Cenáculo de María-La Plata
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Pía Unión Cenáculo de María
El Amor de Cristo nos ha unido en el Corazón de nuestra Madre

CAPÍTULO XI

 

PARA LA GLORIA DEDIOS

  Ese será el fin esencial de nuestra Consagración y de nuestra entrega, porque es el fin esencial de nuestra existencia, ya que para eso nos creó el Señor, para que fuésemos "la alabanza de su glo­ria" (Ef.1-14). Buscarla, no es sino buscar cumplir con eI fin para el cual hemos sido creados, y nuestra entrega "es"'" un acto de religión, profunda, por el cual el alma abismándose en su nada, rinde a Dios humilde homenaje de cuanto es y cuánto ha recibido. Como los términos de la Consagraciónlo ates­tiguan, este homenaje es total, porque nuestra dependencia es absoluta y nuestra ofrenda sin reserva. Del Corazón Purísimo de María, donde lo deposita­mos como en incensario vivo, sube hasta Dios en reconocimiento de su dominio soberano. Puede de­cirse que de todos nuestros sacrificios de orden in­terno y privado, es esta Consagración el más exce­lente que realiza en toda su plenitud la adoración en espíritu y en verdad, que es, en fin, eco fiel del "He aquí la Esclavadel Señor" (Lhoumeau).

 Qué es darle gloria.

  Darle gloria, será darle o devolverle nuestro ser todo entero para emplearlo únicamente en su servicio en el estado a que fuimos llamados, "dedicar a su conocimiento, su amor y a su servicio los recursos de vida que hay en mí, y por el empleo de mis facultades intelectivas, volitivas y activas, re­ferir a Él mi ser entero" (Tissot); es usar y hacer fructificar los talentos que Él depositó en nuestro cuerpo y en nuestra alma, para que con ellos le conociéramos, amáramos y sirviéramos y así en­tonces, todo en nosotros, por esa entrega real y efectiva cantará la alabanza de su gloria, en agra­decimiento a su bondad que nos hizo participar libremente de lo que otros seres en la creación, por falta de entendimiento están obligados a ha­cer por necesidad o por instinto. "Contemplad el universo que nos rodea: todas las criaturas dan gloria a Dios, cada cual a su manera; pero esa misión la cumplen únicamente en cuanto se conforman con las leyes que regulan su naturaleza.

  Los astros de los cielos alaban a Dios en silencio, en sus movimientos armoniosos a través de los espacios inconmensurables"; las aguas de los mares alaban a Dios "conteniéndose en los límites que Dios les ha señalado"; igualmente la tierra, "en cuanto a las leyes de su estabilidad"; los arbustos, dando sus flo­res y frutos según su especie, en las estaciones; los animales siguiendo el instinto que en ellos ha de­positado el Creador. Cada orden de seres tiene sus leyes especiales, que regulan su existencia y que ma­nifiestan el poder y la sabiduría de Dios, y consti­tuyen cada cual una manera de alabanza a su glo­ria. Por eso exclama el real Profeta: "jOh Señor!, cuan admirable es tu nombre en toda la redondez de la tierra". Por último, el hombre, a quien el Señor hizo Rey de la creación, tiene también leyes que determinan su naturaleza y actividad como criatura racional. El hombre, lo mismo que todas las criaturas, ha sido creado para glorificar a Dios; pero no dará gloria a Dios sino ejecutando actos conformes a su naturaleza, de modo, que responda así al ideal que Dios formó al crearle.
  Sólo de esta manera le dará gloria y le será agra­dable" (Columba-Marmión. Jesucristo, Vida del Alma).

 El porqué

  Y decimos que es en la Consagraciónhecha y vivida que damos a Dios, Uno y Trino, la perfecta gloria y alabanza, según lo acabamos de ver, por­que libremente, entregamos todo lo que constituye al hombre capaz de hacer actos conforme a su na­turaleza, y lo devolvemos, comprometiéndonos a usarlo únicamente en su servicio, puesto que le da­mos el cuerpo con sus sentidos "como una hostia viva, santa y agradable a sus ojos, que es el culto racional que debemos ofrecerle" (Rom.12,1).
 Y como a vista de nuestra debilidad y nuestra mi­seria nos sentimos incapaces por nosotros mismos de alcanzar el fin y el ideal de nuestra Consagra­ción, es que nos entregamos totalmente para poder lograrlo, y, en nuestra Madre, procuramos por la misma entrega esa gloria que de otro modo ren­diríamos tan imperfectamente.
  Le damos nuestra alma con sus facultades, por­que el precepto del Maestro nos manda: "amarás al Señor tu Dios con toda tu alma, con toda tu mente y con todo tu corazón" (Mc.12,30) y nos compro­metemos a hacer real y efectiva esta entrega vi­viendo una "Vida de Consagración" en el Corazón de nuestra Madre como veremos más adelante, que­riendo desarrollar para nosotros y para los demás, las riquezas que Dios nos dió, porque nuestros ta­lentos tienen también un sentido social, pues no nos los entregó sólo para nosotros, sino también pa­ra los demás como "Santa Catalina de Siena advier­te a menudo en El Diálogo, dice el Padre Garri­gou-Lagrange, que la Providencianos ha dado a cada uno cualidades muy diferentes para que nos ayudemos mutuamente y tengamos ocasión de prac­ticar la caridad fraterna", y a fin que en unión con todo el cuerpo místico contribuyésemos al creci­miento total del mismo y así procurásemos cumplir lo mejor que podemos con el "amarás a tu prójimo como a ti mismo y por amor a Dios" (Mc.12,31).
  
Todo será para su gloria

  Al haber dado "sin reserva a Jesús y María to­dos nuestros pensamientos, palabras, acciones y su­frimientos y todos los momentos de nuestra vida" sea que velemos, o durmamos, o bebamos, o coma­mos", o bien realicemos las más grandes acciones, o bien las más pequeñas, siempre podremos decir con verdad que lo que hacemos, aun cuando en ello no pensemos, es siempre de Jesús y de María, en virtud de nuestro ofrecimiento, a menos que lo hayamos expresamente retractado" (G de M).

 Su realidad

 Ciertamente podemos decir que esto es así, en razón de nuestra entrega total, ya que al hacerla y no retractarla, estamos en un estado habitual de entrega que orienta todo nuestro quehacer a la Gloriade Dios, en manos de nuestra Madre. Y así ininterrumpidamente se extiende esa gloria, se au­menta su conocimiento participando de las inten­ciones de nuestra Señora, renunciando a las nuestras y asegurándonos el modo de emplearlo todo para la verdadera gloria de Él, ya que ElIa no lo empleará sino según su santa voluntad y la nuestra no estará sino subordinada a las intenciones y de­seos suyos, que no son otros que los de Dios.

 Ofrecimiento

 "Todas las cosas son de El, y todas son por Él y todas existen en El. A El sea la gloria por siempre jamás.  Amén” (Rom 11,36)

 

CAPITULO XII

 

NUESTRAS INTENCIONES

  El que entienda bien este capítulo no sólo en­sanchará y dilatará su espíritu católico, que se abri­rá ampliamente a las necesidades espirituales del mundo para "llorar con los que lloran y reír con los que ríen", (Rom.12,15) sino que trastocará al que se en­trega a vivirlo en toda su magnitud, en un verda­dero apóstol de la oración que todo lo transforma en su unión con María en oro puro de impetración por las necesidades de la Iglesia y de las almas.
  Para ello hay que seguir el consejo del Santo: "Abandona tus propias intenciones y operaciones, aunque buenas y conocidas, para perderte, por de­cirIo así, en las de la Santísima Virgen, aunque te sean desconocidas; y, por tanto, participar de la sublimidad de sus intenciones" (G de M).
  Por eso no queremos tener sino las intenciones que tiene nuestra Madre en su corazón y cuando volcamos los deseos del nuestro en el suyo y las necesidades de los que amamos, salvo lo que nos manda la obediencia, o es justicia, no lo hacemos sino en cuanto sea para gloria de Dios o bien de las almas, renunciando desde ya a todo lo que no sea para tal cosa, como el hijo que usa de los bie­nes del padre con permiso de éste, subordinado siempre a los de nuestra Madre que no son otros que los de Dios, ya que así como nos unimos a Je­sús para dar valor sobrenatural a nuestras obras, así nos unimos a las intenciones de nuestra Madre, Mediadora Universal, para hacer el bien, que, "co­mo está toda transformada en Dios, por la gracia y la gloria que transforman en Él a todos los san­tos, ni pide, ni quiere, ni hace nada que sea con­trario a la eterna e inmutable voluntad de Dios" (G de M), para no querer sino el bien que Dios quiere y buscan en esto, como en todo, únicamente su glo­ria. De esta manera estaremos seguros de colaborar con los deseos íntimos de Ella de llegar a hacer el bien a todos sus hijos y así sabemos que todas nues­tras obras no son nuestras sino de Jesús, en el co­razón de nuestra Madre y que cuanto más obras y con recta intención hagamos, más Jesús podrá, por nosotros, pasar de nuevo por el mundo haciendo el bien y más contribuiremos a su reinado en las almas (Los deseos de María no pueden ser otros que los de Jesús y por eso hablamos de Jesús y de María en nuestro trabajo indistintamente, porque siendo un solo corazón y una sola alma, uno solo es el querer y obrar en favor de las almas).
 
 Su consecuencia
 
  Esta entrega y abandono en María de todas nues­tras intenciones trae como consecuencia hacer vi­vo y real en cada alma que la practica, la unión con sus hermanos por cuanto deja las intenciones y deseos propios para hacer suyos las de los demás.
  "El alma que sigue con fidelidad el camino que la Virgen le señala, penetra profundamente en el misterio de la Comunión de los Santos y participa muy de cerca, de los sentimientos más íntimos y elevados que tuvo la Madre de Dios al pie de la Cruz y después de la muerte de Nuestro Señor, el día de Pentecostés; y más tarde cuando oraba por la difusión del Evangelio, cuando conseguía en favor de los Apóstoles, tantas gracias de ilustración, amor y fortaleza, a fin de que les fuera dado lle­var el nombre de Jesús hasta los más apartados con­fines de la tierra. De esta forma practicó María la más excelsa manera de apostolado por la oración y por la inmolación, que fecunda, más de lo que nadie pudiera imaginar, el otro apostolado de la doctrina y la predicación. No echemos nunca en olvido que hoy, como ayer, la vida de la Iglesia, Cuerpo Místico de Jesús, vase desarrollando bajo la influencia de María Medianera, cuya acción es más universal y bienhechora desde que se fue a reinar en los cielos por los siglos sin fin" (Garrigou-Lagrange. Las Tres Edades).
  "Por tanto, hermanos, esforzaos más para ase­gurar vuestra vocación y elección por medio de las buenas obras, porque haciendo esto, no peca­réis jamás" (2P.1,10).
 
 Como deben ser nuestros deseos de hacer el bien.
 
  De ahí que nuestros deseos de hacer el bien de­ben ser inmensos como los de nuestra Madre, que abarcan el mundo entero, ya que todos son sus hijos. Y por tanto seremos católicos en su verda­dero y amplio sentido y habiendo renunciado a todas nuestras intenciones, las tendremos todas en su corazón. Pero como no hemos renunciado a nuestros deseos de hacer el bien, aunque hemos renunciado a nuestras intenciones particulares y a nuestros méritos para que nuestra Madre los apli­que donde haya más necesidad, también esos mis­mos deseos los pondremos en el corazón de Ella.
  Allí, en su corazón, haremos intención de que ca­da obra, cada latido del nuestro, si ello fuera po­sible, sea una jaculatoria en nombre de la Iglesia y por la misma Iglesia, por el Papa, por los Obis­pos, por los Sacerdotes, por las Misiones, Ordenes y Congregaciones religiosas, Instituciones y fieles", por todos los que tenemos obligación de rezar, por los que no quieren orar, por los que se han enco­mendado a nuestras oraciones o rezan por nosotros o les hemos prometido rezar y por todos aquellos que hemos consagrado al Corazón de nuestra Madre, como así también por todos los hombres herejes, infieles, cismáticos y malos cristianos, "por todos los que presiden y están colocados en alto puesto a fin de que tengamos una vida quieta y tranquila en toda piedad y honestidad" (1Tim.2,2), como así también por todas las intenciones del corazón de Cristo y las que nuestra caridad nos sugiera.
 
 Unión con los deseos del Padre Celestial
 
 Sabemos que por esta entrega nuestras obras no serán nuestras sino de Jesús, en el corazón de nues­tra Madre; "de aquí se sigue, que, cuanto más mul­tipliquemos nuestros actos virtuosos en número y perfección, más contribuiremos a la obra de su reinado.
  "Ante todo hay acciones obligatorias, cuales son el perfecto cumplimiento de nuestros propios deberes; cuanto más en ellos nos esmeramos, más y mejores monedas enviaremos al tesoro del Divino Corazón" (en el corazón de nuestra Madre) (P. Alcañiz. La Devoción al Corazón de Jesús), por cuanto "sois también vosotros a manera de piedras vivas edificados encima de Él, una casa es­piritual, un sacerdocio santo, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesu­cristo" (1P.2,4-6). De este modo colaboraremos con el de­seo del Padre Celestial que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad y así desde la salida del sol hasta su ocaso, nuestras obras y todos nuestros actos, de los cuales hemos hecho entrega, y nuestras vidas, como la del Maestro y la de la Iglesia, serán a un mismo tiempo un himno de glorificación al Padre que es­tá en los cielos, y una continua oración. Así oraremos siempre sin desfallecer y viviremos en la pre­sencia del Padre y esa continua entrega de todos nuestros actos será un golpear su corazón por todos los hombres y nuestras vidas, con algo de la "im­portunidad del amigo del Evangelio" (Lc.11-5,13) y "de la constancia de la vida" (Lc.18,1,8) y entonces todos nuestros actos y todo nuestro ser cantará con clarinada de victoria, en la inmolación obscura del deber cum­plido, en medio de un mundo corrompido, las glorias del Dios desconocido y se transformarán, por nuestra unión con Cristo, en una lluvia de gracias sobre la tierra.
 
 Razones de esta inmolación
 
 Para que nos animemos a esta inmolación obscu­ra y oculta en Dios, hemos de considerar que, sin nuestra colaboración, la Redención de Cristo se ha­ce estéril, no sólo para nuestras almas, sino tam­bién para otras almas que viven en el mundo junto a nosotros o lejos de nosotros, a quienes les puede ser aplicada por nuestro esfuerzo, conforme a la verdad dicha por S. Pablo y que debemos creer fir­memente y arraigar bien profundamente: "Cristo murió por todos para que los que viven no vivan ya para sí sino para Aquel que murió y resucitó por ellos" (2Cor.5-15).
  Esta verdad se debe avivar tanto más al contem­plar el inmenso número de almas que se apartan de las enseñanzas de Dios y de su Iglesia; que viven en una vida mediocre y que, contra el deseo de Dios, como decimos arriba, nunca llegan al cono­cimiento de la verdad para salvarse.
 
   Fruto que produce.
 
 Y el suavísimo fruto que entonces recogerá nues­tra alma será semejante al que Nuestro Señor pro­metía a un alma santa: "Oferta tan generosa te merecerá las más escogidas bendiciones de Dios, y te hará participar de la alegría de la corredención, porque así sacrificas todo lo que haces, todo lo que puedes y todo lo que eres a favor de estas pobres almas, las cuales, gracias a ti, obtendrán de mi co­razón amante, misericordia y perdón. Pero se re­quiere generosidad absoluta, generosidad en no li­mitar los sacrificios, aún los más costosos; quiero que tengas un santo escrúpulo en dejar alguno sin ofrecérmelo; cuanto mayor repugnancia sientas, más gracias especiales merecerá. Que te sea esta pro­mesa estímulo saludable, para que de ahora en adelante no tengas más dudas o vacilaciones ante la prueba; con un corazón generoso acéptala, so­pórtala, y por premio obtendrás aquello que de Mí esperas y anhelas" (Citado por P. Alcaiz en el libro arriba citado), nuestra semejanza con Él, digamos. Y la exaltación y alabanza de las per­fecciones divinas.
 
 Su fin.
 
 Ahora bien, es para colaborar dentro de la ca­pacidad de nuestras fuerzas y talentos, a que esta vida que Cristo vino a traer a la tierra circule en abundancia en nuestras almas y en las de nuestros hermanos, que debemos desear entregarnos y ser cada vez más santos y más semejantes al Maestro e instrumentos de las misericordias del Padre, en medio de los hombres, como lo fue Jesús con Ma­ría y José. Fin nobilísimo, semilla de redención.
 
 Pedido.
  
  "Facilitadme, Señor, por la vida litúrgica, esta piedad sublime y generosa que sin detrimento del combate espiritual, ofrezca a Dios abundantemen­te la alabanza: esta piedad caritativa, fraternal y católica, que abarca todas las almas y se interesa por todas las necesidades de la Iglesia" (Chautard. Alma de todo Apostolado).
 

CAPÍTULO XIII

 

¿Y JESUCRISTO?

   Quizás pueda ser esta la pregunta que más de uno se formule, al ir leyendo estas páginas, al ver que insistimos tanto en la entrega a nuestra Madre y en una donación a Ella, como si fuese la causa primera en nuestra vida espiritual y se empeque­ñeciera el Maestro al ponerla como "Nuestro Gran Medio".
   Lejos está esto de ser así (y que mal nos ha comprendido quien así se pregunta y se propone tal dilema), pues toda nuestra vida de consagración y todo lo que escribimos no es sino para hablar de Jesucristo. Aquí puedo decir con un autor: "He hablado poco de Vos, y sin embargo no he hablado sino para Vos; no he buscado aquí más que una sola cosa, el secreto profundo de imitaros para lle­gar a ser semejante a Vos", pues si nos damos a nuestra Madre, es para imitar a Jesús en su entrega a María, bajo San José; si tomamos "Nuestro Ca­mino", como ya veremos, no lo hacemos sino para dar los pasos que Él dió; si vivimos el Evangelio es para demostrarle nuestro amor, ya que el "que lo ama observa sus mandamientos" (Jn.14,15); en una pala­bra, todo está inspirado en Jesucristo, que es para nuestra alma, "como el aire que respiramos, como cada latido de nuestro corazón para poder vivir en gracia" .
   Además lo que somos y hacemos no es sino de Jesucristo; suya nuestra vida en María, suya la gracia de nuestra alma, suyas nuestras virtudes que luchamos por poner en nosotros, suyo nuestro ideal, suyo todo, porque nada tenemos que no hayamos recibido y ni un pensamiento bueno podemos tener sino en el Espíritu de Jesús y porque en definitiva "sin Él nada podemos” (Jn.15,5) y nuestra Madre nada puede darnos que no sea de Él, porque todo lo que Ella tiene es de Jesús o lo ha recibido para Jesús en su función de Madre.

 La unión con María nos lleva más a Jesús.

   La unión con María nos hace vivir la vida de Jesús y participar de sus mismos sentimientos. La devoción a la Virgen que no llevase a un mejor cumplimiento de los mandamientos y a un amor más fiel a Jesús, no sería verdadera sino sentimen­talismo, pues se quedaría con la poesía de esta de­voción y no con su esencia, la imitación de Jesu­cristo por medio de su cruz en todos los caminos.
   Por otra parte, y sobre todo cuando se ha lo­grado una unión habitual con María, no se en­cuentra ningún obstáculo para nuestra unión con Jesús, ya que "el que vive habitualmente bajo la dependencia de María, puede muy bien sin salir de ella, ni sustraerse a su mediación, hablar di­rectamente a Jesús, expansionarse con Él, ir a Él con toda libertad y espontaneidad, sin necesidad de pensar, actualmente, que va por María: pero cuando reflexione, dará gracias a esta buena Madre de haberle introducido en la intimidad del Salvador y presentado a su Divina Majestad, y se re­gocijará que Ella haya ofrecido sus oraciones y prevenido y corregido, sin duda, sus faltas y desa­ciertos" (Vida Mariana). Y esto mismo asegura el Santo cuando dice: "Persuadíos, pues, que cuanto más miréis a María en vuestras oraciones, contemplaciones, acciones y sufrimientos, sino de una manera clara y distinta, al menos general e imperceptible, más per­fectamente encontraréis a Jesucristo, que está siempre con María, grande y poderoso, activo e incom­prensible, y más que en el cielo y en cualquiera otra criatura del universo" (G de M).

 Confianza en esta entrega.

   La consecuencia es clara: María es un camino de luz para ir a Jesús como Él lo es para ir hacia el Padre. Es un depósito de verdad por ser la “Sede de la Sabiduría" encargada de enseñarla       y es una fuente de vida porque es madre, y como tal debe transmitirla. Sede de Sabiduría y Madre para coope­rar con Jesús en su misión de corredentora al pie de la Cruz, de colaboradora de esa misma redención, y de ella dispensadora a través de los siglos a todas las almas que el Padre le ha entregado, como hijas. 
  "Cualquiera, pues, que quiera sin temor de ilusión, la cual es muy ordinaria entre personas de oración, avanzar en las vías de su perfección y en­contrar segura y perfectamente a Jesucristo, abrace con todo corazón, esta devoción a la Santísima Vir­gen, que tal vez no haya conocido todavía; entre en este camino excelente que le era desconocido y que yo ahora le muestro. Este camino ha sido abierto por Jesucristo, la Sabiduría Encarnada, nuestra úni­ca cabeza y nosotros sus miembros, pasando por él no nos perderemos.
  Es un camino fácil por la plenitud de la gracia y de la unión del Espíritu Santo que le llena; por tanto nadie se cansa ni retrocede jamás marchando por él. Es un camino corto, que, en poco tiempo nos lleva a Jesucristo. Es un camino perfecto, sin lodo, sin polvo, sin la menor inmundicia del pecado. Es, finalmente, un camino seguro, que nos conduce a Jesucristo y a la vida eterna de una manera recta y segura, sin desviamos a derecha ni izquierda. En­tremos, pues, en este camino y vayamos por él de noche y de día, hasta que lleguemos a la plenitud de la edad de Jesucristo" (G de M).

Fortifica nuestras devociones.

  La devoción a María no viene a competir con el amor a Jesucristo. Junto con Ella encontramos una ayuda inapreciable para amarlo más, comprender­lo mejor y servirlo fielmente. Por el amor a nues­tra Madre, por esa devoción filial, desarrollaremos mejor nuestras devociones particulares y nuestras fiestas, como son la de la Trinidad, el Espíri­tu Santo, los Sagrados Corazones de Jesús y de María, etc., como veremos en el capítulo corres­pondiente. En nuestra entrega encontrarán fuerza y libertad y verdadero sentido, pues además de brotar de una inclinación de nuestras almas y de la mo­ción divina, beberán en el amor de María y de Jesús toda su expansión y su razón de ser porque su fun­damento será la verdad esclarecida más aún por nuestra entrega. Las devociones, "son un criterio de piedad católica, no solamente en el vulgo sino tam­bién en los más cultos, en los sacerdotes. Una pie­dad sin devociones sería como una Iglesia sin imágenes y sin altares: no sería católica. Despreciar las devociones o estimarlas en poco teórica o prácticamente sería un defecto en sentido eclesiástico, una señal de soberbia espiritual, indicio de herejía. Siempre han sido impugnadas por los herejes" (Hertling. S. l. Teología Ascética, pág. 186). Tengamos las nuestras, serias, católicas, verdade­ras, sencillas y profundas.

 Pedido.

   Jesús: que en mi amor a María os encuentre como Juan Bautista, como los pastores, como los Reyes, como todos los que a través de Ella te encontraron, y te amaron, te siguieron y se trans­formaron en Vos por la imitación.