Cenáculo de María-La Plata
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Pía Unión Cenáculo de María
El Amor de Cristo nos ha unido en el Corazón de nuestra Madre

CAPÍTULO X V

 

EN LA VIDA DECONSAGRACIÓN

   Después de todo lo que has ido leyendo, ama­ble lector, habrás llegado a esta conclusión: que este camino no se puede vivir sin una vida de con­sagración al ideal trazado, y que para lograrlo hay que entregarse a él, meterse dentro, hacerla carne, amarlo. Y porque hay que vivir entregado a Dios Nuestro Señor, por medio de la Consagraciónvi­vida y sentida que de nosotros mismos hacemos al Corazón de nuestra Madre, es que llamamos a nues­tra posición espiritual: "VIDA DE CONSAGRA­CION".
  "La palabra Consagrar, como lo dice su mis­ma etimología, es sinónimo de santificar o sacri­ficar: consagrar es hacer que la persona o cosa, que se consagra, del estado profano y vulgar, pase al de especial posesión de Dios, por singular ma­nera con Él unida.
  "Es, pues, consagración, el estado de la persona o cosa que se inmola a S. D. M. para pertenecerle en adelante con título sagrado. Cuando uno se consagra a un Santo, y aun a la Virgen Santísima, la consagración no se endereza propiamente al Santo o a la Virgen, sino que se les toma como medianeros o intercesores con Dios, para atraer con tal mediación la divina benevolencia.
  "La consagración o sacrificio es el acto más gran­de de la religión. Se le encuentra en los funda­mentos de la religión cristiana, en los misterios de la Encarnacióny Redención, que fueron esencial­mente la consagración de su Corazón Divino al Padre Celestial. La Iglesianos lo recuerda, cuando al acto esencial del sacrificio de la misa, renovación del sacrificio del Calvario, el acto más grande que puede celebrarse en el mundo, lo llama con­sagración. El acto fundamental de la vida del cristiano, su bautismo, es también una consagración, por la cual se une al divino y primer consagrado, Cristo Jesús" (P. A. Deschamps. La Consagracióndel Género Humano al Corazón Inmaculado de María.).

 Dónde vivirla

  Y todo lo que hasta ahora hemos ido viendo nos lleva a vivir una vida de entera consagración de todo nuestro ser en medio del mundo y de todas las contrariedades que podamos encontrar, por me­dio de la entera donación que hemos dicho, en el Corazón de nuestra Madre, a Cristo Nuestro Señor.
  Para comprenderlo mejor, nos vamos a colocar frente a tres realidades que nos harán ver la nece­sidad de vivir una vida de verdadera consagración a Dios Nuestro Señor, en el Corazón de nuestra Madre.
  La primera realidad es la de aquellos que viven totalmente consagrados al mundo; la segun­da es la de aquellos otros que conociendo a Dios no viven consagrados a su santo servicio y, final­mente la tercera, es la de aquellos felices que quie­ren vivir conforme a la sentencia de San Pablo: "Cristo murió para que los que viven no vivan ya para sí sino para Aquel que murió y resucitó por ellos" (2Cor.5,15).
  Esta sentencia clara y concisa de San Pablo, que tomamos como lema de nuestro libro y que sinte­tiza el ideal de nuestra vida, que buscamos lograr en el Corazón de nuestra Madre, nos habla de una vida de entera consagración al decirnos, que ya no debemos vivir para nosotros sino para Aquél que murió y resucitó por nosotros. El Maestro se ha cruzado en el camino de nuestra vida para llamarnos a esta vida, o llamarte, a ti que lees estas pá­ginas, a una vida de santo entregamiento en eI amor, de cuanto somos y poseemos.

Qué es estar Consagrado

  Por tanto, Consagrado es aquel que se ha da­do enteramente a algo y vive totalmente para eso. Así decimos: está completamente consagrado a su hogar, a su trabajo, es decir, que todas las fuerzas de su ser las vuelca en su ocupación favorita. Hay quienes se consagran a un ideal, al arte, a las cien­cias, a las riquezas, a la fama, al honor, al goce mayor posible de la vida. Están consagrados a un ideal equivocado, pues hacen de él solo el fin de su vida y prescinden de lo sobrenatural y sin embar­go al estar consagrados a ese ideal, todo lo encau­zan, lo ven a través de ese mismo ideal, procuran­do sacar el mayor provecho de todo para satisfa­cerlo. "En tanto que la vida de ciertas personas es el deporte, dice el Padre Garrigou Lagrange, el arte o las actividades científicas, la de las almas de quienes hablamos es Cristo, o la unión con Cristo. El mismo Cristo es la vida de ellos por cuanto él es el motivo de sus obras más profun­das. Por Él viven y obran de continuo, mas no por fines humanos; por el Señor que los vivifica más y más y les hace vivir de aquello mismo que parece hacerlos morir, como Jesús hizo de la Cruzel más perfecto instrumento de salud" ( La Providenciay la confianza en Dios).
  De tal manera debe ser nuestra Vida de Consa­gración: toda encauzada a nuestro ideal. "No hay poder comparable al de un alma unificada en el conocimiento, amor y deseo de Dios. En primer lu­gar, tengo este primer poder que resulta de la reunión misma de las fuerzas de mi ser. ¿Quién será capaz de medir el poder de un hombre cuyas fa­cultades están completamente unidas en un mismo esfuerzo? Cuando la inteligencia, la voluntad, las pasiones y las fuerzas del cuerpo están juntas, con­centradas y como comprimidas sobre un mismo ob­jeto, no hay poder en el mundo comparable a éste. Y cuando a este poder se viene a unir el po­der del mismo Dios, pues concentrándose en Dios el hombre hace pasar a sí la fuerza de Dios, como asombrarse del prodigioso dominio que ejercen los Santos? ¿Cómo asombrarse del poder de su oración y de la eficacia de su acción? ¡Dios míol ¿cuán­do estaré así unido a Vos del todo, a fin de ser fuerte por Vos? .. (Tissot. La Vida Interior).

 Disposición interior

   Así debe ser nuestra vida interior: una dispo­sición habitual de nuestra alma, que como una nueva vida nos haga vivir en estado de total entre­ga y consagración a los Corazones de Jesús y Ma­ría, procurando hacer una realidad de nuestra par­te lo que dijimos de palabra en el acto de la con­sagración, el día de la misma, dejando que nuestra Madre, por su parte, haga todo lo demás.
  Nuestro esfuerzo, pues, debe encauzarse todo, a este ideal de la donación total de nosotros mismos y a encenderlo como antorcha en nuestra vida para que alumbre nuestro camino, a pesar de las dificultades, pues muchas veces parecerá que este ideal se obscurece por las pruebas, tentaciones, mi­serias que en nosotros llevamos y que Dios permite para que aprendamos a vivirlo y apreciarlo en to­da su realidad; pues todas esas cosas no harán sino desearlo más intensamente en nuestro interior cuan­do comprendamos lo grande que se está escapando de nuestras manos y la luz que se nos está extin­guiendo.
  El V. P. Eymard nos suministra el medio. "El amor nunca saldrá en nosotros victorioso, escribe, si no llega a ser en el alma una pasión viva. Sin esto puédense hacer actos de amor aislado, más o menos frecuente; pero la vida no habrá arraiga­do, no se habrá posesionado de nosotros. Sin pa­sión nada se consigue; la vida carece de objeto fijo; se arrastra una vida inútil. Pues bien, en el orden de la salvación, es preciso tener una pasión que domine nuestra vida, y le haga producir pa­ra la gloria de Dios, todos los frutos que el Señor espera.
  Amad una virtud, una verdad, un misterio con pasión. Consagradle vuestra vida, dirigid a él vuestros pensamientos y trabajos; sin esto no lle­garéis a ser nada, no seréis más que un jornalero que vive de su trabajo, jamás un héroe" (P. Lombaerde. El Día con María. Pág. 147.48).

 

CAPÍTULO XVI

 

NUESTRO IDEAL

    Con esta vida de consagración queremos llenar nuestro ideal: IDEAL DE CONSAGRACION E IDEAL DE TRANSFORMACION.

  De transformación en Jesucristo, en el corazón de nuestra Madre, para gloria del Padre y alcan­zar así el grado de santidad, gracia y gloria que Dios ha previsto para cada uno de nosotros desde toda la eternidad.
  De consagración a Dios en nuestro prójimo, trans­formados cada vez más en Jesús por una unión cada vez más íntima con Él y por la imitación de sus virtudes, para ser instrumentos más aptos de las misericordias del Padre, en el Corazón de nuestra Madre, en medio de los hombres y se pueda decir de nosotros el mismo elogio de Jesús: "Pasó ha­ciendo el bien".
  Forjamos un ideal grande, pero lo alcanzaremos principalmente a base de cosas pequeñas, de sacrifi­cios ocultos y desconocidos, de entregamientos qui­zás dolorosos, sin apresuramientos inútiles, (ya que Dios no lleva paso apurado, pero sí constante), en la obediencia y la paz, pues "el justo es como árbol plantado junto a las corrientes de las aguas que da fruto en el momento oportuno" (Sal.1). Y siendo, co­mo es, nuestro ideal, completamente espiritual, bus­caremos encontrar en él la fuerza y el aliento nece­sarios para la obra de nuestra santificación y vol­carIo así en nuestras obras de apostolado, en nues­tro trabajo, en nuestro hogar, porque queremos ser de los que junto al Maestro, por todos los caminos de la vida espiritual, quieren estar a su lado y ayu­darIe, a pesar de la propia miseria, a conquistar de nuevo a los hombres para su corazón, persuadidos de que a este ideal y a colaborar con Cristo, hemos sido llamados únicamente por la misericordia de Dios que quiso asociarnos a Él en la redención de las almas "por un puro afecto de su buena volun­tad" (Ef.1,5).

 Norma segura para lograrlo.

  La obediencia a Dios, a María y a nuestros su­periores legítimos será la norma segura para lograr ciertamente nuestro ideal y alcanzar de este modo ser llevados seguramente a lo que Dios quiere de nosotros.
  "Más se adelanta en poco tiempo que estemos sumisos y obedientes a María, que en años ente­ros que hagamos nuestra voluntad propia y nos apoyemos en nosotros mismos; porque un hombre obediente y sumiso a esta divina Señora cantará victorias muy señaladas sobre todos los enemigos".
  Por la obediencia en todo y sin dilación, imita­remos a Jesús que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, por lo cual recibió un nombre que está sobre todo nombre (Fil.2,9) en la seguridad de que cumpliremos, por medio de ella, la voluntad de Dios, porque "todo autoridad viene de Él" (Jn.19,2).
  Decimos, en una palabra, conformidad absoluta con la voluntad de Dios. Consecuencia maravillosa de la obediencia de Cristo: nuestra Redención. Con­secuencia de nuestra obediencia: nuestra transfor­mación en Cristo y la redención de nuestros hermanos, a la que contribuiremos con nuestras obras he­chas en ella y en la sumisión a la voluntad del Pa­dre. Sabemos que estamos contribuyendo a la edificación del Cuerpo de Cristo cuando construimos a Cristo en nosotros, pues damos fisonomía de Cristo a esa parte del cuerpo total que somos cada uno de nosotros; y al mismo tiempo, contribuimos a la cons­trucción del Cristo total en los demás por la gracia que se les comunica a cada uno de ellos en razón de nuestro sacrificio, nuestro esfuerzo y nuestro apostolado asociándonos al mismo ideal de Cristo que "amó a su Iglesia y se sacrificó por Ella para santificarla" (Ef.5,25).

 Personalidad.

  En este ideal de Consagración, no renunciamos a nuestra personalidad, sino que, en la Consagracióny en el logro de nuestro ideal, queremos hallar la plenitud de ella, pues se trata de no anular nuestro yo sino de perfeccionarlo. Consagrados a Dios en nuestro trabajo, en nuestro hogar, en el mundo, en el apostolado, ya no nos pertenecemos sino que pertenecemos al que posee la plenitud de todo, y nuestra vida encuentra su verdadero y único sen­tido: no vivir ya para nosotros sino para el que murió y resucitó por nosotros. Y esto viviendo la "Vida de Consagración" porque, "el cristiano es un artista que modela aquí abajo, en una gran arcilla, la maqueta de su eterno destino" (Hornaert), ya que por la Consagración, que no es sino vivir la vida de la gra­cia, penetra toda nuestra vida, la transforma y por medio de esto, podemos decir que la diviniza, "asi­mila a sí cuanto de bueno hay en nuestra naturale­za, nuestra educación, nuestros hábitos adquiridos, perfecciona y sobrenaturaliza todos estos elementos y los endereza hacia el último fin, que es la posesión de Dios por la visión beatífica y el amor que de ésta brota" (Tanquerey).
  Y así como el que vive consagrado a un ideal fal­so, lo hace satisfaciendo su yo y terminando en él; nosotros, en el Corazón de nuestra Madre, satisfacemos nuestro yo encauzándolo a Cristo para ter­minar en Él y encontrar la plenitud, y siendo to­do de Cristo, ser en Él todos de Dios.
  "En la vida sobrenatural debemos conservar nues­tra personalidad en lo que tiene de bueno; en eso hay una parte de la verdad y de la sinceridad que la vida de la gracia reclama. La santidad no es un modelo que haga desaparecer las cualidades natu­rales que caracterizan la personalidad de cada uno para formar después nada más que un tipo uniforme. Por el contrario, Dios, al crearnos, nos dotó a cada uno en particular de dones, talentos y pri­vilegios especiales, cada alma tiene su belleza na­tural, particular: una brilla por su inteligencia, otra se distingue por la firmeza de su voluntad, otra llama la atención por su mucha caridad. La gracia respetará esas bellezas como respeta la naturaleza de donde resalta, solamente añadirá al esplendor na­tural un brillo divino, que lo eleva y transfigura. Es que Dios, en su acción santificadora, respeta la obra de la creación, pues Él es quien dispuso en ella esos reflejos de divinidad, y cada alma al repro­ducir uno de los pensamientos divinos, ocupa su lugar propio en el corazón de Dios" (Columbia Marmión, ]esucristo Vida del Alma).

 Fecundidad de este ideal.

  Este ideal de Consagración tiene que llevarnos a ser más fecundos en nuestro apostolado, aunque no viéramos el fruto de nuestra entrega, porque así Dios lo dispusiese, más dispuestos hacer el bien, en cualquier asociación, en la vida parroquial, en la Acción Católica, etc., de acuerdo siempre con la obligaciones del propio estado. Nos ayudará también a hacer mejor lo que hacemos porque quere­mos, con la entrega, dar un desarrollo pleno a nuestros talentos y usar de los dones que Dios nos confió, en mayor o menor cantidad, para lograr el desarro­llo pleno de nuestra personalidad, donde su Pro­videncia nos quiere colocar.
  El Señor necesita de estas almas que quieran ser de Él, que quieran consagrársele en medio del mundo para repararle por las que en ese mismo mundo, por desconocimiento o por abandono, o por malicia no le aman o le ignoran. Muchas veces la Consagraciónal Corazón de Jesús o al Corazón de María, no llegan a ser una realidad porque no in­vaden toda la vida del consagrado y no la encauzan en ese sentido. "Es que se consagran casi sólo con los labios sin darse cuenta de la importancia de la consagración, y como de esta manera sienten poco o ningún efecto en sus almas, abandonan luego la práctica interior, si acaso en ella comenzaron a ejer­citarse".
  Cuando uno se da, debe darse totalmente, hacien­do que esa donación llegue a ser una realidad y no una nueva fórmula que simplemente se repite con los labios pero que no se siente ni influye en el corazón, ni en la vida.

 Qué buscamos.

  Buscamos, pues, vivir y hacer una bella realidad esas consagraciones, poniendo nuestro corazón en el de María, para alcanzar allí, que Jesús, por el Es­píritu Santo, lo haga semejante a su Divino Cora­zón.
  Consagrados para que Jesús sacie en nosotros su sed de amor.
  Consagrados para que por nosotros haga el bien, mientras crecemos, en su amor y la imitación de sus virtudes, en el Corazón de nuestra Madre.
  Hay que vivir la vida de consagrados como Jesús fue todo de María, consagrado a Ella, y María toda de Jesús, consagrada a Él, bajo San José. Así tene­mos que ser: todos de Jesús y de María, bajo San José, para que el Padre, sea glorificado y el Espíritu Santo cumpla su obra en nosotros en el mundo.
  Esto es difícil, no sólo difícil sino muy difícil, por­que nosotros sentimos también, como cualquier hijo de Adán, los atractivos del mundo y las miserias de nuestra naturaleza caída, pero en la lucha por un ideal grande y heroico se valora la grandeza de nues­tra vida: morir a nosotros mismos en cada instan­te para ser todos de Dios, en el corazón de nuestra Madre, porque el "reino de los cielos padece violencia y es de los que lo arrebatan" (Mt.11,12). Seamos de estos. (En un trabajo titulado: "Nuestro Yo", expondremos la lucha y el esfuerzo que contra nosotros mismos hemos de realizar para lograr nuestra transformación en Cristo.)