Cenáculo de María-La Plata
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Pía Unión Cenáculo de María
El Amor de Cristo nos ha unido en el Corazón de nuestra Madre

"A MARÍA CON AMOR" 

 

LA VIRGEN SANTÍSIMA, LA PRIMERA QUE ADORÓ A JESÚS
 
 

Sea este un pensamiento que da a luz A MARIA CON AMOR, en esta Navidad de 1986. “Le adoró en su propio pecho. Nadie fue digno de recibirle, a no ser la Virgen Santísima. Apoyado en su amada, no tenía Jesús más que su apoyo: la hermosura sin mansilla de su Madre. Por tanto:

La recibe la Pura, la Purísima, que a los ojos de Dios es más que todo el Universo. Lo decisivo no es ni el número ni la masa. El alma profundísima de María con su cristalina transparencia vale más que el Universo, es un valor divino. Lo demás es nadería, sombra.

Le recibe con el amor más dulce, con amor maternal. Esta es la flor más hermosa, éste es el encanto más embelesador de la naturaleza. Los afectos íntimos de la doncella y madre saben hablar con exquisita dulzura. Estos sentimientos vibran en la adoración con que la Virgen se postra ante Jesús. Ahí tenemos el Serafín de la tierra capaz de contestar a los cánticos de los serafines del cielo. ¡ La Esclava y la Madre del Señor!

Pensemos con amor en Dios: nunca con frialdad, ni siquiera en medio de la desgracia.

En esta adoración con que la Virgen adora a Jesús tiene Dios una de sus más dulces complacencias; y si bien Él goza desde el principio e invariablemente la más profunda dicha, con agrado irradia sobre el mundo espiritual esta alegría “advertencia”, como una especie de nueva edición sobrenatural. Ensancha nuestro corazón, enardece nuestra alma; Aquel que con toda su grandeza no revienta las sutilísimas venas del pétalo de la rosa, está jubilando y cantando también en nuestra alma cuando nos enardece, alienta y consuela. ¡Oh!, entra en mí con los goces del corazón puro, de la bondad, de la abnegación, de la hermosura. Haz que mi alma se estremezca con estos goces. ¿Y tú? ¿Sabes gozar así de Dios y de sus obras?

LA VIRGEN ESPERANDO AL NIÑO.

La Virgen Santísima en su bendito estado de expectación es el secreto de la más íntima profundidad. Lleva en sí el misterio; sabe que este existe; sabe que Dios mora en Ella; mas Ella tampoco vio al Señor, no puede sino creer en Él.

¡Oh mundo misterioso y santo! Nuestra alma está preñada de Dios. Dios está en nosotros; en nosotros están el cielo, la gracia, la vida eterna. Todo esto lo llevamos en nuestro interior pero sin verlo. No importa, no por ello hemos de ser pesimistas ni incrédulos; porque aunque no veamos al Señor, vemos en todas partes las huellas del mundo espiritual. Vuelan los ángeles en torno nuestro, se abren las flores, nacen los niños, vivimos en pleno misterio; la solución de este problema es esta: creo. Así hemos de allanar muchas veces nuestro desaliento, impulsándolo a la actividad y alegría.

La naturaleza se despliega en septiembre y el corazón de María anhela al Hijo como primavera de su regocijo. La Virgen Santísima también repitió estas palabras: “¡Oh, quien me diera poder besarte! (Cant. 8,1), y las repitió con ardor celestial. Deseaba verle llegar.

Hay deseos enfermizos, hay deseos impotentes y hay también deseos sanos y fecundos. La Virgen quiso darnos un Hijo, tal deseo no pudo ser estéril.

Cada alma y cada vida ha de dar a luz la acción, es decir muchas acciones. La acción es la hija verdadera, la palabra es la hijastra. ¿Qué sería de la naturaleza si fuese estéril, y qué sería de la gracia ni no diera a luz una vida hermosa, cálida, noble y fuerte?

Las obras de la gracia son necesarias para la vida.

La llegada de Jesús.

También Dios tiene sus caminos especiales; debemos buscarlos y descubrirlos. Dos peregrinos llegan a Belén; la necesidad, el edicto del César los obliga, y ellos vienen a obedecer. He ahí como la obediencia es la huella de Dios.

Debemos amar el orden, como voluntad de Dios, y debo cumplir con esta voluntad obedeciendo a los mandatos de mis superiores. Quiero rendir homenaje a Dios, obedeciendo a los hombres.

¿Quién habría creído que viniese Jesús de esta manera? Nosotros nos habríamos imaginado su advenimiento en medio de relámpagos y truenos.

Mas ¿Por qué creemos que Dios es violencia y no humildad y amor? ¿En esto menos que aquél? La violencia no construye, sino destruye, mientras que para crear se necesitan fuerzas quedas y amorosas. Así van formándose el roble en el tiempo de calor, las capas pequeñas en el fondo del océano; la sociedad en la paz de la familia; los pensamientos grandes, la sabiduría, el arte, en el santuario del alma. Yo amo el silencio, en él voy formándome.

¿Por qué no vino con pompa? Y ¿Por qué había de venir con pompa? La pompa es algo exterior; mas Él vino con el cielo que llevaba en su interior. ¿Dónde hay más luz y brillo que en el alma pura, luz y brillo que la noche más negra no puede velar?

Hermosura, armonía y espiritualidad sencilla es lo que necesitamos nosotros. La flor campestre es más hermosa que toda la “pompa” de Salomón. “Un corazón puro y un sentimiento fiel hacen de una sierva una reina”.

La canción de cuna de la Virgen Santísima.

Está en plena sazón y se desprende del Corazón de la Virgen el fruto de su maternidad, el dulce Niño Jesús. Este desprenderse no hirió el alma de la Virgen Santísima, sino que la llenó de devoción suave, íntima, dulce. Con humildad ungida de oración estaba de rodillas delante del Niño, que yacía en el suelo, y cuyo amor iba derramando en nuevas gracias, brazas sobre su alma; la mirada del Niño descansaba en su humilde servidora, la cual sentía, derritiéndose de gozo por tal convicción, que había conseguido la complacencia de su Señor, que daba alegría a su Dios. Esta felicidad es lo que cantó la Virgen como canción de cuna al Niño, exclusivamente para Él.

¿Qué es lo que ofrece la Virgen Santísima al Señor? El calor de su corazón, sus blandos brazos, sus dulces besos; le adora, le ama.

Cubre de besos los piecitos, las manitos, los ojitos, la carita y se hace toda para Él: es su templo en la gruta, es su cálida dicha en el frío; es la luz en sus ojos en medio de las tinieblas, en su dulce descanso en el pesebre.

Por estas esperanzas se purifica también nuestro amor terreno, como el líquido por las virutas de la garlopa; queremos purificarnos en nuestros afectos sensuales y, amando a Jesús, sufrir pacientemente por este amor la gruta, el frío, el duro lecho, las tinieblas espirituales; y todo ello para amar más profundamente, para amar de veras

La Virgen Santísima y el Niño.

La noche de Navidad nos presenta la Virgen Santísima en la más hermosa manifestación de su alma. Se abre su corazón; hay aquí primavera, en medio del invierno. Se abre un cielo: hay visión de Dios, hay posesión de Dios en medio de la vida terrena.

¿Pudo darnos Dios cosa tan excelsa como a su propio Hijo, llenando la tierra con la unción de su amor, con la fragancia de la misericordia? ¿Pudo acercarse más a la humanidad que naciendo el mismo Dios en medio de nosotros? ¿Y pudo un alma recibirle con más dulce intimidad que su Santísima Madre al estrecharle contra su pecho? ¿Se ha abierto nunca el cáliz de una flor con tanto deleite, sorbiendo tan admirablemente el rocío, como el corazón maternal de la Virgen Santísima? ¿Verdad que no? Pues bien, delante de esta Virgen nos coloca la Sagrada Liturgia… trocando en oración el amor y el entusiasmo. La Liturgia ve y admira en el alma de la Virgen Bendita un templo lleno de humo de incienso… un altar en que ya están ardiendo las velas y anuncian que ha bajado el Señor…: lo demás nos lo confía a nosotros; nosotros mismos hemos de imaginarnos con profundo respeto y devoción la dicha de la Madre Bendita. No hay alma que haya pasado en vela una noche como esta de la Virgen Santísima. El Señor quiere estar a solas con Ella; por esto la conduce a la gruta, la aleja de Belén, de la ciudad, la coloca en medio de la soledad; acalla todo; solamente las estrellas del cielo siguen titilando sobre el lugar donde la Virgen dio a luz a su divino Hijo.

Las almas se unen en el amor; llegan a ser una alma sola lo que antes era uno en el seno materno se divide en dos, pero únicamente para que se unan con mayor vehemencia las dos lenguas del fuego. Dios ama a la Virgen Santísima como a Madre y la Virgen Santísima ama a Dios como a Hijo; el encanto y la dicha de este amor se derraman sobre la noche santa; es un grado inconcebible de la cercanía de Dios. Nunca ha sido tan dulce el cielo: hoy es pura miel.

¿Y el Niño? “Venid naciones y adoremos al Señor… a este Niño que se debe el tributo de la adoración, porque Él es el Dios con nosotros, el Emmanuel. ¡Este Niño es nuestro! Es nuestro hermano… y es ahora cuando empezamos a amar a Dios como a nuestro hermano… pero este Dios infinitamente grande solamente ha podido venir en esta humillación infinitamente profunda por objetivos infinitamente grandes.

Es lo que significa la noche y el hielo, que Él ha de disipar y romper. La noche de la incredulidad es un poder tremendo, y el hielo del invierno significa la muerte, el salvajismo desalmado, la decadencia. Abismos son estos; mas el Niño está jugueteando sobre los abismos introduce su manito en el agujero de la víbora y doma las fieras.

Los afectos de Jesús.

Adoración. Tenemos sentido para el infinito; hay muchas que saben penetrar en el abismo y levantarse a las alturas. Del Espíritu Santo dice San Pablo, que escudriña los abismos de la divinidad. El alma de Cristo es la que sigue más de cerca las huellas de este espíritu escudriñador. No hay Platón, ni Paulo, ni Estático alguno que pueda porfiar con Él. Profundos son el cielo y el océano, pero más profunda es el alma de Jesús.

Hay muchas almas contemplativas, muchos son los que quieren buscar en las profundidades divinas, pero no hay alma semejante a la de Cristo; todas las demás se quedan infinitamente a la zaga. Su corazón es el órgano de la adoración.

Contigo rezo, dulce Jesús mío, abismado en la oración; Tú me abres el camino y yo procuro seguir tus pasos. ¡Oh, Tú, alma de incienso; oh, tú, habitante de la serranía de la contemplación, tú “moras entre breñas y tienes tu habitación en peñascos escarpados y riscos inaccesibles”!

Amor. El amor corre parejo con la intimidad de la unión y con la unción de la interioridad. No hay alma que tenga tanta intimidad con Dios, que esté tan cerca de Él como el alma de Jesús. Es completamente suya. Así como Dios creó a Adán en medio del paraíso, así creó el alma de Jesús en medio de sí mismo. Por esto jubila el alma del Hijo de Dios. El despertar de su conciencia es amor y el flujo de sus afectos es gozo. ¡Oh, hermoso despertar del alma, oh, primavera espiritual de dicha eterna para Él no es fin porque su primer despertar ha sido conciencia plena de dicha; el amor no hubo de desarrollarse en Él, porque lo tuvo en su plenitud desde el principio! Dice, la teología que Cristo no mereció, no consiguió la gracia, desde el principio: lo tuvo todo.

Yo voy mereciendo la gracia; cada deseo, cada afecto, cada querer mío que concientemente se dirige a Dios, aumenta en mí la gracia. Seré fiel y fervoroso.

Propiciación. Sobre esta alma sublime se proyecta al mismo tiempo la sobra del más profundo dolor. Frente a los pecados del mundo se llena de asco y espanto; una vez se le vio claro en Getsemaní; quizá también otras muchas veces durante su oración nocturna y a manera de negra noche lo envolvió cuando estaba clavado al leño de la cruz.

También los santos supieron llorar; el pensamiento del pecado les quitaba el sueño; pero ¡cómo sabía llorar el alma de Jesús y como sabía aplacar! El peso y la maldición del mundo le oprimían; su misión era llevarlos; a Él sólo le ha cargado el Señor sobre las espaldas la iniquidad de todos nosotros; la cercanía de Dios le consumía como el fuego consume el pasto. Así andaba en medio de nosotros el “Cordero de Dios”, la víctima expiatoria… el balar de este Cordero oyese en la noche santa. Con Él aplacaré yo a Dios.

(Muchos de los textos están tomados de la Meditaciones sobre el Evangelio de Monseñor Ottokar Prohaszka, Obispo húngaro)