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Pía Unión Cenáculo de María
El Amor de Cristo nos ha unido en el Corazón de nuestra Madre

ORACIONES

 ¡ Danos, Señor, santas vocaciones sacerdotales, religiosas y de almas consagradas. Señor: aumenta nuestro número!.
 
POR LAS VOCACIONES DEL INSTITUTO
SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS
1º de Octubre

 
RECEMOS  TODOS LOS   DIAS LA 
  
 
           
 
 



                                     PARA VOS,...QUE QUERÉS SABER QUÉ ES EL
"CENÁCULO DE MARÍA"


Inicio      El Tesoro Escondido I

CAPÍTULO V

 LA PALABRA DE LA IGLESIA

 
  Somos cristianos, formamos parte de la Iglesia, estamos en la verdad. Todos hemos conocido a Cristo por ella, ya que a todos nos acunó en su seno desde nuestra infancia. Ella, por su Jerarquía, es la depositaria de su doctrina, la continuadora de su misión y la que guarda fielmente la tradición recibida, así como dispensa los sacramentos, fuentes de la gracia. Por eso nuestro primer paso se dirigirá a saber qué es lo que nos dice la Iglesiarespecto a nuestro fin en la tierra. Y luego, apo­yándonos en Ella y a través del Evangelio, que aquella nos da como revelado, comprender las en­señanzas del Maestro y los medios que nos ha dado El para llegar a realizarlo, a fin de que nuestra posición sea católica, teológica y de hijos de la Iglesia, que nacidos en su seno, quieren vivir de su espíritu y alimentarse de su verdad. Y entonces, centrada bien nuestra posición, emprender sin des­mayo el camino de nuestra santificación con la seguridad de quién sabe hacia dónde va, por dónde y qué es lo que quiere. Quien emprende así su camino, a pesar de las dificultades, puesta su con­fianza únicamente en Dios por Cristo, sabe que lo­grará su fin que no es otro que: "el grado de gra­cia y de gloria que Dios ha querido para él desde toda la eternidad y su transformación en Jesucris­to". 
  Y como es por el bautismo que estamos en la Iglesiapara vivir de su vida y alimentamos de su verdad, veamos lo que éste nos dió, y meditemos en los compromisos que contrajimos y los bienes que nos promete, ya que debemos conocer los bie­nes que poseemos, las deudas que debemos y las ganancias que esperamos realizar, para que por es­tos conocimientos cumplamos a conciencia, nues­tro deber de hijos de Dios y de la Iglesia.

 1º) Fuimos sellados e incorporados.

  El día de nuestro bautismo, al derramar el sa­cerdote el agua sobre nuestra cabeza, fuimos se­llados con el carácter de cristianos que nos distin­guiría en adelante de los que no lo son, y así con justicia podemos decir como aquél Santo: "mi nombre es el de cristiano, y mi apellido es de cató­lico, aquél me da el ser, éste me lo propaga. Con aquél se me reconoce con éste se me señala" (San Paciano a Sempronio).
  Al mismo tiempo, hemos sido incorporados a Cristo como Cabeza del Cuerpo Místico para con­figuramos con su misión e identificamos con El, de modo que entramos a formar parte de su tri­ple misión: de Sacerdote, de Rey y de Profeta. De Sacerdote, ya que por nuestra unión con El nos capacita para ofrecer sacrificios; de Rey, por cuan­to formamos parte de su nobleza, pues nos hace de su mismo linaje por la incorporación; de Pro­feta, para difundir su doctrina, haciéndonos após­toles de su verdad. "Vosotros, al contrario, sois el linaje escogido, una clase de sacerdotes reyes, gente santa, pueblo de conquista, para multipli­car las grandezas de Aquel que os sacó de las tinieblas a su luz admirable, vosotros que antes no erais pueblo, sois ahora el pueblo de Dios, que no habías alcanzado misericordia, ahora la alcanzasteis" (1P.2,9-10). "El cristiano pertenece, pues, a una nueva y celestial raza de hombres, una estirpe di­vina, un "divinum genus", es un hombre diviniza­do, hijo de Dios Padre, incorporado con el Verbo hecho hombre, animado del mismo Espíritu San­to, y cuya vida y conversación debe ser toda Ce­lestial y divina" (Arintero. La Evolución Mistica.Pág 28). "Conoce, ¡Oh Cristiano!, tu dignidad y hecho consorte de la divina naturale­za, no quieras caer en el envilecimiento anterior ni volver a degenerar de tu conversión. Acuér­date de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Acuérdate de que librado de la potestad de las tinieblas has sido trasladado a la luz y al reino de Dios" (San León Papa, Sermón de Navidad.). Y como no podíamos ser solamente incorporados a la cabeza, sin estarlo al cuerpo, por eso mismo entramos a formar parte de la Igle­sia para gozar de todos los beneficios que tal in­corporación concede con respecto a su sacerdocio y su culto, sus leyes y sus tesoros espirituales, sus sacramentos, sacramentales, e indulgencias y par­ticipar de la "Comunión de los Santos" para po­der comunicar a los demás nuestros méritos y ora­ciones y recibirlos también de ellos.

 2º) Nuestra adopción como hijos.

 Pero la adopción como hijos de Dios, a la que hemos sido llamados "antes de la creación del mun­do para que fuéramos santos y sin mancilla en su presencia por la caridad... por Jesucristo a glo­ria suya, por un puro efecto de su buena voluntad, a fin de que brille la gloria de su gracia mediante ­la cual nos hizo gratos en su querido Hijo" (Ef.1,3,6) no se hizo sino por la gracia santificante que, por el mismo bautismo, cual precioso tesoro, derramó en nuestras almas, juntamente con las virtudes y do­nes del Espíritu Santo para que con ellos fuésemos fecundos sobrenaturalmente y alcanzásemos cada uno la edad según Cristo a semejanza con El, ha­ciéndonos acreedores a la herencia eterna "ya que siendo hijos, somos también herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo; con tal, no obs­tante, de que padezcamos con El a fin de que sea­mos con El glorificados" (Rom.8,17) en testimonio de lo cual "envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abba, Padre" (Rom.8,15) y "que ha­bita en nosotros" (1Cor.6,19), a lo cual añadió el hacernos hijos de María y los dones del orden natural para que pudiésemos obtener nuestro fin sobrenatural. 
  "El Bautismo es el gran sacramento de la piedad de Dios para con nosotros, porque es el sacramento de la adopción divina y de la iniciación cristiana. Todos los sacramentos son argumentos de la profunda piedad de Dios para con el hombre: son la obra misericordiosa del divino Jesús, que viene de la celestial Jerusalén para curamos las heridas y devolvernos, espléndido, la vida que el gran malhechor de la humanidad, homicida ab initio, trató de arrebatamos. Pero el Bautismo es el primer abrazo paternal que Dios nos da. Al "renacer del agua y del Espíritu Santo" (Jn.3,5), somos hechos hijos de Dios: Ex Deo nati (2Cor.5,17). Somos la "nueva criatura", de que nos habla el Apóstol (Jn.3,1), a la que Dios da el nombre de hijo suyo, porque en realidad lo es" (María, Madre y Señora, Cardenal Goma, pág. 136-37).

 3º) Nuestro organismo sobrenatural.

  Y para que todo este plan suyo, sobre nosotros se cumpla, nos dió un organismo sobrenatural, y así como en la vida natural por medio del alma, nos infundió la vida que nos hizo capaces de ha­cer actos humanos y concientes como los demás hombres, así en el orden sobrenatural nos infun­dió la gracia que nos hizo capaces de hacer actos "deiformes", meritorios de la vida eterna. Como nos dió una razón en el orden natural para guiarnos, nos dió la fe en el sobrenatural para que fuese luz encendida en el camino oscuro hacia Dios, en medio del mundo y de las dificultades de nuestro pro­pio interior; como nos dió la voluntad que a fuer­za de hacer actos, nos hace alcanzar lo que nos proponemos en nuestra vida, nos dió la esperanza para que apoyados en ella siguiésemos nuestro ca­mino hacia la Patria Celestialen medio de todas las dificultades; como nos dió la inclinación a la sociabilidad en el orden natural, nos dió la cari­dad en el sobrenatural, para que elevando aquella, fuésemos capaces de amarnos como hermanos en Cristo e hijos de un mismo Padre que está en los cielos. Esta vida exige fortaleza para luchar en ella y por eso nos dió la virtud de la fortaleza y prudencia para obrar según el ejemplo de las Vír­genes prudentes (Mt.25); templanza para vivir en me­dio de la abundancia y placeres del mundo y no dejarse ilusionar; nos infundió también la justi­cia, para que demos a cada uno lo suyo. Y para más perfeccionar este conjunto de realidades pues­tas como semillas en nuestra alma y que "nosotros debemos hacer fructificar, nos da los dones del Espíritu Santo, para que ayudados de ellos el alma obre con más facilidad; y para mantenerla viva, despierta, dispuesta a seguir adelante en su mar­cha hacia la santidad, como aguijón que la punce, le dió la gracia actual, que previniendo sus actos, le da facilidad para realizarlos y la acompañe has­ta su feliz término.

 4º) El tesoro escondido.

  A todo este conjunto que Dios nos ha confiado (la incorporación, la adopción, la gracia, el orga­nismo sobrenatural), le llamamos "tesoro", porque es el capital que Dios nos entregó para que por medio de él, obtuviésemos el gran bien, el gran te­soro, que es para nosotros la vida eterna.
  Y decimos escondido, porque no hemos reparado en él o si lo hemos hecho, ha sido, no como debié­ramos, porque en nuestra vida han pasado desa­percibidos o casi sin aprovechar estos bienes que están depositados en nuestra alma, que represen­tamos por monedas y que llamamos "talentos", según el Señor nos enseñó, sin haberles hecho dar el fruto que debiéramos, de acuerdo a la esperanza que Dios Nuestro Señor puso en cada uno de no­sotros. El, al sembrarlos en ella, quizo fueran como el grano de mostaza, que siendo pequeño, sin em­bargo se transforma en un árbol, para que nosotros, a ese germen depositado por Él en nuestra alma, lo hagamos crecer de modo que vengan a habitar en él las aves del cielo, es decir, todas las gracias y virtudes y dones que el Señor quiere ir dándo­nos a lo largo de nuestra existencia, en nuestro cre­cimiento, si es que somos fieles a su llamado, y llegar así a producir el árbol gigantesco de la san­tidad.
  "Si tantos cristianos que procuran vivir en gra­cia no se dan cuenta de su propia dignidad y de esa gloriosa herencia de los siervos de Dios, es por­que viven muy tibiamente" y no estudian de con­tinuo en el libro de la vida, que es Jesucristo nuestro Salvador, modelo y verdadera luz de los hom­bres (Cfr. Is.54,17; 55,1-6). Si lo estudiaran y lo imitaran, a buen seguro que, a través de su Santa Humanidad, irían descubriendo los inefables misterios de la Divinidady de toda la Trinidad(Jn.14,9-21); llegarían a saber los te­soros de ciencia y de amor que en El están encerra­dos, y vendrían a quedar llenos de la misma pleni­tud de Dios" (Col.2,2-3), (Arintero, La EvoluciónMística.Pág.53).

5º) Nuestras promesas del Bautismo.

  Para obligarnos, al entregarnos su gracia y al ve­nir a habitar dentro de nosotros con todos sus bie­nes, Dios nos pidió un voto, un contrato al darnos su adopción: fueron las promesas del Bautismo.
  Por ellas renunciamos a Satanás, a sus pompas y a sus obras y dijimos entregarnos a Jesucristo por siem­pre jamás. En nosotros se derramó toda la gracia de la Redención, fuimos hechos una nueva cria­tura, pero... y aquí viene la historia de nuestra infideIidad, los votos no fueron cumplidos, perdi­mos la gracia, muchas veces quizás, y la nueva cria­tura hecha a semejanza de Cristo perdió su fisono­mía espiritual. 
  "Los hombres, dice Santo Tomás, hacen voto en el Bautismo de renunciar al diablo y a sus pom­pas. Y este voto, dice San Agustín, es el más grande y el más indispensable. Lo cual confirman los ca­nonistas diciendo: "el principal voto es el que ha­cemos en el Bautismo". Sin embargo, ¿quién es el que guarda este gran voto? ¿Quién es el que cumple fielmente las promesas del Santo Bautismo? ¿Acaso no violan casi todos los cristianos la fidelidad que en el Bautismo prometieron a Jesucristo? ¿De dónde puede originarse este desarreglo tan universal, sino es del olvido en que se vive de las promesas y obli­gaciones del Santo Bautismo, y de que casi nadie ratifica por sí mismo el contrato de alianza que ha hecho con Dios, por medio de su padrino y su madrina. . .? El Catecismo del Concilio de Trento, fiel intérprete de las intenciones de este Santo Con­cilio, exhorta a los párrocos a que hagan lo mismo e inculquen a sus pueblos que se acuerden y crean que están ligados y consagrados a Jesucristo como esclavos a su Redentor y Señor" (Grignion de Montfort. La Verdadera Devoción).

 Como usamos este tesoro.

 Realmente es el caso de preguntarnos qué hemos hecho de las promesas de nuestro Bautismo, de nuestro cristianismo sin fruto en una vida medio creyente. ¿Acaso el Bautismo ha sido en nuestra vi­da sólo un acontecimiento social para que pudié­semos llevar el nombre de cristianos?, ¿y la gracia que Dios Nuestro Señor nos dió en él y las virtudes y los dones que trajo el Espíritu Santo con su pre­sencia, a nuestra alma, son semillas incapaces de ser fecundas y dar fruto? ¿Por ventura el plan de Dios sobre cada uno de nosotros es una cosa her­mosa para ser oída o leída y no practicada?, ¿y nuestra vida en el mundo un constante equilibrio entre nuestras creencias y las conveniencias socia­les, haciendo prevalecer éstas sobre aquéllas, cuan­do las circunstancias lo exigen, pretendiendo ser­vir a dos señores contra la indicación expresa de Cristo? Por ello, sucede en nuestros ambientes, que no habiendo generosidad, muchas almas "queriendo pasar por espirituales no se entregan a Dios más que a medias, buscándose a sí mismas y huyendo de lo que pueda ser penoso en el servicio divino; ésas en todo encontrarán el peso de sus propias miserias. Volviendo así la vista atrás, des­pués de poner la mano en el arado, se incapacitan para entrar desde este mundo en el reino de los cielos o llevan una vida semi-mundana, o por huir de la aridez de la oración se dedican sólo a obras exteriores y viven con mucha tibieza, sin recogerse apenas a purificar sus corazones, ni merecer por lo mismo entrar nunca en las íntimas comunicaciones divinas; o dominadas del amor propio, constitu­yen esos falsos devotos que, por desgracia, tanto abundan para descrédito de la virtud, y que sólo sirven para martirio de las almas piadosas a quie­nes constantemente persiguen con sus envidias y sus críticas, dándose tono de maestros consuma­dos, cuando nunca fueron siquiera buenos discí­pulos" (Arintero. " La Evolución Mística". Pág. 343).

Ante una realidad.

 Una cosa es cierta: si al mundo le falta o ha per­dido el espíritu cristiano es porque todos hemos de­jado de darle un poco de lo nuestro y hemos to­mado y recibido mucho de él, que nos ha ido apar­tando de la sencillez e intransigencia del Evangelio procediendo como el siervo que luego de recibir un talento, lo escondió y esperó la vuelta de su Señor para devolverlo intacto sin haberle hecho producir interés. Realmente parecería que la incorporación a la Iglesiaha sido sólo para aprovechamos de Ella en cuanto es necesario para algunos aspectos so­ciales de nuestra vida. Cuánto podríamos discu­rrir sobre todos los dones que hemos recibido de Dios y el mal uso que hemos hecho de ellos. … "La gran mayoría de los cristianos no saben nada de lo que gustoso llamaría, la esencia de la vida cristia­na. No ven de esta vida sino las exterioridades, las realidades tangibles y materiales; pero al alma le quedan veladas las íntimas y misteriosas sublimida­des. La adopción divina, recibida en el Bautismo por la gracia santificante, la participación miste­riosa de la naturaleza divina, la incorporación a Cristo, el sacerdocio místico de todos los cristianos, y sobre todo, la presencia real de Dios en el alma, son otros tantos títulos de los cuales deberían enor­gullecerse y de los cuales no tienen ni siquiera con­ciencia. Llevan consigo a Dios y no lo sospechan. Todo este conjunto de doctrina eminentemente paulina, es para ellos totalmente desconocida" (P. Jaegher, S.J. " La Vidade Identificación con Cristo Jesús", pág.15-16).

 Su importancia para los que son apóstoles.

   Pero si derivamos la cuestión a otro orden de co­sas, no ya considerándonos simples cristianos sino colaboradores de la Iglesia, sea como socios de A. C. o de una obra de apostolado externo, aunque en ellas encontremos los medios exteriores de realizar el apostolado, debemos confesar que eso no bastaría porque correríamos el peligro de que nuestra acción sea puramente material o quizás peor, de búsqueda de nosotros mismos. Para una obra apostólicamente eficaz será necesario disponer de los medios interio­res, de la fuerza vivifican te sobrenatural que hará fecundo ese obrar y al acomodar nuestra vida con la doctrina que decimos sustentar habremos encontrado la mejor manera de realizar el bien. Es decir, hacer que estas verdades que venimos comentando sean vida de nuestra alma e informen nuestra activi­dad exterior.

 El problema y su solución.

  Indudablemente estamos abocados a un problema en nuestra vida de cristianos, problema que nos co­loca frente a nosotros mismos y al mundo paganiza­do, y que a cada uno se nos plantea con más o menos intensidad. Y la única solución es la de con­ciliar nuestra vida con nuestra doctrina, viviéndola, porque "Cristo vino a traer fuego a la tierra y no quiere sino que arda" (Lc.12,49.) y ha dicho que "los que no recogen con El desparraman" (Lc.11,23). Es necesario que para que así sea, conciliemos nuestra vida con la suya y le demos una solución definitiva, que pa­ra nosotros no es otra que vivir el "Tesoro Escondi­do" de que venimos hablando y que queremos hacer nuestro, porque los que hemos resucitado con Cristo por el Santo Bautismo, “debemos buscar las cosas que son de arriba y no las de la tierra porque voso­tros estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (Col.3,3).

Consecuencia.

 "Con que confianza nos acercaremos nosotros al palacio de Dios sino hubiésemos guardado nuestro Bautismo puro y sin mancilla? o ¿quién será nues­tro abogado, si nos hallamos desapercibidos de obras santas y justas?" (San Clemente. II Cor).

 

CAPÍTULO VI 

 LA PALABRA DEL MAESTRO

 

  Hasta el presente hemos desarrollado lo que nos enseña la Iglesia, respecto a nuestro fin sobrenatu­ral, pero para vivir esas enseñanzas y hacerlas fruc­tificar nos ha dado Jesús sus fundamentos, nos ha indicado el camino, el modo para entrar en él, los medios que necesitamos para recorrerlo y la mane­ra para andar por el mismo.

 Cómo entrar en él.

  Su llamado se dirige a todos los hombres sin ex­cepción, su invitación alcanza a todas las razas, sus deseos se extienden a todas las latitudes. Por eso envía a sus apóstoles a enseñar por todo el mundo: "Id, bautizad a todas las gentes" (Mt.28,19.), para que todos le sigan, entren y se haga un solo rebaño y un solo Pastor (Jn.10,16.), una vid con sus sarmientos, un cuerpo con su cabeza, que es El, un edificio con su piedra fundamental, que es El mismo para "formar un tem­plo santo en el Señor" (Ef.2,19-20), de tal manera que "el que cayere sobre esta piedra se hará añicos; y aquel sobre quién ella cayere, lo hará polvo" (Mt.21,44)."El que creyere y se bautizare ese será salvo" (Mc.16,16). El que creyere... pero... ¿en qué se debe creer? En su misión divina, en sus enseñanzas, en sus obras.  Y todo ello está en el Evangelio. Y si se bautizare. . . ¿para qué? Para ser incorporado a su misma vida y por ella a la vida de la Santísima Trinidad. De manera que el bautizado está llamado, a vivir la misma vida de Jesús, como la vid vive de la sa­via y el cuerpo renueva su energía a través del to­rrente sanguíneo que le da el corazón y el aire pu­ro que le suministran los pulmones. Como vemos, todo lo encontramos en el Evange­lio, por eso lo seguiremos paso a paso para no per­demos y seguir fielmente las enseñanzas de Jesús.

 Cómo seguirle.

  "Si alguno quiere ser mi discípulo, nos dice, tome su cruz y sígame" (Lc.9,23). Así debe comenzar a andar el camino hacia la Patriael que quiera seguir al Maes­tro. Sígueme, dice. ¿Por dónde? "El camino es estre­cho y la puerta angosta" (Mt.7,14), y en este camino no el que diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos sino el que haga la voluntad de su Padre" (Mt.7-21).Entonces el que siga estos consejos será seme­jante al hombre que edificó sobre una roca y ven­drán las tormentas y vendrán las olas a golpearle y nada podrán porque el fundamento es sólido y el edificio granítico (Mt.7-25). En esta lucha y en este camino debemos estar siempre vigilantes. "Vigilad y orad porque no sabéis ni el día ni la hora. Si el dueño de la casa supiese a que hora le habría de asaltar el ladrón, estaría seguramente en vela" (Mt.24,44). Y andando por este ca­mino, en el cual debemos llevar la cruz, lleno de contratiempos y dificultades "ya que los que quie­ren vivir piadosamente en Jesucristo han de sufrir la persecución" (2Tim.3,12), debemos ir animados de inmen­sa confianza, "no estando inquietos por el día de mañana, porque cada día tiene suficiente afán" (Mt.6,34), y asentando esa misma confianza en la Providenciacelestial "debemos mirar las aves del cielo que no siembran ni tienen granero y a los lirios del campo cuyo vestido no lo tuvo Salomón en todo el esplen­dor de su reinado" (Mt.6,26-29). Confianza en la Providencia, pues tenemos un Padre Celestial, de quien todos so­mos sus hijos, que está solícito por todo lo nuestro y no ha de negamos nada que sea para nuestro bien, a ejemplo de los padres de la tierra que "no dan una piedra al hijo que les pide pan y no le dan una culebra si les pide un pez" (Mt.7,10). Por ello debemos pro­ceder en todo con espíritu de hijos, ya que nos dio su Espíritu que clama dentro de nosotros: "Abba, Padre" y si somos hijos, no somos ya siervos" (Gal.4,7).

 Medios que debemos usar.

  Para estar fuertes y poder resistir a todos los halagos de los placeres que se encuentran a la vera del camino, debemos comer su Cuerpo y beber su Sangre, para tener entonces, en virtud de ese alimen­to su vida. Cristo mora en nosotros y nosotros en El. Y para que podamos desempeñamos, como ins­trumentos de trabajo y compañeros de viaje, nos da los propios y personales talentos, que debemos emplearlos todos únicamente para su gloria en el Señor, porque "no es probado aquel que se reco­mienda a sí mismo sino aquel a quién Dios recomienda" (2Cor.10,17-18) y porque no tenemos nada que no ha­yamos recibido y todo cuanto hagamos, "sea que comamos, sea que bebamos, lo hagamos todo para gloria de Dios" a fin de que los hombres viendo esas obras alaben al Padre que está en los cielos" y podamos decirnos ante sus alabanzas: "siervos inú­tiles somos, lo que debimos hacer hicimos" (Lc.17,10).  

  Y no sólo nos da su palabra iluminadora por medio de los Santos Evangelios, sino que también, para guardarnos en la verdad, nos da su Iglesia, y por medio de su Jerarquía, a la que confía esta misión, la manda que enseñe a todos los hombres "bauti­zándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt.28,19) y de tal modo identifica la mi­sión de aquella con la suya que afirma categórica­mente: "quien la oye, a Mí me escucha y quien la desprecia a Mí me desprecia" (Lc.10-16).

 El amor que nos Pide.

  Jesús como si fuese celoso de su amor, y deseoso de su gloria llega a decir: "Si alguno ama a su padre, o a su madre o a su hermano más que a Mí no merece ser mi discípulo" (Mt.10,37) y profundizan­do aún más, en ese principio, lleva su amor hasta contra nosotros mismos y nos dirá "si tu ojo es pa­ra ti ocasión de escándalo, arráncalo y arrójalo lejos de ti" (Mt.5,29) porque no hay nada superior a la conquista de la salvación del alma que podamos anhelar, pues: "que le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma" (Mc.8,36).
  Así comprendemos porqué San Pablo escribía: "Todo lo tengo por estiércol para ganar a Cristo" (Fp.3,9). Tanto quiere Jesús que nos preocupemos de Él, que debemos reconocer su rostro en todos nues­tros hermanos, a fin de que cualquier cosa que ha­gamos por el bien de ellos, a Él mismo se la hace­mos. "En verdad os digo, siempre que lo hicísteis con uno de éstos, mis más pequeños hermanos, con­migo lo hicísteis" (Mt.25,40). Y si para ser su discípulo, como arriba explicamos, hay que tomar la cruz, la señal verdadera de que realmente lo somos, será el amor que nos tengamos los unos a los otros. "En esto se conocerá que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros" (Jn.13,35) y "en esto hemos conocido la caridad de Dios, en que dió su vida por nosotros: y así nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos" (1Jn.3,16).

 La vida que debe llevar

 Su discípulo debe vivir en medio del mundo co­mo si no fuera del mundo, gimiendo y llorando, mortificado y teniendo crucificada con Él su carne y malas inclinaciones, mientras los demás gozan de él, procurando estar desprendido de tal manera de todas las cosas "que el que llora debe vivir como si no llorase y el que ríe como si no riese, porque la comedia de este mundo pasa" (1Cor.7,30), "sintiéndose bienaventurado si llora, si tiene hambre y sed de justicia, y es pobre de espíritu"... (Mt.5), no aver­gonzándose de Él ni de su doctrina, "porque al que se avergonzare de Él, no le reconocerá delante del Padre Celestial" (Mt.20,33).

 Sinceridad y generosidad del Maestro 

  ¡Ah! el Maestro no nos ha engañado con respec­to al programa que quiere en nuestra vida, a pri­mera vista superior a nuestras fuerzas. Nos ha in­dicado el camino, nos ha señalado perfectamente cuáles son las condiciones que quiere ver en aque­llos que se deciden a ser sus discípulos y quieren imitarlo. Él no nos ha prometido regalamos el Paraíso: "El Reino de los cielos padece violencia y es de aquéllos que lo arrebatan a viva fuerza" (Mt.11,12), y no de los que digan: "Señor, Señor, sino de los que hicieren la voluntad del Padre" (Mt.7,2).  ¡Oh generosidad de Jesucristo, el más bueno de los hijos de los hombres! Te damos gracias por tu sinceridad, por tu verdad, por tu amor. Te damos gracias, porque a todos los pequeños de la tierra has querido enseñarles Tu camino y abrirle Tu corazón para que siguiéndote te encuentren y gol­peando les abras. Tenemos tentación de decirte: "Jesús, eres bueno hasta: lo indecible" (Hornaer).

 

                                                                            

 
 
 
 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

INVITACIÓN:                                                    

Si éste "nuestro ideal", que en apretada síntesis te ofrecemos, puede ser tuyo, te invitamos a compartirlo.

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