen.
Al consagrar el alma a Jesús por nuestra Madre, es devolver al Señor por medio de Ella el dominio de todo lo que dentro de nosotros le pertenece por derecho y por conquista y que le roban con tanta frecuencia nuestro orgullo y nuestro amor propio y el buscarnos a nosotros mismos en todas las cosas. Y al hacer la consagración de nuestro cuerpo y de nuestra alma con las intenciones indicadas ya en la Consagración, nos unimos y participamos de las tres pruebas que sufrió Cristo en su pasión: en su cuerpo, en su alma y en su honor, por la aceptación cotidiana de las pruebas que Dios permite que nos sobrevengan para nuestro bien, en cada uno de estos aspectos.
Y nos entregamos completos, (nuestro cuerpo y nuestra alma) con todo su haber y su poseer, para desarrollar y adquirir la verdadera piedad, porque “el cuerpo de la piedad, (el conjunto de nuestra vida interior) se compone de miembros; estos miembros son todos y cada uno de los conocimientos de mi espíritu, todas y cada una de las virtudes de mi corazón, todas y cada una de las acciones de mis fuerzas. No hay manifestación alguna de la vida humana que no pueda y no deba ser un miembro del cuerpo de la piedad”.

NUESTROS BIENES INTERIORES Y EXTERIORES.

Al hacer entrega de nuestros bienes interiores y exteriores, para que Dios nuestro Señor los use por intermedio de nuestra Madre, lo hacemos con la intención de que el Señor quiera usarnos como instrumentos de misericordia suya en medio de los hombres. El puede o no, aceptar nuestra entrega, pero en cualquiera de los dos casos queda igualmente glorificado por la donación completa que le hacemos de todo nuestro ser.
Resumiendo, podemos decir que “entregamos todo lo que tenemos en el orden de la naturaleza y de la gloria y todo lo que podemos tener en lo venidero en el orden de la naturaleza, de la gracia o de la gloria, sin reservarnos nada, ni un céntimo, ni un cabello ni la más pequeña acción. Y esto por toda la eternidad y sin pretender ni esperar ninguna recompensa de su ofrecimiento y servicio más que el honor de pertenecer a Jesucristo por Ella y en Ella, aún cuando esta amabilísima Señora no fuese como en realidad lo es la más liberal y agradecida de las criaturas”. De modo que para nosotros, toda nuestra riqueza, todo nuestro poseer son los corazones de Jesús y de María, en los cuales hemos puesto todo lo nuestro para que Ellos nos den lo suyo y eso constituya toda nuestra riqueza. La ofrenda que por la perfecta consagración hacemos a la Virgen, y por Ella a Dios de todas nuestra acciones pasadas, presentes y futuras y de todo su valor impetratorio y satisfactorio, nos desposee de todo: es la realización, de cuanto puede hacerse fuera de los votos de la vida religiosa, de las palabras de Jesús: “El que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”. “Cuanto más el hombre se vacía de sí mismo, tanto más le llena Dios.
Y finalmente, es un prueba grande de amor que damos a Dios nuestro Señor, porque renunciamos realmente cada día a todo y a nosotros mismos, para darlo a los demás, y “nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos”. Y damos la vida, dándole todo, momento a momento, paso a paso en el correr de cada día en un completo abandono, entregándolo todo en manos de Jesús por María y abandonando aún en el Corazón de nuestra Madre, nuestra vida espiritual y nuestro crecimiento en Ella.

PARTICIPACION DE LA FE DE MARÍA.
Lo que vamos a citar pertenece a san Grignon de Montfort y suyas son estas palabras: “ La Santísima Virgen te hará participar de su fe, la cual ha sido en la tierra mayor que la de todos los patriarcas, los profetas, los apóstoles y todos los demás santos. Ahora que reina en los cielos, ya no tiene esa fe, porque ve con claridad todas las cosas en Dios, por la luz de la gloria. Sin embargo, añade el santo, con el consentimiento del Altísimo. Ella no la ha perdido al entrar en la gloria, sino que la ha conservado para guardarla en la Iglesia militante a sus fieles ciervos y ciervas. Cuando más ganes, pues, la benevolencia de esta augusta Princesa y Virgen fiel, tanto mayor será la pura fe que guiará todos tus actos; fe pura tal, que hará que apenas atiendas a lo sensible y extraordinario; fe viva y animada por la caridad, en virtud de la cual no realizarás tus obras más que por el motivo de puro amor; fe firme e inquebrantable como una roca, por la cual permanecerás firme y constante en medio de las tempestades y tormentas; fe efectiva y penetrante, que, como misteriosa ganzúa, te permitirá la entrada a todos los misterios de Jesucristo, en los fines últimos del hombre y en el corazón del mismo Dios; fe valiente, para emprender y llevar a cabo sin titubear, grandes cosas por Dios y por la salvación de las almas; fe, en fin, que será tu antorcha encendida, tu vida divina, tu tesoro escondido de la divina Sabiduría, tu arma omnipotente de todo lo cual te servirás para alumbrar a los que están en las tinieblas y sombras de la muerte, para abrazar a los que son tibios y han menester el oro encendido de la caridad, para dar la vida a los que están muertos en el pecado, para tocar y derribar, por tus palabras dulces y poderosas los corazones de mármol y los cedros del Líbano, y, en fin, para resistir al diablo y a todos los enemigos de la salvación”.

Número7

PARA QUE PASE HACIENDO EL BIEN. 
  Nuestra Consagración es el acto por el cual nosotros poníamos, si lo hacíamos libremente, nuestro corazón en el Corazón de nuestra Madre, para que allí, Cristo, por medio del Espíritu Santo, como en una nueva Anunciación, tomase completa posesión del nuestro y lo hiciese semejante al suyo, para que pudiese amar y glorificar al Padre en nosotros y pasar de nuevo por el mundo haciendo el bien.
En el número 6 dijimos cómo comulgar de acuerdo al espíritu de nuestra entrega a Jesús por María. Hoy, vamos a ver, como colaborar con Jesús para que Él pueda pasar por nosotros haciendo el bien. Lo haremos a luz de la Comunión, en la cual, Cristo, se nos brinda todo y nos da la posibilidad de que nosotros nos demos a Él, de tal forma que le abramos el camino, para que pase por nosotros haciendo el bien. Decíamos en el último número ya citado, que vista la miseria de nuestro interior para recibir dignamente a Jesús, una vez recibido, lo pusiéramos en el Corazón de nuestra Madre. Que lo entregáramos a su amor, para que Ella lo adorase y le diese gracias por nosotros. Vayamos ahora más hacia adelante y demos un paso más decisivo. Las especies duran en nosotros hasta que son asimiladas por nuestro organismo y entonces, y sólo entonces, Jesús, como verdadero hombre, permanece en nosotros. Queda en nuestro interior el Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Aprovechemos esta circunstancia para suplantar, si así pudiéramos decir, a Cristo Hombre, entregándole, antes de retirarnos a nuestras casas, todo nuestro ser como una “humanidad suplementario” para que use y pase a través de nosotros haciendo el bien. Vivenciamos profundamente esta expresión de una monja santa, Sor Isabel de la Trinidad, que al unirse a Cristo en la Eucaristía, en el momento de disolverse en ella las especies sacramentales, bajo las que oculta la divina presencia Dios Hombre, le suplica que reemplace su santa humanidad por la pobre humanidad de su sierva y que obre a través de ella.

EL COMPROMISO.
Esto que puede parecer algo muy difícil, no es sino la colaboración íntima del alma con Cristo para hacer realidad en nosotros lo que decimos en la consagración: que pase por nosotros haciendo el bien. Nos crea, indudablemente, un compromiso. El cristiano debe obrar de acuerdo con esta donación, de tal forma que sea un obstáculo, sino un auténtico instrumento que Dios use, para pasar por nosotros haciendo el bien. Si nosotros multiplicáramos las almas que en verdad se dan con generosidad para vivir auténticamente su bautismo, profundizar su vida cristiana, que se entregan a Él en la Comunión, indudablemente que se daría un aporte extraordinario de cristos que pasan por el mundo haciendo el bien. Cada uno que hace donación generosa se convierte por el hecho de darla en un genuino instrumento de bien y realiza plenamente los términos de la consagración que emite, cuando siguiendo generosamente el llamado de Dios, se entrega todo a Jesús por María. El compromiso, a no dudarlo, crea un esfuerzo de conquista de sí mismo, para ser fiel a Cristo en el Corazón de nuestra Madre y para que en ese Corazón, Él pase por nosotros haciendo el bien.

LA IRRADIACIÓN.
Cuando escribimos sobre nuestra jaculatoria: “Madre en tu Corazón nuestros corazón todo lo que estamos haciendo y nos pasa”, dijimos de ella que nos daba la oportunidad de renovar nuestra Consagración, de hacer de todo nuestro día, a través de su renovación, un verdadero espíritu de oración. Por él colaboramos entregando, no sólo nuestro interior con nuestro corazón, con todo lo que estamos haciendo en el momento que decimos la jaculatoria y lo que nos pasa en nuestro cuerpo y en nuestra alma, como también con los que nos rodean. Pero ahora vamos más profundo. No sólo a ser instrumentos de oración que indudablemente hacen el bien, ya que se lo damos a María todo, para que Ella lo convierta por la gracia en una lluvia de rosas sobre la tierra. Aprovecha todo el mérito impetratorio que nuestra jaculatoria tiene y nuestro corazón nos dicta. Pero ahora vamos a otro aspecto fundamental: la irradiación de Cristo por medio de nuestra entrega generosa a Él en la Comunión, para que Él, por nosotros, pase haciendo el bien. Son dos aspectos fundamentales: uno renovación constante de nuestra consagración por medio de la oración, que nuestra jaculatoria nos lleva a realizar. El otro, ser humana y auténticamente a través de nuestro ser y por medio de Cristo, un instrumento de bien.

COMO UN IDEAL.
No escapa al lector que todo lo que venimos diciendo ahonda en nosotros un ideal. Ese ideal es el que descubrimos un día al entregarnos como Jesús a María en la Encarnación, para allí adquirir una semejanza espiritual con Cristo como Él logró en su seno la naturaleza corporal. Pero esa imagen espiritual de Cristo tiene que irse manifestando cada día más y esa manifestación se lleva a cabo por esa donación que hacemos en cada jornada, o cada domingo para toda la semana, de que Jesús pueda pasar por nosotros haciendo el bien en el Corazón de nuestra Madre. E insisto en esto: en el Corazón de nuestra Madre. Es que allí es donde nos hemos propuesto alcanzar la semejanza espiritual con Cristo, quien por medio del Espíritu Santo nos ha de tallar o formar semejantes a Él. Así lograremos ser instrumentos de bien. Vuelvo a decir: estamos frente a un ideal que ilumina nuestra vida y cuando nuestra vida está iluminada por un ideal, se transfigura. Se da uno razón de todo lo que realiza y enfoca a un punto determinado todos los hechos de su existencia que tienen esa brújula que despierta el ideal.

CONSECUENCIA PRÁCTICA.
Todo nos lleva a una consecuencia práctica. Esta es la de que en nosotros aparezca lentamente las virtudes de Cristo, que serán el reflejo exterior de nuestra unión interior con Él. El amor, la paciencia, la fortaleza, la mansedumbre, la humildad, la generosidad, el espíritu de sacrificio, la honestidad y demás virtudes, la sonrisa en nuestro rostro, nos llevan a manifestar siempre al Señor. Todo hará que nuestra vivencia, en el Corazón de nuestra Madre, sea una constante para lograr nuestro objetivo: nosotros viviendo en el Corazón de nuestra Madre, instrumentos de Cristo, por el que Él puede pasar en cada uno de nosotros haciendo el bien.
No pienses en tu miseria. Lo débil del mundo eligió Dios para confundir a los fuertes.
Después que hayas recibido a Cristo y puesto en el Corazón de nuestra Madre, entregado a su Amor y adorado junto con María, en silencio, dile, antes de partir de la iglesia de ésta u otra forma, que concrete nuestro ideal de darnos a Jesús, para que Él pueda pasar por nosotros en el mundo haciendo el bien:

SEÑOR: TE ENTREGO TODO MI SER COMO UNA HUMANIDAD SUPLEMENTARIA, PARA QUE TU, DURANTE ESTE DÍA, O ESTA SEMANA, PUEDAS PASAR POR MÍ HACIENDO EL BIEN. TE DOY MI INTELIGENCIA, MI CORAZÓN, MI VOLUNTAD, COMO INSTRUMENTOS TUYOS PARA QUE TU PASES POR MI.

PARA GLORIA DE DIOS.
Este será el fin esencial de nuestra Consagración y de nuestra entrega, porque es el fin esencial de nuestra existencia, ya que para eso nos creó el Señor, para que fuésemos la “alabanza de su gloria”. Buscarla, no es sino cumplir con el fin para el cual hemos sido creados y nuestra entrega “es un acto de religión profunda, por el cual el alma abismándose en su nada, rinde a Dios humilde homenaje de cuanto es y cuanto ha recibido”. Como los términos de esta consagración lo atestiguan, este homenaje es total, porque nuestra dependencia es absoluta y nuestra ofrenda sin reserva. Del Corazón Purísimo de María, donde lo depositamos, como en un incensario vivo, sube hasta Dios en reconocimiento de su dominio soberano. Puede decirse que todos nuestros sacrificios de orden interno y privado, es en esta consagración el más excelente que realiza en toda su plenitud la adoración en espíritu y en verdad, que es, en fin, eco fiel del “he aquí la esclava del Señor”.

QUE ES DARLE GLORIA.
Darle gloria, será darle o devolverle nuestro ser todo entero para emplearlo únicamente en su servicio en el estado a que fuimos llamados. “Dedicar a su conocimiento, a su amor y en su servicio los recursos de vida que hay en mí, y por el empleo de mis facultades intelectivas, volitivas y activas, referir a Él mi ser entero”. Es usar y hacer fructificar los talentos que Él depositó en nuestro cuerpo y en nuestra alma, para que con ello lo conociéramos, amáramos y sirviéramos. Así, entonces, todo en nosotros por esa entrega real y efectiva cantará la alabanza de su gloria, en agradecimiento a su bondad que nos hizo participar libremente de lo que otros seres de la creación por falta de entendimiento están obligados a hacer por necesidad o por instinto. “Contemplad el universo que nos rodea: todas las criaturas dan gloria a Dios, cada cual a su manera; pero esa misión la cumplen únicamente en cuanto se conforman con las leyes que regulan su naturaleza. Los astros de los cielos alaban a Dios en silencio, en sus movimientos armoniosos a través de los espacios inconmensurables”; las aguas de los mares alaban a Dios “conteniéndose en los límites que Dios les ha señalado”; igualmente la tierra, “en cuanto a las leyes de su estabilidad”; los arbustos, dando sus flores y frutos según su especie, en las estaciones; los animales siguiendo el instinto que en ellos ha depositado el Creador.
Cada orden de seres tiene sus leyes especiales, que regulan su existencia y que manifiestan el poder y la sabiduría de Dios y constituyen cada cual una manera de alabanza a su gloria. Por eso exclama el real Profeta: “¡Oh Señor!, ¡cuán admirable es tu nombre en toda la redondez de la tierra!”. Por último el hombre, a quien el Señor hizo rey de la creación, tiene también leyes que determinan su naturaleza y actividad como criatura racional. El hombre, lo mismo que todas las criaturas, ha sido creado para glorificar a Dios; pero no dará gloria a Dios sino ejecutando actos conformes a su naturaleza, de modo que responda así al ideal que Dios formó al crearle.
Sólo de esa manera le dará gloria a Dios y le será agradable”.
 
EL POR QUE.
Y decimos que es en la Consagración hecha y vivida que damos a Dios, Uno y Trino, la perfecta gloria y alabanza, según lo acabamos de ver. Libremente, entregamos todo lo que constituye al hombre capaz de hacer actos conformes a su naturaleza. Y lo devolvemos, comprometiéndonos a usarlo únicamente en su servicio, puesto que le damos el cuerpo con sus sentidos “como una hostia viva, santa y agradable a sus ojos, que es el culto racional que debemos ofrecerle”.
Y como a vista de nuestra debilidad y nuestras miserias nos sentimos incapaces por nosotros mismos de alcanzar el fin y el ideal de nuestra Consagración, es que nos entregamos totalmente para poder lograrlo, y, en nuestra Madre, procuramos por la misma entrega que de otro modo rendiríamos tan imperfectamente.
Le damos nuestra alma con sus facultades, porque el precepto del Maestro nos manda: “Amarás al Señor tu Dios con toda el alma, con toda tu mente y con todo tu corazón”. Nos comprometemos a hacer real y efectiva esta entrega, viviendo una “Vida de Consagración” en el Corazón de nuestra Madre, como veremos más adelante. Queremos desarrollar para nosotros y para los demás las riquezas que Dios nos dio, porque nuestros talentos tienen también un sentido social. No nos los entregó sólo para nosotros, sino también para los demás. “Santa Catalina de Sena advierte a menudo en El Diálogo, dice el padre Garrigou-Lagrange, que la Providencia nos ha dado a cada uno cualidades muy diferentes para que nos ayudemos mutuamente y tengamos ocasión de practicar la caridad fraterna”, y a fin de que en unión con todo el Cuerpo Místico contribuyésemos al crecimiento total del mismo y así procurásemos cumplir lo mejor que podemos con el “amarás a tu prójimo como a ti mismo y por amor de Dios”.

Número 8

 EN EL CORAZÓN DE NUESTRA MADRE
Al comenzar este número, queremos advertir al lector que todos los que venimos publicando y publicaremos, en el futuro estarán íntimamente relacionados los unos con los otros. Cuanto más vamos remontando la cuesta más claro se ve desde la altura lo que va quedando atrás y más atractiva la belleza del paisaje. Así ha de suceder en la medida que vayamos escalando nuestra espiritualidad. Con más claridad vamos a ir viendo la entrega a Jesús por María. Descubriremos la profundidad de la entrega y nuestro corazón se regocijará de vivir en el Corazón de nuestra Madre, ya que allí tendremos todo nuestro tesoro. De él, como dice Jesús, podremos sacar todo lo bueno que se logra ver, porque allí está nuestra riqueza y el que tiene un tesoro tiene abundancia de bienes que no se agotan, sino que de él saca todo lo que ha de colmar su vida espiritual. María no puede dar otra cosa que sea Dios y sólo eso podremos sacar de su Corazón. Decir Dios es decir Padre, Hijo y Espíritu Santo. Decir Dios es decir Jesús, Dios y hombre verdadero. Decir Dios, es decirlo todo.
Nada escapa a esta Consagración, porque desde el punto de vista de María vemos todo lo demás. Desde la visión de María, Dios veía todo lo que luego habría de suceder con su famoso “fiar” – sí - . Sin él no se hubiese podido dar la Encarnación ni toda la revelación consiguiente, que Jesús nos hizo de Dios como Padre y de la acción del Espíritu Santo. De su existencia y la de la Trinidad. Ella era una pieza clave en la Redención y por ello fue tan necesaria. Partimos de María, como Jesús. En Ella encontró todo en el momento de la Encarnación y desde Ella arrancó todo. ¿Qué de extraño tiene que nosotros partamos de Ella, no porque sea necesaria absolutamente, sino por el simple hecho de que hacemos como Jesús? Todo lo empezó por Ella.
Toda nuestra vida se desarrolla en María. Su Corazón es el ámbito natural donde vamos a lograr nuestra transformación en Jesús. Como Jesús, que en su seno, logró en Ella un cuerpo como el nuestro y un alma como la nuestra. De allí nuestra insistencia en hacer todo en el Corazón de la Virgen, donde estamos “encorazonados”: En María, con María, por María.
Nuestro alumbramiento tendrá consumación en el momento de la muerte en el que seremos dados a luz para la eternidad, con la esperanza de Cristo que hayamos logrado. De allí que en Ella estamos, en Ella vivimos y en Ella somos. En Ella, que al recibir primero al Verbo en su Corazón inmaculado, mereció luego recibirlo en su seno virginal. No es una exageración de nuestra parte. Nosotros hemos elegido para conformarnos con Jesucristo, el mismo camino que Él eligió. Y el eligió  antes el Corazón y luego el seno de su Madre para venir. Nosotros, su Corazón, para lograr una semejanza con Él. Un feto no sale del seno de su madre antes de su alumbramiento y si lo hace, pasar a ser un aborto. Tiene necesariamente que vivir en su madre para hacerse hombre o mujer. Tenemos – si hemos elegido este camino – que vivir necesariamente en el Corazón de nuestra Madre, entregados a su amor, para alcanzar la semejanza con Cristo. No es que no existan otros caminos para ir hacia Él. Nosotros, vuelvo a decir, hemos elegido éste, llevados por la imitación de Jesús, que fue el primero que lo eligió. Es un acto de fe y de confianza en la maternidad de María, que en este hecho encuentra su pleno cumplimiento y realización.
Lo que parece desdeñable a los ojos de los hombres, es sabiduría a los ojos de Dios y vivir siempre en María, por nuestra unión con Jesús, es ir a alcanzar por Ella el deseo del Padre: “que seamos conformes a la imagen de su Hijo”. Los que vamos por este camino declaramos enfáticamente que solos no podemos alcanzar ese deseo del Padre. Sí, en María. A Ella la constituyó Cristo por Madre nuestra, y le dio para ejercerla su amor maternal y su omnipotencia suplicante que la hace capaz de lograr para nosotros, en su Corazón, de alcanzar, lo decimos nuevamente, uno de los fines del Padre al crearnos: “que fuesemos, conforme a la imagen de su Hijo”.
De allí que en María, volvemos a repetir, estamos viviendo y somos como el ser en gestación lo es es en el seno de su madre. En Ella estamos; en Ella vivimos; en Ella somos.
Una forma de vivenciar este hecho permanente de vivir siempre en el Corazón de nuestra Madre, es decirle a María en repetidas oportunidades MADRE ESTOY EN TU CORAZÓN, VIVO EN TU CORAZÓN, SOY EN TU CORAZÓN. Ello actualiza el hecho de vivir permanentemente en el Corazón de nuestra Madre para lograr allí, por la acción del Espíritu Santo, nuestra semejanza con Cristo.
 

Número9

 NUESTRAS JACULATORIAS: SU IMPORTANCIA.
Hay distintas formas por las cuales el alma eleva durante el día su corazón hacia Dios. Una de ellas son las jaculatorias. Oraciones breves y fervorosas. Elevaciones del alma, que de esa forma, permanece unida a Dios y actualiza constantemente su unión con Jesús y María. Las jaculatorias son un modo. Existen los suspiros, las miradas a una imagen, los actos de amor por los cuales el alma se abre hacia el Señor. Las miradas dirigidas a nuestro interior en las que el ser, adora allí al Creador. Todo lo que el amor humano ejercita en su fuego, el amor divino lo lleva a cabo de un modo humano, pero que lo transforma entero en Dios. Con las jaculatorias el alma repite una y mil veces dichos aprendidos o elevaciones del corazón, que son como piropos que dirige hacia Dios. Tienen la virtud de que se pueden decir en cualquier lugar y circunstancia. Mantienen el alma unida con Él y su elevación constante se transforma en una forma de respirar. Las jaculatorias se dicen caminando; cuando se hace un alto en el trabajo; antes de dormir, si uno se despierta durante la noche, viajando en un auto o yendo en “micro”. El lugar no interesa. La forma tampoco. La posición menos. Lo que importa es levantar la mente y el corazón a Dios, por medio de las jaculatorias, que nos hacen vivir en el Corazón de nuestra Madre, en unión íntima con Jesús, entregados al Espíritu Santo y bajo la mirada del Padre.
¿Qué puede tener de extraño entonces que publiquemos en nuestra Hoja distintas jaculatorias y decires, para hacer vivir la Consagración? Por ellas nosotros extraemos el jugo que cada uno resume de lo que hacemos o nos pasa. Mantienen en vilo el alma para que por ese medio, y aprovechando las ocasiones y los momentos, saque de ellos el fruto apetecible que es subsistencia para el alma y da claro sentido a la vida que se vive en el Corazón de nuestra Madre. Saca fruto propicio de todo: cuando trabaja, cuando duerme, cuando sufre, cuando es feliz y cuando se angustia, en todo y de todo extrae fruto y lo aprovecha para vivir en el Corazón de la Virgen en unión íntima con Jesús. Por ella busca lograr la configuración con Él y hace de toda su vida una vida de oración. Es un modo de conversar con Dios sobre cualquier cosa que nos acaece. Por eso abarcan tantos aspectos y lentamente las vamos dando a luz. Toman todo el hombre y todos sus hechos.
 
SUGERENCIAS.  
Nosotros sugerimos como hacerlas. Cada uno extrae el sumo y lo bebe, dentro de nuestro espíritu, siguiendo los dictados de su corazón.
Debemos repetir las jaculatorias con todo el corazón. Con amor. No de una manera mecánica, como alguien que las contase y las repitiese por rutina, sino a medida que se presenta la ocasión. Es el corazón el que habla, la mente que se eleva. Es Dios el centro de nuestra vida, en el Corazón de nuestra Madre. Las jaculatorias nos ayudan así a alcanzar una profunda vida de oración y a vivir más unidos a Él, a Jesús y María. Continúa la acción de nuestra oración personal, el fruto de la Comunión, de nuestra entrega a Jesús para que Él pase por nosotros haciendo el bien. Esto lo hemos expuesto.

FIDELIDAD A ESTA PRÁCTICA.
Si somos fieles a la práctica de las jaculatorias, al terminar cada día nos vamos a encontrar estrechamente unidos al Señor, en el Corazón de nuestra Madre, donde lo hemos pasado. Más llega el momento -¡y ojala llegue!- en que el alma vive más íntimamente unida a Dios y no necesita ya las jaculatorias, sino que con una elevación del corazón lo manifiesta. Con sólo cerrar los ojos lo dice. Con mirarlo lo repite. Es que el alma vive en Dios y con Dios ya no se necesitan las palabras, sino que con sólo mirarse con Él, lo declara. Seria un paso trascendente en nuestra vida espiritual este logro, que con esto entra en una etapa superior de la oración. El amor no siempre necesita decir. Con sólo mirar y amar, con sólo cerrar los ojos, todo lo puede repetir o decir.

ELEVACION DEL ESPIRITU.
Elevemos nuestro espíritu por medio de jaculatorias propias y penetrarnos profundamente del espíritu de la Consagración. Que nos recuerden donde está nuestro corazón y de esa forma vivir “encorazonados” en María. Las jaculatorias hacen continua nuestra vivencia y místicamente real el hecho de ser allí, de estar allí y de vivir allí. Son propias de la espiritualidad que vivimos y llevan el espíritu del Evangelio y nos ayudan a vivir más y más en el Corazón de nuestra Madre, que como ya hemos visto es el lugar donde hemos puesto el nuestro y allí existimos. Centro de nuestras jaculatorias es la que hemos comentado MADRE EN TU CORAZÓN MI CORAZÓN, TODO LO QUE ESTOY HACIENDO Y ME PASA. Por ella renovamos nuestra Consagración y vivenciamos continuamente nuestra entrega.

 Cuando te aplaudan, te alaben, sientas satisfacción íntima por algo que te ha llenado de gozo, sigue el consejo de Jesús y allí di en tu interior:

SIERVO INUTIL SOY, LO QUE DEBI HACER HICE, y añade: en el Corazón de nuestra Madre.

¿DÓNDE ESTÁ MI CORAZÓN?
Todo lo hacemos allí. En María. Nuestra investigación tiene que consistir durante el día en cuál es nuestra actitud en ese Corazón. ¿Dónde está? ¿Allí o anda en cualquier parte? Todos los movimientos que operan sobre él, las tensiones a que está sometido y que considera en ese momento. Para rectificar sus errores y aprovechar todas las coyunturas, están las jaculatorias que sacan fruto de todo y nos sirven para encauzarlo todo a la gloria de Dios.
Por ellas, dirigidas todas a orar con nuestro corazón, en todo, en el Corazón de nuestra Madre, podemos darnos cuenta enseguida donde está nuestro corazón, ya que en todos los momentos del día, extraemos el sumo de lo que nos pasa o sucede. Todo él, sabemos donde está nuestro corazón. “Es un golpe de vista. Es simple y rápido: sería preciso –dice un autor- que el alma no tuviese idea alguna de su interior, ningún hábito de entrar dentro de sí misma para no darse cuenta de ello”. En Ella estoy, en Ella soy y en Ella vivo. Es su Corazón. El corazón es el centro más íntimo de uno mismo y buscar el corazón es penetrar en lo más recóndito de nuestro interior: “unas veces veré que la disposición que me domina es el ansia de aplausos, o el deseo de alabanza, o el temor de una censura; otras veces es el desabrimiento, nacido de una contrariedad, de una conversación o de un proceder que me ha mortificado, o bien el resentimiento, procedente de una reprensión agria y dura; otras veces es la amargura producida por la suspicacia, o el malestar mantenido por una antipatía, o tal vez la cobardía inspirada por la sensualidad, o el desaliento causado por una dificultad o un fracaso; otras veces es la rutina, fruto de la indolencia, o la disipación, fruto de la curiosidad y de la alegría vana, etc., o, por el contrario, el amor de Dios, la sed de sacrificio, el fervor encendido por un toque señalado de la gracia, la plena sumisión a la voluntad de Dios, el gozo de la humildad, etc., buena o mala, lo que me urge averiguar es cual sea la disposición principal y dominante, porque hay que ver el bien lo mismo que el mal, pues lo que se trata de conocer es el estado del corazón: es precisos que vaya directamente a examinar el gran resorte que hace mover todas las piezas del reloj”.

EL GOLPE DE VISTA.
Todas las jaculatorias están dirigidas a hacerlo todo y vivirlo en el Corazón de nuestra Madre. Allí vivimos. Allí estamos. Allí somos. Así decíamos. Lo que importa es saber donde está el corazón, que ya sabemos por nuestra entrega, que está en el de María. Pero esa mirada a nuestro interior, ese decir que decimos, nos lo recuerda que está en María, donde un día lo pusimos. Tenemos que verificar si está allí. En todos los vaivenes del corazón, es difícil mantenerlo inalterable y con toda confianza, en el Corazón de nuestra Madre. Los embates coletean para tenerlo intranquilo. “Para hacerme cargo y apoderarme de él me hago esta sencilla pregunta: “¿dónde está mi corazón?" En el instante mismo en que me pregunto eso, tengo la contestación dentro de mí. Esta pregunta me hace dirigir un golpe de vista rápido sobre el centro más íntimo de mí mismo, y enseguida veo el punto saliente; presto el oído al sonido que da mi alma, e inmediatamente recojo la nota dominante: es un procedimiento intuitivo, instantáneo. No hay necesidad de investigaciones de la inteligencia, de esfuerzos de la voluntad, de ejercicios de la memoria: veo y comprendo. Es un golpe de vista. “Un abrir y cerrar de ojos”.

LA PREGUNTA ÍNTIMA.
Una pregunta íntima, volvemos a decir, debemos hacernos en cualquier lugar y momento del día: “¿Dónde está mi corazón?”. El que renueva nuestra jaculatoria: MADRE EN TU CORAZÓN MI CORAZÓN, TODO LO QUE ESTOY HACIENDO Y ME PASA. Cae de su peso que a través de ella sabemos donde está nuestro corazón. Cuanto más perturbado está éste, más debemos estar en el Corazón de María, por nuestra unión con Jesús, para encontrar allí la paz y dar mayor dimensión a nuestra vida espiritual y ello se adquiere con nuestra jaculatoria, dicha profundamente, con todas las fuerzas de nuestro ser.

DE NUEVO EL GOLPE DE VISTA.
Volvamos al golpe de vista. Este produce en nuestro interior grandes efectos, pues mantiene o restablece, según los casos, en la única vía y dirige al único fin la resultante de las fuerzas del corazón. Y de hecho, nada se le escapa, puesto que se apodera del centro de todo. El centro es el corazón, en el Corazón de María. “Cuando por los cien pequeños agujeros- dice bellamente el Padre Tissot- de una regadera, salta el agua como de un surtidor, ¿no sería un trabajo largo y penoso ir cerrando, uno tras otro todos los agujeros para suprimir dicho surtidor? Y si un poco más abajo hubiera una llave que bastaría cerrar para suprimir de un solo golpe la salida del agua, sería insensato fatigarse en cerrar los pequeños agujeros, tanto cuanto que nos expondríamos a que volvieran a abrirse unos a medida que cerrábamos los otros. El que en su examen se detiene en detalles y en lo externo pierde el tiempo cerrando pequeños agujeros… el golpe de vista interior cierra la llave del agua. Detenerse en detalles y en lo exterior, es permanecer en la circunferencia y obrar en la superficie del alma. Yo voy al centro y abarco mi alma cuando echo este golpe de vista profundo sobre la disposición dominante”.

LA IMPORTANCIA DE LAS JACULATORIAS.
Todas nuestras jaculatorias se dirigen a nuestro corazón. Debemos mantenerlo firme allí donde está. Allí resolveremos todo y allí haremos crecer nuestra vida interior, que en la medida que se ahonda, más se une a Jesús y por Él al Padre en el Espíritu Santo.

El golpe de vista: la pregunta que debemos hacernos durante el día es esta: “¿DÓNDE  ESTÁ MI CORAZÓN?”

Habiéndolo mantenido en nuestras manos, el que es el centro de nuestro amor y la respuesta, nos denuncian si se encuentra donde lo hemos puesto y permanece allí, en María, fiel a Dios o no.

QUE ME DICE EL ROSARIO.
Así dice un autor: El Rosario sigue siendo la oración de todas las horas y momentos. No necesita lugar determinado y todos le son útiles. Puedo rezarlo en medio de la multitud, orando por ella. Sentado en un tren, un micro, caminando por la calle. En medio de los trabajos que lo permiten. Tiene el poder de convertirse en apóstol de oración y ser la auténtica respiración de mi alma. Forma parte integrante de mi vida, sea material o espiritualmente. No es una devoción que practico por temporadas o accidentalmente. No. Es parte de mi vida. Para todos los grandes o pequeños eventos, en que necesito la fortaleza de Dios, tomo entre mis manos al Rosario. Fortalecido con él como si fuera un escudo de protección, doy mi batalla. Nunca que lo he hecho con fe, ha dejado de producir sus frutos, y yo de sentir en mi interior la fortaleza en mi voluntad, la luz en mi inteligencia y el amor en mi corazón. Sigo las huellas de Montfort: “los apóstoles del futuro tendrán en una mano el Rosario y en la otra la Cruz”. Experimento así – junto a mí- la presencia de María que me llena de confianza y sobre todo de compañía para no sentirme solo en ningún momento de mi vida.

 

Número10

LA UNIÓN CON JESÚS Y MARÍA

Estas hojitas son para difundir la vida sobrenatural. El camino a Jesús por María. Todo lo que excede las fuerzas de la naturaleza en el campo espiritual. La vida en la que actúa Dios de un modo superior.

El sostiene al hombre en todo lo que hace: “en Él nos movemos, estamos y somos”. Está en todas las instancias de la vida. Donde más se encuentra y de un modo muy especial, es en el alma que lo ansía, que quiere unirse con Él. A todos los que lo buscan para estarle unido, es a los que nos dirigimos y a los que expresamos nuestro sentir en este número. Vamos a escribir la unión con Jesús. No puede hacer amor verdadero a María sin Jesús ya que Él es el fruto bendito de su vientre y si María, está en nuestra vida, es para llevarnos a Jesús. Y si alcanzamos la unión con Él, hemos descubierto la verdadera devoción a María. Por eso decíamos en el título: “En unión íntima con Jesús y María”. Por él entramos en el plano sobrenatural y es en él donde tiene que desarrollarse nuestro escrito y nuestra vida. Por eso nuestra forma de escribir tiene que ser así: sobrenatural. Por eso, también, puede parecer difícil.

PLANO SOBRENATURAL.

Ubiquémonos, pues, en un plano absolutamente sobrenatural. Nosotros podemos comer, dormir, trabajar, pensar, hablar, en un plano humano. Pero si queremos que nos reditúe para la vida eterna, lo tenemos que hacer con Jesús. En unión con Él. El forma parte integrante de nuestra vida. Su gracia es nuestra vida. Por ella vivimos y por ella somos. Nos fue dada en el bautismo. Tenemos que hacerla crecer hasta lograr el grado de gracia que Dios ha previsto para cada uno de nosotros desde toda la eternidad. En la medida que crecemos en ella, crecemos en nuestra unión con Jesús. Cuando más gracia hay en nosotros, más íntimamente vive Jesús como Verbo en nuestro interior y la gracia nos va transformando en Él, como María llena de gracia fue transformada en Él y despertó la admiración del ángel que la llamó así. Ella es Madre de la gracia y nos la guarda. “Ella es la que al autor de toda gracia dio el ser y la vida, y por eso se la llama Madre de la Gracia”. Nosotros se la hemos dado en nuestra Consagración para que la cuide, como custodia nuestra unión con Jesús. Todo en el Corazón de nuestra Madre, porque allí estamos, nos movemos y somos. Es que estar en María es estar en Dios, ya que Ella lo único que puede dar, es Dios. Es Jesús. Es el Espíritu Santo. Porque en Ella se realizó la unión más íntima que hubo en la tierra con Jesús, ya que le dio su propia sangre y la sangre de Cristo fue la sangre de María.

UN PUNTO CLAVE.

Toda nuestra vida espiritual se centra en un punto clave: la unión con Jesús. Todo tiene valor a partir de allí. “Sin Mí nada podéis”. Jesús es como un sol del cual salen rayos en todas las direcciones. Por Él vamos hacia el Padre. Nadie puede ir hacia Él, si el Padre no lo atrae. Si estamos unidos con Jesús, en el Corazón de nuestra Madre, nadie puede contra nosotros, porque nuestra fuerza está en Él. Lo decíamos en el número 7 referente a que Jesús pase por nosotros haciendo el bien, y de que durante el día se vaya dando esto, como es el amar y glorificar al Padre en nosotros. No puede tener realización, si no hay cada vez más unión íntima con Él. Imposible. Seremos nosotros los que lo haremos, pero Cristo en nosotros. El alma toma conciencia de su imposibilidad de hacer nada sobrenatural, si no es con Jesús. Es la aceptación plena de la incapacidad del hombre para hacer lo sobrenatural sin estar unido a Jesucristo. Que la entrega que hacemos a Él de nuestro ser, como una humanidad suplementaria, no puede darse sino estamos unidos con Jesús. Esta es la savia que circula en abundancia en el interior de los santos y se manifiesta en su vida de unión con Él y la aparición de las virtudes que conducen a la santidad.

La gracia es la participación de la vida divina y por eso tan personal la acción de Cristo en el alma, ya que es su misma vida la que juega un papel determinante en nuestra vida sobrenatural. Es la que llenaba el alma de María, cuando, como ya dijimos, el ángel se extasió ante Ella, para anunciarle las maravillas que le iban a suceder.

En los momentos de dificultades, problemas, dudas, desaciertos, digamos de corazón: EN TI SEÑOR ESPERO EN EL CORAZÓN DE NUESTRA MADRE NO SERÉ CONFUNDIDO.

TODO CON JESUS.

Sin Jesús, lo dijimos, no podemos nada en el orden sobrenatural. Uno lo toca con las manos cuando debe hacer las obras de Dios. Sin su ayuda no podemos nada. Pienso que una de las cosas más difíciles es que Dios calla. No dice nada. No se manifiesta. No muestra su poder. Guarda un silencio total que pareciera que no existiera. Que prueba la fe, como el día que dormía en el cabezal de la barca y la tormenta arreciaba. Los apóstoles se sentían abandonados a su suerte. ¡Y con Él adentro! Él permite que uno toque con las manos lo que dijo en la parábola de la vid y los sarmientos: “Sin mí nada podéis”. Por más que hagamos fuerza, es la lucha del que aparentemente está librado a su suerte y siente y experimenta su nada, su incapacidad. Al principiante debe parecerle duro. Tiene que comprender que la única forma como uno puede entender que sin Él no se puede nada, es precisamente experimentando el vacío de Dios y la nada de nuestras fuerzas. No para lo humano, que sí lo tenemos, sino para lo sobrenatural, lo que excede nuestra capacidad y que sólo con la ayuda de Dios se lo puede experimentar. Y Dios está ahí, aunque a uno le parezca que no está. Esa es la pedagogía de Dios: por la ausencia a la presencia. Por la nada al todo ¡Y cómo crece el alma así! De esa manera Dios está en su vida para ser su todo.

CRECIMIENTO Y UNIÓN.

No se puede hablar de crecimiento en la vida espiritual, sin una unión cada vez más íntima con Jesús. La razón ya la dimos: de Él viene la savia que alimenta a todas las ramas, que es decir cada uno en particular. Sólo el que está unido está abierto a su acción. Por eso son tan pocos los que crecen en la interioridad con el Señor. La unión con Cristo puede llegar a ser tan íntima que hace que el apóstol San Pablo exclame como en un deshago: “¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿O la angustia? ¿O el hambre? ¿O la desnudez? ¿O el riesgo? ¿O la persecución? ¿O el cuchillo? Pero en medio de todas estas cosas triunfamos por la virtud de aquel que nos llamó. Por lo cual estoy seguro, de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni virtudes, ni lo presente, ni lo venidero, ni la fuerza o violencia, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna criatura podrá jamás separarnos del amor de Dios que se funda en Jesucristo nuestro Señor”.

El lector puede deducir cuan estrechísima puede llegar a ser la unión de un alma con Jesús. Es tal lo que ha hecho por nosotros y hace, que de esa unión recibimos gracia por gracia.

SÚPLICA.

Señor Jesús: ayúdanos a crecer en gracia en unión contigo. Que la haga aumentar por mi comunión frecuente, por mis obras buenas, por mi oración constante, por mis sacrificios aceptados y ofrecidos, por mi cruz abrazada, por todo cuanto me lleva a que seas más Tú en mi vida y menos yo.

A QUIEN NOS DIRIJIMOS.

Estas líneas tienen otra característica. Son para los que volamos todavía bajo. Quiera Dios que llegue el momento en que podamos elevarnos en nuestro vuelo y entonces la visión de Dios será distinta. Que aprendamos a estar más unidos con Jesús. Aprendamos a crear un clima en nuestra vida. Para ello debemos buscarlo en María, aunque esté dentro de nosotros y todavía no hayamos puesto nuestra atención en Él. Hay que aprender a gatear en este camino de la unión con Jesús. Aprender el primer paso que es vivir en gracia. No ofenderlo con el pecado. Podemos decir cosas extraordinarias de la unión con Jesús, pero de nada sirve la cúspide si no tiene los cimientos. Cimiento es defender la vida de la gracia recibida de Cristo en el bautismo. De nada sirve lo superior si no se hizo pie en lo inferior, que es donde comienza la vida interior dentro de nosotros. Un niño recién nacido tiene la vida en su fuente, en su origen. En ella irá creciendo y abundando cuando se vaya desarrollando. Así sucede en la vida sobrenatural. Al nacer por el bautismo, recibimos la cantidad de gracia que Dios tiene dispuesta para cada uno. Es en la que iremos creciendo en la medida que pongamos todo aquello que es necesario de nuestra parte para que se desarrolle la vida y la vida se aumente en abundancia en el alma.

LA PUSIMOS EN MARÍA.

En María, lo sabemos, queremos llegar al grado de gracia que Dios ha previsto para cada uno desde toda la eternidad. Le entregamos en el momento de nuestra Consagración la cantidad de ella que teníamos en nosotros, que es decir nuestra alma en el momento de nuestra entrega. Se la dimos para que la guarde y defienda como cosa y posesión suya y la haga crecer en la medida que Dios tiene previsto para cada uno de nosotros. Esto es, le entregamos nuestra unión con Jesús, para que nos haga crecer en ella. Nosotros ignoramos en que cantidad o que cantidad debemos alcanzar en nuestra vida. Ella lo sabe en Dios y hacia allí vamos. “Gateemos”. Ya llegaremos a andar con la frente levantada, siempre que nosotros hagamos lo que debemos.

QUE DEBEMOS HACER.

La unión con Jesús supone la ausencia de pecado, porque éste y la gracia son irreconciliables. Mas para que la gracia crezca debe haber purificación de aquellas faltas que nos separan de Dios y que impiden un mayor crecimiento en ella y sobre todo crecer en la caridad que cubre la muchedumbre de los pecados. Unámonos a él sirviendo a nuestro prójimo. Allí lo vamos a encontrar seguro y por medio de él, vamos a estar unidos a Cristo. No sólo interiormente sino exteriormente en nuestros hermanos y en María, como lo encontraron los pastores, los magos, Simeón, la profetiza Ana y todos los demás.

Acostumbrémonos a vivir sin ofenderlo. A evitar lo que le desagrada. En una palabra, lo que debemos hacer es mantenernos en gracia para dar después el empujón hacia la altura. Impidamos todo lo que aje nuestra vida interior, que se funda en Cristo Jesús. Realizar estas cosas es ambicionar crecer en la unión con Cristo. Es descubrir que de esta unión depende todo. Es codiciar, una vez descubierta, la necesidad de crecer y crecer porque en ello está la vida. Pensemos en lo que dijo Cristo a este respecto:”He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Para que abunde hay que abrir el corazón a la gracia, que es decir la unión con Jesús. Para que nuestra Consagración se vea realizada y alcance su fin y se de la unión con Jesús, entra de forma evidente el Espíritu Santo, que siendo el Espíritu del Maestro, tiene que tomar posesión de nuestro corazón.

JESÚS EN NUESTRA VIDA. LA UNIÓN CON ÉL LA POSIBILITA.

Quizá recién abramos los ojos a la importancia de la gracia y se nos revele en toda su amplitud lo que significa para nuestra alma. No importa. Aprendamos a darle todo su valor y trascendencia. Aprendamos a "gatear”.

Evitemos, volvemos a decir, todo lo que aje nuestra vida interior, que se funda en Cristo Jesús. En unión con Jesús en el Corazón de nuestra Madre. Viviendo en María lo vamos a encontrar siempre. Toda Ella está transformada en Jesús y nuestra unión con Él se ha de acrecentar en María, decimos machaconamente.

CONCLUCIONES.

Toda vez que un hombre de fe, lleva la cruz con paciencia; se sacrifica, puesta la mirada en Cristo, por sus hermanos; persevera en la virtud; tiene fortaleza para sobreponerse a las dificultades; realiza todo lo que compone la trama de su vida espiritual, es a no dudarlo la gracia la que obra en él. Dios, por medio de ella, se hace presente en el alma y actúa en forma eficaz, llevando el ser suavemente hacia la unión. Es el mundo sobrenatural en que vive un alma de fe y que crece y crece en el interior del bautizado. En una palabra: la gracia es la que hace esas maravillas. Dios con toques de ella va esculpiendo en las almas la imagen de Jesús. Es la que tiene tantos matices y se manifiesta por tantos nombres, que siendo una, es distinta en sus formas de adaptarse al hombre.

 

Número11

EL ESPÍRITU SANTO Y MARÍA.

El Espíritu Santo forma parte determinante en la vida de todo hombre. Nos ha sido dado en ese acto central de nuestro nacimiento espiritual, que llamamos bautismo, por el cual venimos a la vida sobrenatural, como hijos de Dios y se nos da la gracia santificante. El Espíritu Santo es el que obra en cada alma que es fiel a Él, la imagen de Jesucristo. En el número anterior hemos hablado de la unión con Jesús. No puede haber Espíritu Santo, si el alma no está entregada a Jesús. Se habla de los toques de su gracia. De sus inspiraciones. De los distintos movimientos que la conmueven para unirla más con Dios. El Espíritu Santo desempeña un papel protagónico en ella, puesto que es tan importante en nuestra vida, que ni siquiera el nombre de Jesús podemos decir si no es en Él.
Con María forman y conforman al alma a semejanza de Cristo. Es q