CAPÍTULO V
LA PALABRA DE
LA IGLESIA
Somos cristianos, formamos parte de
la Iglesia, estamos en la verdad. Todos hemos conocido a Cristo por
ella, ya que a todos nos acunó en su seno desde nuestra infancia. Ella,
por su Jerarquía, es la depositaria de su doctrina, la continuadora de
su misión y la que guarda fielmente la tradición recibida, así como
dispensa los sacramentos, fuentes de la gracia. Por eso nuestro primer
paso se dirigirá a saber qué es lo que nos dice
la Iglesiarespecto a nuestro fin en la tierra. Y luego, apoyándonos
en Ella y a través del Evangelio, que aquella nos da como revelado,
comprender las enseñanzas del Maestro y los medios que nos ha dado El
para llegar a realizarlo, a fin de que nuestra posición sea católica,
teológica y de hijos de
la Iglesia, que nacidos en su seno, quieren vivir de su espíritu y
alimentarse de su verdad. Y entonces, centrada bien nuestra posición,
emprender sin desmayo el camino de nuestra santificación con la seguridad
de quién sabe hacia dónde va, por dónde y qué es lo que quiere. Quien
emprende así su camino, a pesar de las dificultades, puesta su
confianza únicamente en Dios por Cristo, sabe que logrará su fin que
no es otro que: "el grado de gracia y de gloria que Dios ha querido
para él desde toda la eternidad y su transformación en Jesucristo".
Y como es por el bautismo que estamos en
la Iglesiapara vivir de su vida y alimentamos de su verdad, veamos
lo que éste nos dió, y meditemos en los compromisos que contrajimos y
los bienes que nos promete, ya que debemos conocer los bienes que
poseemos, las deudas que debemos y las ganancias que esperamos
realizar, para que por estos conocimientos cumplamos a conciencia,
nuestro deber de hijos de Dios y de
la Iglesia.
1º) Fuimos sellados e incorporados.
El día
de nuestro bautismo, al derramar el sacerdote el agua sobre nuestra
cabeza, fuimos sellados con el carácter de cristianos que nos
distinguiría en adelante de los que no lo son, y así con justicia
podemos decir como aquél Santo: "mi nombre es el de cristiano, y mi
apellido es de católico, aquél me da el ser, éste me lo propaga. Con
aquél se me reconoce con éste se me señala" (San Paciano a Sempronio).
Al mismo tiempo, hemos sido
incorporados a Cristo como Cabeza del Cuerpo Místico para configuramos
con su misión e identificamos con El, de modo que entramos a formar
parte de su triple misión: de Sacerdote, de Rey y de Profeta. De
Sacerdote, ya que por nuestra unión con El nos capacita para ofrecer
sacrificios; de Rey, por cuanto formamos parte de su nobleza, pues nos
hace de su mismo linaje por la incorporación; de Profeta, para
difundir su doctrina, haciéndonos apóstoles de su verdad. "Vosotros,
al contrario, sois el linaje escogido, una clase de sacerdotes reyes,
gente santa, pueblo de conquista, para multiplicar las grandezas de
Aquel que os sacó de las tinieblas a su luz admirable, vosotros que
antes no erais pueblo, sois ahora el pueblo de Dios, que no habías
alcanzado misericordia, ahora la alcanzasteis" (1P.2,9-10). "El
cristiano pertenece, pues, a una nueva y celestial raza de hombres, una
estirpe divina, un "divinum genus", es un hombre divinizado, hijo de
Dios Padre, incorporado con el Verbo hecho hombre, animado del mismo
Espíritu Santo, y cuya vida y conversación debe ser toda Celestial y
divina" (Arintero.
La Evolución Mistica.Pág 28). "Conoce, ¡Oh Cristiano!, tu dignidad y hecho
consorte de la divina naturaleza, no quieras caer en el envilecimiento
anterior ni volver a degenerar de tu conversión. Acuérdate de qué
cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Acuérdate de que librado de la
potestad de las tinieblas has sido trasladado a la luz y al reino de
Dios" (San León Papa, Sermón de Navidad.). Y
como no podíamos ser solamente incorporados a la cabeza, sin estarlo al
cuerpo, por eso mismo entramos a formar parte de
la Iglesia para gozar de todos los beneficios que tal
incorporación concede con respecto a su sacerdocio y su culto, sus
leyes y sus tesoros espirituales, sus sacramentos, sacramentales, e
indulgencias y participar de la "Comunión de los Santos" para poder
comunicar a los demás nuestros méritos y oraciones y recibirlos
también de ellos.
2º) Nuestra adopción como hijos.
Pero la
adopción como hijos de Dios, a la que hemos sido llamados "antes de la
creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancilla en su
presencia por la caridad... por Jesucristo a gloria suya, por un puro
efecto de su buena voluntad, a fin de que brille la gloria de su gracia
mediante la cual nos hizo gratos en su querido Hijo" (Ef.1,3,6) no se
hizo sino por la gracia santificante que, por el mismo bautismo, cual
precioso tesoro, derramó en nuestras almas, juntamente con las virtudes
y dones del Espíritu Santo para que con ellos fuésemos fecundos
sobrenaturalmente y alcanzásemos cada uno la edad según Cristo a
semejanza con El, haciéndonos acreedores a la herencia eterna "ya que
siendo hijos, somos también herederos: herederos de Dios y coherederos
con Cristo; con tal, no obstante, de que padezcamos con El a fin de
que seamos con El glorificados" (Rom.8,17) en testimonio de lo cual
"envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama:
Abba, Padre" (Rom.8,15) y "que habita en nosotros" (1Cor.6,19), a lo
cual añadió el hacernos hijos de María y los dones del orden natural
para que pudiésemos obtener nuestro fin sobrenatural.
"El Bautismo es el gran
sacramento de la piedad de Dios para con nosotros, porque es el
sacramento de la adopción divina y de la iniciación cristiana. Todos
los sacramentos son argumentos de la profunda piedad de Dios para con
el hombre: son la obra misericordiosa del divino Jesús, que viene de la
celestial Jerusalén para curamos las heridas y devolvernos, espléndido,
la vida que el gran malhechor de la humanidad, homicida ab initio,
trató de arrebatamos. Pero el Bautismo es el primer abrazo paternal que
Dios nos da. Al "renacer del agua y del Espíritu Santo" (Jn.3,5), somos
hechos hijos de Dios: Ex Deo nati (2Cor.5,17). Somos la "nueva
criatura", de que nos habla el Apóstol (Jn.3,1), a la que Dios da el
nombre de hijo suyo, porque en realidad lo es" (María, Madre y Señora,
Cardenal Goma, pág. 136-37).
3º) Nuestro organismo sobrenatural.
Y para que
todo este plan suyo, sobre nosotros se cumpla, nos dió un organismo
sobrenatural, y así como en la vida natural por medio del alma, nos
infundió la vida que nos hizo capaces de hacer actos humanos y
concientes como los demás hombres, así en el orden sobrenatural nos
infundió la gracia que nos hizo capaces de hacer actos "deiformes",
meritorios de la vida eterna. Como nos dió una razón en el orden
natural para guiarnos, nos dió la fe en el sobrenatural para que fuese
luz encendida en el camino oscuro hacia Dios, en medio del mundo y de
las dificultades de nuestro propio interior; como nos dió la voluntad
que a fuerza de hacer actos, nos hace alcanzar lo que nos proponemos
en nuestra vida, nos dió la esperanza para que apoyados en ella
siguiésemos nuestro camino hacia
la Patria Celestialen medio de todas las dificultades; como nos dió la
inclinación a la sociabilidad en el orden natural, nos dió la caridad
en el sobrenatural, para que elevando aquella, fuésemos capaces de
amarnos como hermanos en Cristo e hijos de un mismo Padre que está en
los cielos. Esta vida exige fortaleza para luchar en ella y por eso nos
dió la virtud de la fortaleza y prudencia para obrar según el ejemplo
de las Vírgenes prudentes (Mt.25); templanza para vivir en medio de
la abundancia y placeres del mundo y no dejarse ilusionar; nos infundió
también la justicia, para que demos a cada uno lo suyo. Y para más
perfeccionar este conjunto de realidades puestas como semillas en
nuestra alma y que "nosotros debemos hacer fructificar, nos da los
dones del Espíritu Santo, para que ayudados de ellos el alma obre con
más facilidad; y para mantenerla viva, despierta, dispuesta a seguir
adelante en su marcha hacia la santidad, como aguijón que la punce, le
dió la gracia actual, que previniendo sus actos, le da facilidad para
realizarlos y la acompañe hasta su feliz término.
4º) El tesoro escondido.
A todo este
conjunto que Dios nos ha confiado (la incorporación, la adopción, la
gracia, el organismo sobrenatural), le llamamos "tesoro", porque es el
capital que Dios nos entregó para que por medio de él, obtuviésemos el
gran bien, el gran tesoro, que es para nosotros la vida eterna.
Y decimos escondido, porque no
hemos reparado en él o si lo hemos hecho, ha sido, no como debiéramos,
porque en nuestra vida han pasado desapercibidos o casi sin aprovechar
estos bienes que están depositados en nuestra alma, que representamos
por monedas y que llamamos "talentos", según el Señor nos enseñó, sin
haberles hecho dar el fruto que debiéramos, de acuerdo a la esperanza
que Dios Nuestro Señor puso en cada uno de nosotros. El, al sembrarlos
en ella, quizo fueran como el grano de mostaza, que siendo pequeño, sin
embargo se transforma en un árbol, para que nosotros, a ese germen
depositado por Él en nuestra alma, lo hagamos crecer de modo que vengan
a habitar en él las aves del cielo, es decir, todas las gracias y
virtudes y dones que el Señor quiere ir dándonos a lo largo de nuestra
existencia, en nuestro crecimiento, si es que somos fieles a su
llamado, y llegar así a producir el árbol gigantesco de la santidad.
"Si tantos cristianos que
procuran vivir en gracia no se dan cuenta de su propia dignidad y de
esa gloriosa herencia de los siervos de Dios, es porque viven muy
tibiamente" y no estudian de continuo en el libro de la vida, que es
Jesucristo nuestro Salvador, modelo y verdadera luz de los hombres
(Cfr. Is.54,17; 55,1-6). Si lo estudiaran y lo imitaran, a buen seguro
que, a través de su Santa Humanidad, irían descubriendo los inefables
misterios de
la Divinidady de toda
la Trinidad(Jn.14,9-21); llegarían a saber los tesoros de ciencia y
de amor que en El están encerrados, y vendrían a quedar llenos de la
misma plenitud de Dios" (Col.2,2-3), (Arintero,
La EvoluciónMística.Pág.53).
5º) Nuestras promesas del Bautismo.
Para
obligarnos, al entregarnos su gracia y al venir a habitar dentro de
nosotros con todos sus bienes, Dios nos pidió un voto, un contrato al
darnos su adopción: fueron las promesas del Bautismo.
Por ellas renunciamos a Satanás,
a sus pompas y a sus obras y dijimos entregarnos a Jesucristo por
siempre jamás. En nosotros se derramó toda la gracia de
la Redención, fuimos hechos una nueva criatura, pero... y aquí viene
la historia de nuestra infideIidad, los votos no fueron cumplidos,
perdimos la gracia, muchas veces quizás, y la nueva criatura hecha a
semejanza de Cristo perdió su fisonomía espiritual.
"Los hombres, dice Santo Tomás,
hacen voto en el Bautismo de renunciar al diablo y a sus pompas. Y
este voto, dice San Agustín, es el más grande y el más indispensable.
Lo cual confirman los canonistas diciendo: "el principal voto es el
que hacemos en el Bautismo". Sin embargo, ¿quién es el que guarda este
gran voto? ¿Quién es el que cumple fielmente las promesas del Santo
Bautismo? ¿Acaso no violan casi todos los cristianos la fidelidad que
en el Bautismo prometieron a Jesucristo? ¿De dónde puede originarse
este desarreglo tan universal, sino es del olvido en que se vive de las
promesas y obligaciones del Santo Bautismo, y de que casi nadie
ratifica por sí mismo el contrato de alianza que ha hecho con Dios, por
medio de su padrino y su madrina. . .? El Catecismo del Concilio de
Trento, fiel intérprete de las intenciones de este Santo Concilio,
exhorta a los párrocos a que hagan lo mismo e inculquen a sus pueblos
que se acuerden y crean que están ligados y consagrados a Jesucristo
como esclavos a su Redentor y Señor" (Grignion de Montfort.
La Verdadera Devoción).
Como usamos este tesoro.
Realmente es
el caso de preguntarnos qué hemos hecho de las promesas de nuestro
Bautismo, de nuestro cristianismo sin fruto en una vida medio creyente.
¿Acaso el Bautismo ha sido en nuestra vida sólo un acontecimiento
social para que pudiésemos llevar el nombre de cristianos?, ¿y la
gracia que Dios Nuestro Señor nos dió en él y las virtudes y los dones
que trajo el Espíritu Santo con su presencia, a nuestra alma, son
semillas incapaces de ser fecundas y dar fruto? ¿Por ventura el plan de
Dios sobre cada uno de nosotros es una cosa hermosa para ser oída o
leída y no practicada?, ¿y nuestra vida en el mundo un constante
equilibrio entre nuestras creencias y las conveniencias sociales,
haciendo prevalecer éstas sobre aquéllas, cuando las circunstancias lo
exigen, pretendiendo servir a dos señores contra la indicación expresa
de Cristo? Por ello, sucede en nuestros ambientes, que no habiendo
generosidad, muchas almas "queriendo pasar por espirituales no se
entregan a Dios más que a medias, buscándose a sí mismas y huyendo de
lo que pueda ser penoso en el servicio divino; ésas en todo encontrarán
el peso de sus propias miserias. Volviendo así la vista atrás, después
de poner la mano en el arado, se incapacitan para entrar desde este
mundo en el reino de los cielos o llevan una vida semi-mundana, o por
huir de la aridez de la oración se dedican sólo a obras exteriores y
viven con mucha tibieza, sin recogerse apenas a purificar sus
corazones, ni merecer por lo mismo entrar nunca en las íntimas
comunicaciones divinas; o dominadas del amor propio, constituyen esos
falsos devotos que, por desgracia, tanto abundan para descrédito de la
virtud, y que sólo sirven para martirio de las almas piadosas a
quienes constantemente persiguen con sus envidias y sus críticas,
dándose tono de maestros consumados, cuando nunca fueron siquiera
buenos discípulos" (Arintero. "
La Evolución Mística". Pág. 343).
Una cosa es
cierta: si al mundo le falta o ha perdido el espíritu cristiano es
porque todos hemos dejado de darle un poco de lo nuestro y hemos
tomado y recibido mucho de él, que nos ha ido apartando de la
sencillez e intransigencia del Evangelio procediendo como el siervo que
luego de recibir un talento, lo escondió y esperó la vuelta de su Señor
para devolverlo intacto sin haberle hecho producir interés. Realmente
parecería que la incorporación a
la Iglesiaha sido sólo para aprovechamos de Ella en cuanto es
necesario para algunos aspectos sociales de nuestra vida. Cuánto
podríamos discurrir sobre todos los dones que hemos recibido de Dios y
el mal uso que hemos hecho de ellos. … "La gran mayoría de los
cristianos no saben nada de lo que gustoso llamaría, la esencia de la
vida cristiana. No ven de esta vida sino las exterioridades, las
realidades tangibles y materiales; pero al alma le quedan veladas las
íntimas y misteriosas sublimidades. La adopción divina, recibida en el
Bautismo por la gracia santificante, la participación misteriosa de la
naturaleza divina, la incorporación a Cristo, el sacerdocio místico de
todos los cristianos, y sobre todo, la presencia real de Dios en el
alma, son otros tantos títulos de los cuales deberían enorgullecerse y
de los cuales no tienen ni siquiera conciencia. Llevan consigo a Dios
y no lo sospechan. Todo este conjunto de doctrina eminentemente
paulina, es para ellos totalmente desconocida" (P. Jaegher, S.J. "
La Vidade Identificación con Cristo Jesús", pág.15-16).
Su importancia para los que son apóstoles.
Pero si derivamos la cuestión a otro orden de cosas, no ya considerándonos simples cristianos sino colaboradores de
la Iglesia, sea como socios de A. C. o de una obra de
apostolado externo, aunque en ellas encontremos los medios exteriores
de realizar el apostolado, debemos confesar que eso no bastaría porque
correríamos el peligro de que nuestra acción sea puramente material o quizás
peor, de búsqueda de nosotros mismos. Para una obra apostólicamente
eficaz será necesario disponer de los medios interiores, de la fuerza
vivifican te sobrenatural que hará fecundo ese obrar y al acomodar
nuestra vida con la doctrina que decimos sustentar habremos encontrado
la mejor manera de realizar el bien. Es decir, hacer que estas verdades
que venimos comentando sean vida de nuestra alma e informen nuestra
actividad exterior.
El problema y su solución.
Indudablemente estamos abocados a un problema
en nuestra vida de cristianos, problema que nos coloca frente a
nosotros mismos y al mundo paganizado, y que a cada uno se nos plantea
con más o menos intensidad. Y la única solución es la de conciliar
nuestra vida con nuestra doctrina, viviéndola, porque "Cristo vino a
traer fuego a la tierra y no quiere sino que arda" (Lc.12,49.) y ha
dicho que "los que no recogen con El desparraman" (Lc.11,23). Es
necesario que para que así sea, conciliemos nuestra vida con la suya y
le demos una solución definitiva, que para nosotros no es otra que
vivir el "Tesoro Escondido" de que venimos hablando y que queremos
hacer nuestro, porque los que hemos resucitado con Cristo por el Santo
Bautismo, “debemos buscar las cosas que son de arriba y no las de la
tierra porque vosotros estáis muertos y vuestra vida está escondida
con Cristo en Dios" (Col.3,3).
Consecuencia.
"Con que
confianza nos acercaremos nosotros al palacio de Dios sino hubiésemos
guardado nuestro Bautismo puro y sin mancilla? o ¿quién será nuestro
abogado, si nos hallamos desapercibidos de obras santas y justas?" (San
Clemente. II Cor).
CAPÍTULO VI
LA PALABRA DEL
MAESTRO
Hasta el presente hemos desarrollado lo que nos enseña
la Iglesia, respecto a nuestro fin sobrenatural, pero para vivir
esas enseñanzas y hacerlas fructificar nos ha dado Jesús sus
fundamentos, nos ha indicado el camino, el modo para entrar en él, los
medios que necesitamos para recorrerlo y la manera para andar por el
mismo.
Cómo entrar en él.
Su llamado se dirige a todos los
hombres sin excepción, su invitación alcanza a todas las razas, sus
deseos se extienden a todas las latitudes. Por eso envía a sus
apóstoles a enseñar por todo el mundo: "Id,
bautizad a todas las gentes" (Mt.28,19.), para que todos le sigan,
entren y se haga un solo rebaño y un solo Pastor (Jn.10,16.), una vid
con sus sarmientos, un cuerpo con su cabeza, que es El, un edificio con
su piedra fundamental, que es El mismo para "formar un templo santo en
el Señor" (Ef.2,19-20), de tal manera que "el que cayere sobre esta
piedra se hará añicos; y aquel sobre quién ella cayere, lo hará polvo"
(Mt.21,44)."El que creyere y se bautizare ese
será salvo" (Mc.16,16). El que creyere... pero... ¿en qué se debe
creer? En su misión divina, en sus enseñanzas, en sus obras. Y todo ello está en el Evangelio. Y si se bautizare. . . ¿para qué? Para ser incorporado a su misma vida y por ella a la vida de
la Santísima Trinidad. De
manera que el bautizado está llamado, a vivir la misma vida de Jesús,
como la vid vive de la savia y el cuerpo renueva su energía a través
del torrente sanguíneo que le da el corazón y el aire puro que le
suministran los pulmones. Como vemos, todo lo
encontramos en el Evangelio, por eso lo seguiremos paso a paso para no
perdemos y seguir fielmente las enseñanzas de Jesús.
Cómo seguirle.
"Si alguno quiere ser mi discípulo, nos dice, tome su cruz y sígame" (Lc.9,23). Así debe comenzar a andar el camino hacia
la Patriael que quiera seguir al Maestro. Sígueme, dice. ¿Por
dónde? "El camino es estrecho y la puerta angosta" (Mt.7,14), y en
este camino no el que diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los
Cielos sino el que haga la voluntad de su Padre" (Mt.7-21).Entonces el
que siga estos consejos será semejante al hombre que edificó sobre una
roca y vendrán las tormentas y vendrán las olas a golpearle y nada
podrán porque el fundamento es sólido y el edificio granítico
(Mt.7-25). En esta lucha y en este camino
debemos estar siempre vigilantes. "Vigilad y orad porque no sabéis ni
el día ni la hora. Si el dueño de la casa supiese a que hora le habría
de asaltar el ladrón, estaría seguramente en vela" (Mt.24,44). Y
andando por este camino, en el cual debemos llevar la cruz, lleno de
contratiempos y dificultades "ya que los que quieren vivir
piadosamente en Jesucristo han de sufrir la persecución" (2Tim.3,12),
debemos ir animados de inmensa confianza, "no estando inquietos por el
día de mañana, porque cada día tiene suficiente afán" (Mt.6,34), y
asentando esa misma confianza en
la Providenciacelestial "debemos mirar las aves del cielo que no
siembran ni tienen granero y a los lirios del campo cuyo vestido no lo
tuvo Salomón en todo el esplendor de su reinado" (Mt.6,26-29).
Confianza en
la Providencia, pues tenemos un Padre Celestial, de quien todos somos
sus hijos, que está solícito por todo lo nuestro y no ha de negamos
nada que sea para nuestro bien, a ejemplo de los padres de la tierra
que "no dan una piedra al hijo que les pide pan y no le dan una culebra
si les pide un pez" (Mt.7,10). Por ello debemos proceder en todo con
espíritu de hijos, ya que nos dio su Espíritu que clama dentro de
nosotros: "Abba, Padre" y si somos hijos, no somos ya siervos"
(Gal.4,7).
Medios que debemos usar.
Para estar fuertes y poder resistir a todos
los halagos de los placeres que se encuentran a la vera del camino,
debemos comer su Cuerpo y beber su Sangre, para tener entonces, en
virtud de ese alimento su vida. Cristo mora en nosotros y nosotros en
El. Y para que podamos desempeñamos, como instrumentos de trabajo y
compañeros de viaje, nos da los propios y personales talentos, que
debemos emplearlos todos únicamente para su gloria en el Señor, porque
"no es probado aquel que se recomienda a sí mismo sino aquel a quién
Dios recomienda" (2Cor.10,17-18) y porque no tenemos nada que no
hayamos recibido y todo cuanto hagamos, "sea que comamos, sea que
bebamos, lo hagamos todo para gloria de Dios" a fin de que los hombres
viendo esas obras alaben al Padre que está en los cielos" y podamos
decirnos ante sus alabanzas: "siervos inútiles somos, lo que debimos
hacer hicimos" (Lc.17,10).
Y no sólo
nos da su palabra iluminadora por medio de los Santos Evangelios, sino
que también, para guardarnos en la verdad, nos da su Iglesia, y por
medio de su Jerarquía, a la que confía esta misión, la manda que enseñe
a todos los hombres "bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo" (Mt.28,19) y de tal modo identifica la misión de
aquella con la suya que afirma categóricamente: "quien la oye, a Mí me
escucha y quien la desprecia a Mí me desprecia" (Lc.10-16).
El amor que nos Pide.
Jesús como
si fuese celoso de su amor, y deseoso de su gloria llega a decir: "Si
alguno ama a su padre, o a su madre o a su hermano más que a Mí no
merece ser mi discípulo" (Mt.10,37) y profundizando aún más, en ese
principio, lleva su amor hasta contra nosotros mismos y nos dirá "si tu
ojo es para ti ocasión de escándalo, arráncalo y arrójalo lejos de ti"
(Mt.5,29) porque no hay nada superior a la conquista de la salvación
del alma que podamos anhelar, pues: "que le aprovecha al hombre ganar
todo el mundo si pierde su alma" (Mc.8,36).
Así comprendemos porqué San Pablo
escribía: "Todo lo tengo por estiércol para ganar a Cristo" (Fp.3,9).
Tanto quiere Jesús que nos preocupemos de Él, que debemos reconocer su
rostro en todos nuestros hermanos, a fin de que cualquier cosa que
hagamos por el bien de ellos, a Él mismo se la hacemos. "En verdad os
digo, siempre que lo hicísteis con uno de éstos, mis más pequeños
hermanos, conmigo lo hicísteis" (Mt.25,40). Y si para ser su
discípulo, como arriba explicamos, hay que tomar la cruz, la señal
verdadera de que realmente lo somos, será el amor que nos tengamos los
unos a los otros. "En esto se conocerá que sois mis discípulos, en que
os amáis los unos a los otros" (Jn.13,35) y "en esto hemos conocido la
caridad de Dios, en que dió su vida por nosotros: y así nosotros
debemos dar la vida por nuestros hermanos" (1Jn.3,16).
La vida que debe llevar
Su discípulo
debe vivir en medio del mundo como si no fuera del mundo, gimiendo y
llorando, mortificado y teniendo crucificada con Él su carne y malas
inclinaciones, mientras los demás gozan de él, procurando estar
desprendido de tal manera de todas las cosas "que el que llora debe
vivir como si no llorase y el que ríe como si no riese, porque la
comedia de este mundo pasa" (1Cor.7,30), "sintiéndose bienaventurado si
llora, si tiene hambre y sed de justicia, y es pobre de espíritu"...
(Mt.5), no avergonzándose de Él ni de su doctrina, "porque al que se
avergonzare de Él, no le reconocerá delante del Padre Celestial"
(Mt.20,33).
Sinceridad y generosidad del Maestro
¡Ah! el
Maestro no nos ha engañado con respecto al programa que quiere en
nuestra vida, a primera vista superior a nuestras fuerzas. Nos ha
indicado el camino, nos ha señalado perfectamente cuáles son las
condiciones que quiere ver en aquellos que se deciden a ser sus
discípulos y quieren imitarlo. Él no nos ha prometido regalamos el
Paraíso: "El Reino de los cielos padece violencia y es de aquéllos que
lo arrebatan a viva fuerza" (Mt.11,12), y no de los que digan: "Señor,
Señor, sino de los que hicieren la voluntad del Padre" (Mt.7,2). ¡Oh
generosidad de Jesucristo, el más bueno de los hijos de los hombres! Te
damos gracias por tu sinceridad, por tu verdad, por tu amor. Te damos
gracias, porque a todos los pequeños de la tierra has querido
enseñarles Tu camino y abrirle Tu corazón para que siguiéndote te
encuentren y golpeando les abras. Tenemos tentación de decirte:
"Jesús, eres bueno hasta: lo indecible" (Hornaer).
|