Cenáculo de María-La Plata
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Pía Unión Cenáculo de María
El Amor de Cristo nos ha unido en el Corazón de nuestra Madre

CAPÍTULO XVII

 

Mi gran familia.

   Que pertenecemos a una gran familia podemos decir, y tú lo irás deduciendo, tú que lees estas páginas, después de considerar nuestro camino, ya que el espíritu de familia invade y le llena al hacernos vivir nuestra vida de total entrega. A modo de una gran familia, ha querido el Maestro organizar toda nuestra vida espiritual al darnos un Padre, una Madre, un Maestro interior, al querer ser Él mismo nuestro Hermano Mayor, primogénito entre muchos hermanos, y dejarnos constituidos en un solo cuerpo del cual es Cabeza. "Esto que vimos y oímos, es lo que os anunciamos, para que tengáis también vosotros visión con nosotros y nuestra unión sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo y os lo escribimos para que os gocéis y vuestro gozo sea cumplido" (1Jn.1,3). Y para que "nos amemos los unos a los otros: porque la caridad procede de Dios. Y todo aquel que ama, es hijo de Dios, puesto que Dios es caridad. En esto se demostró la caridad de Dios hacia nosotros, en que envió su Hijo Unigénito al mundo, para que por Él tengamos la vida. Y en esto consiste su caridad: que no es porque nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó prime­ro a nosotros, y envió a su Hijo a ser víctima de pro­piciación por nuestros pecados. Queridos, si así amó Dios, también nosotros debemos amarnos unos a otros. Nadie vió jamás a Dios. Pero si nos ama­mos unos a otros, Dios habita en nosotros, y su caridad es perfecta en nosotros. En esto conoce­mos que vivimos en Él y El en nosotros: porque nos ha comunicado su espíritu" (1Jn.4,7-13). Por lo cual, "os conjuro que os portéis de una manera que sea digna del estado a que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre; con pacien­cia, soportándoos unos a otros con caridad, solí­citos en conservar la unidad del espíritu con el vínculo de la paz: un solo cuerpo y un solo es­píritu, así como fuisteis llamados a una esperanza de nuestra vocación. Uno es el Señor, una la fe, uno el bautismo. Uno el Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y gobierna todas las cosas y habita en todos nosotros" (Ef.4,1-6).
  Nos ha de animar constantemente el espíritu de familia, de unión, y hemos de alimentar inmensa­mente sentimientos de unidad, convencidos de que formamos un solo cuerpo, cuyo fuego lo mantiene la caridad y la paz. Y "qué consuelo, que profun­didad de dulzura se encierra en este pensamiento". La cristiandad es así una gran familia: solo hay en ella un Hijo natural de Dios y de María: es Cristo ­Jesús, Hijo del Padre como Verbo de Dios, Hijo natural de Dios en cuanto hombre, por cuanto la unión hipostática hace a la naturaleza humana de Cristo de la filiación eterna del Verbo, Hijo natu­ral de María asimismo en cuanto hombre, porque en su seno virginal tomó la carne y la vida. Pero en esta familia, tan dilatada como la humanidad redimida, hay tantos hijos de adopción cuantos han sido y serán de hecho los que se aprovechen de la redención por la sangre de Cristo, el Hermano Ma­yor de la humanidad. Hijos de Dios que los adoptó, haciéndoles partícipes de la vida divina que circu­laba en Jesús con la Sangre Redentora, pero asimis­mo de María que los engendró a la vida de la gra­cia, dándoles voluntariamente a Jesús que tomó su Sangre Redentora de las entrañas de su Madre: Factus ex muliere" (Cardenal Gomá. María, Madre y Señora, pág. 53-54).         

 Espíritu que la anima.

  El espíritu, en una obra, es como el fuego que la sostiene, anima, calienta y mantiene en su vigor, viene a ser como los principios que la informan, los fines que la determinan y las orientaciones que la encauzan. Apartarse de su espíritu, es apartar la obra de su camino y torcerlo en su fin, es apagar el fuego que fue encendido para animarla y reti­rarle los cimientos sobre los que se levantó y que deben sostenerla. Por eso "Nuestra Vida de Consa­gración" debe ir informada de un espíritu que la anime, de un sostén sobre el cual se apoye para elevarse y de un fuego que al darle calor la mantenga siempre encendida. Por eso, quien quiera vi­vir plenamente la "Vida de Consagración", debe mantenerse dentro de este espíritu que vamos vien­do, y, que comienza por la confianza filial, encen­dida por amor y nos hace sentirnos verdadera y realmente hijos y hermanos, y miembros de la fa­milia de Dios, de esa gran familia, de la cual ya participamos aquí en la tierra, pero que poseeremos eternamente en el cielo.
  "Yo pertenezco a la familia de Dios. (Pues ya no sóis extraños ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y familiares de la casa de Dios, pues es­táis edificados sobre el fundamento de los Apósto­les y Profetas, en Jesucristo, el cual es la principal piedra angular, sobre quien trabado todo el edifi­cio se alza para ser templo santo del Señor. Por Él entráis también vosotros, a ser parte: de la estruc­tura de este edificio para llegar a ser morada de Dios por medio del Espíritu). Dios, mi Padre, me da todo por María, mi Madre, y todos juntos, án­geles y santos, participamos de las gracias de nues­tro Padre y de nuestra Madre. ¿Qué alma caerá en el desaliento si comprende un poco el corazón de su Dios y el corazón de María? ¡Oh Dios mío, ten­go confianza en Vos, estoy seguro de que me haréis santo! ¡Oh María Madre mía!, Madre bendita entre todas las mujeres, en vuestros brazos me arrojo y por vuestra mediación espero obtener todo: la gra­cia y la fuerza, la virtud y la vida, la pureza y la gloria. Con vuestro socorro, seré digno de Vos y de Dios, digno de cantar con Vos las alabanzas de nues­tro Padre común, y de gozar en Él, con Vos de la beatitud eterna" (Tissot. La Vida Interior).

 Bendición

   Gracia, misericordia y paz sea con vosotros en ver­dad y caridad de parte de Dios Padre y Cristo el Hijo del Padre (2Jn.1,3).

CAPÍTULO XVIII

 

CÓMO VIVIR ESTE ESPÍRITU DE FAMILIA

 

Filial entrega

  Si nuestra vida ha de ser de consagración total, no ha de conseguirse esto sino por el espíritu filial de entrega, para que de allí brote todo lo demás.

 Nuestra vida debe ser una entrega. Entrega al Padre, buscando su gloria y el cumplimiento de su santa voluntad; entrega a Jesús viviendo de su gra­cia y transformándose en Él; entrega al Espíritu Santo, estando llenos de Él, como lo estaba Jesús, poniéndonos bajo sus enseñanzas y sus luces; entre­ga a María, pidiéndole forme en unión con el Es­píritu Santo a Jesús en nuestro corazón; entrega a la Iglesia, representante visible de Dios en la tierra, dándole nuestras fuerzas y nuestro tiempo para la extensión de su reinado; entrega al próji­mo amándolo como a nosotros mismos y por amor a Dios, bajo la protección de San José, a ejemplo de Jesús, que por amor se entregó, no guardando nada para sí.

Según el Evangelio

 Todo ha de alcanzarse si procuramos vivir ple­namente el Evangelio, convencidos íntimamente de la virtud de la palabra del Maestro, "salud para los que le siguen, ruina para los que no le quieren" (Lc.2,34) a la luz de las enseñanzas de la Iglesia y de la Teología, ("pues el dogma es la fuente de la de­voción"), de los claros principios de la Ascética Cristiana, que nos enseña la lucha contra nosotros mismos y nuestras pasiones y el camino seguro ha­cia Dios, de los ejemplos de los santos y de la ciencia adquirida por la Iglesia a través de siglos de experiencia. Y así atraeremos el cielo a la tierra y viviremos desde ya la vida de familiaridad con la Santísima Trinidad, con nuestra Madre, con los santos, con nuestros hermanos del Purgatorio y nuestros hermanos de la tierra, haciendo real esa maravillosa armonía de las tres Iglesias.

  Y así también, olvidados de nosotros mismos, mu­riendo poco a poco a nosotros, nos transformare­mos en instrumentos útiles en las manos de Dios.
 
 Nuestro mejor propósito

   Este estado de entrega y abandono, puede consti­tuir la materia mejor de nuestro EXAMEN PAR­TICULAR, ya que si somos fieles a nuestra vida de entrega y a su continuado ejercicio, brotarán, como en hermoso jardín, todas las demás virtu­des. "Para esto tenemos una nueva razón. Para nuestra tendencia a la perfección no es en modo alguno suficiente, que nos hallemos convencidos de la excelencia y belleza de nuestra idea o propósito; es muy importante saber si vamos a poder acostumbrarnos a orientar a la perfección toda nuestra vida con ese propósito. Hoy día se tiene el examen particular como medio, el más apropiado, para la implantación de una costumbre buena y el desarraigo de una costumbre mala. Como medio para adquirir la costumbre -prescindiendo de su valor sobrenatural- el examen particular nos inducirá a la repetición de los mismos actos y nos dá la oportunidad también de tener ante nuestra vista la utilidad del propósito. Por una parte se adies­tra uno de tal manera con la repetición de los actos que el siguiente se hará con más facilidad; y por otra parte la contemplación constante de la utili­dad que este propósito nos va trayendo, nos indu­ce también a determinar según él nuestra vida. Porque sería, por lo menos, ilógico, que no quisiéra­mos aprovechar un medio tan poderoso para la formación de la voluntad y de autoeducación para hacer efectiva nuestra propia idea o propósito (P. Ricardo Graf, ¡Sí Padre!, pág. 197-98), "esto es, nuestra vida de abandono y entrega a Dios".

 En la pequeñez

  Como lógica consecuencia de este entregamiento filial, brota la sencillez y espíritu de pequeñez, que debe inspirar todos nuestros actos con respecto a nuestra Madre, a nuestro prójimo y a lo demás. Jesús ha dicho que si no nos hiciéremos como ni­ños, no entraremos en el reino de los cielos y que este reino está dentro de nosotros, vale decir, que se inicia ya en la tierra. "La mejor cosa que po­demos oponer a la prudencia de la carne es la sen­cillez; ésta elude maravillosamente todas las astu­cias sin conocerlas ni aun pensar en ellas. Tener que habérselas con un alma sencilla es como luchar con Dios, que está velando por ella... Así la acción divina le inspira y le hace tomar unas medidas prudentes que con ellas desconcierta a los que trataban de sorprenderla" (Arintero. La Evolución Mística, pág. 419). Esta sencillez brota del espíritu del Evangelio contenida en todas sus páginas. "Todo es sencillo en él, pero to­do es profundo. Estos dos caracteres son distintos, al par que se hallan unidos en él como las dos naturalezas, divina y humana en Jesucristo. Jesucris­to es hombre en toda la sencillez de la naturaleza humana; es Dios en toda la profundidad de la naturaleza divina; y es un solo Hombre-Dios. Igual­mente el Evangelio es una narración en toda la sen­cillez del sentido histórico, al paso que es un mis­terio en toda la profundidad del sentido doctrinal; y es ello solo el Evanglio".

  Esta sencillez, es para nosotros, fruto de la unidad y simplicidad de nuestra vida: unidad de principios, de ideales, de aspiraciones, de esfuer­zos orientados a un fin único: la gloria de Dios y nuestra transformación en Jesucristo.
  Habiendo unidad en todos nuestros actos, des­aparece toda complicación y conociendo un solo camino claro y luminoso y contando con medios seguros y perfectamente determinados hace como­ lógica consecuencia, la sencillez y simplicidad de nuestra vida espiritual, conforme a aquello "la verdadera piedad es sencillez". Sencillez que encierra en la profundidad de su entrega un espíritu desprendido de sí mismo y de abandono del amor propio que bajo su capa de simplicidad envuelve una crucifixión total a sí mismo y todas sus cosas en Cristo. Nuestra mejor posición Evangélica y es­piritual será lograr la sencillez del niño, en el Co­razón de nuestra Madre, para lograr ese reino, que no es otro que nuestra transformación en Jesucris­to y la habitación de la Trinidad en nosotros. Es­píritu de sencillez que no consiste sino en la interna convicción de que sin la gracia dé Cristo nada podemos y de que es por medio de María, por quien se nos otorga esa gracia; convicción que nos ha de llevar, a esa entrega confiada y ciega con que se entrega el niño a su madre y acudir a Ella en todo, como en todo un niño acude a su madre, entregándole todo lo nuestro en propiedad por­que, ciertamente, desde el momento que intentemos guardarnos algo, se quebrará la límpida sencillez y habrá un impedimento que obstaculizará la obra de la gracia por María en nosotros, ya que "la infancia espiritual está integrada de confianza en Dios y de ciego abandono en sus manos" (Benedicto XV, refiriéndose a Santa Teresita).

 
El Modelo

 Para adquirir este espíritu nada mejor que la devoción a Jesús en el pesebre, hecho niño, pequeño, parvulito, entregado a María bajo la protección de San José. Podemos decir que el día dé Navidad es el día de la infancia espiritual, de la pequeñez, día en el que Jesús nos ofrece el ejemplo más acabado del abandono en manos de María y bajo San José, pues no hay nadie que necesite más dé otro que un niño recién nacido.

  "¡Qué hermoso e inocente es jugar con el Niño! ¡Feliz infancia la que aprende a tartamudear con este pequeñuelo y se envuelve entre los pañales con que el Verbo Infante está envuelto, con los que las manchas de los crímenes se limpian!... ¡Ea, volvamos a la cuna, aniñémonos con el Niño, ali­mentemos nuestra infancia con la leche de que Él se alimenta, que la Madre de Misericordia no suele negarla a los pequeñuelos. Bueno es estar aquí! ¡Qué extraño que la infancia de nuestra pobreza desee el alimento de esta leche, cuando se gloria de alimentarse de ella la Virtud y Sabidu­ría de Dios!" (Citado por el autor de "Vida Mariana").
  Y "ese niño, nos dice el Evangelio, crecía en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hom­bres, queriéndonos indicar que así ha de ser nues­tra vida espiritual; crecimiento en edad, conoci­miento de las cosas del espíritu; y abundancia de gracia para lograr el grado de gloria que el Señor ha dispuesto para cada uno.
  No temamos hacernos niños porque el que así no se hiciere no entrará en el Reino.

 En la paz

 Este entregamiento hemos de vivirlo en la paz fruto sabroso de nuestra entrega. El hombre fiel a su entrega todo lo abandona en Dios y abandonándose a sí mismo se aleja de su egoísmo, causa de todas las inquietudes. Brota la paz porque nos confiamos y abandonamos en el corazón de la más buena de las madres, del más amable de los padres y del más fiel de los hermanos, como así también del mejor de los maestros, en el mismo ideal que nos hemos trazado: "Nuestra transformación en Jesucristo", nuestra muerte al hombre terreno con sus inquietudes y preocupaciones. Por tanto, la per­fecta vida de Consagración exigirá llegar hasta el olvido de sí mismo para que pueda ser posible la obra del Espíritu Santo en nosotros, en el Cora­zón de nuestra Madre. "Debes saber que es om­nipotente aquel que desconfía enteramente de sí mismo, para fiarse únicamente de Mí" (Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María). "No te­ma usted olvidarse de sí, puesto que la verdadera disposición que se demanda de aquellos, que se emplean en esto, es precisamente, ese olvido de todo interés" (Santa Margarita Maria).

  La paz debe regir toda nuestra vida, porque si Dios nos llama a la lucha, a la renuncia de nos­otros mismos y al combate contra nuestras incli­naciones y contra el mundo, quiere que perma­nezcamos en paz y en gozo, señal inequívoca de nuestra recta intención y de nuestro obrar según su corazón. Por eso, "la paz de Cristo a la cual fuisteis asimismo llamados para formar un solo cuerpo triunfe en vuestros corazones y sed agra­decidos" (Col.3,15).
  San Grignion de Montfort, afirma que los que siguen este camino de entrega a nuestra Madre, se verán libres de escrúpulos, aunque sean pro­bados por la contradicción, la enfermedad, y cualquier otro mal, pues los Corazones de Jesús y de María, Rey y Reina de la Paz, son sus refugios, sus santuarios, donde estarán a cubierto de toda alteración.
  Si algo de lo que vamos haciendo perturba la paz de nuestra alma, es mejor suspenderlo hasta consultar con quien debemos; ya que la paz es como la campana anunciadora de la buena senda y la intranquilidad, señal de un camino desviado. "La verdadera virtud anima, alienta, desea siem­pre adelantar, encuentra que no hace nada, pero no por eso pierde su paz interior. Todo movimien­to que inquieta al alma o que enflaquece en ella la esperanza de adquirir santidad, es infaliblemen­te del mal espíritu" (P. De La Colombiere).
  Para lograr esta paz hemos de tener presente, principalmente, que siempre debemos ocupar nues­tro lugar, señalado inequívocamente por el deber de estado conforme a la obediencia, profesión, em­pleo, cargo y situación de la vida, no queriendo le­vantarnos más allá de lo que conviene, sino conteniéndonos dentro de la moderación, según la me­dida de la fe y capacidad que Diosnos ha dado a cada uno, teniendo también ante nuestros ojos aquello que dice San Pablo: "que la paz de Dios que supera todo entendimiento, sea la guardiana de vuestras inteligencias y de vuestros corazones en Cristo Jesús" (Fil.4,7).

 

CAPÍTULO XIX

 

NUESTRAS FIESTAS

 

El porqué de nuestras fiestas

   La razón es obvia. Porque en ellas encontramos un motivo de renovar nuestro fervor y nuestros conocimientos, de avivar nuestra fe en la medita­ción y recordación de los misterios, de los hechos y de los ejemplos que nuestra Santa Madre la Igle­sia nos presenta y porque al rememorarlos cada año y constituir, como los diversos pasos de nues­tra "Vida de Consagración", nos dan ocasión para profundizar el sentido de nuestra entrega y de nues­tra vida interior, considerar nuestros progresos y nuestros defectos a la luz de esa misma entrega y de crecer en el amor de Jesús y de María. Como cada una de ellas lleva en sí la gracia del misterio o fiesta que se conmemora, hace que en espíritu participemos realmente y recibamos sus beneficios como los que estuvieron presentes en su realización y ya por el gozo, ya por el aliento, ya por la alegría que proporcionan son como un aliciente grande para seguir sin desmayos ni claudicaciones en el camino emprendido de nuestra entrega, que ciertamente necesita de estos "oasis" espirituales para refrigerio y ayuda en la difícil marcha de la conquista de nosotros mismos y del escalamiento de la vida interior. Estas fiestas debemos vivirlas en la sencillez de nuestro espíritu y en la entrega filial para encontrar en ellas, el gozo y la alegría de que hemos hablado. Podemos dividirlas en dos grupos: las grandes fiestas de la Iglesia y las nuestras ínti­mas y espirituales. Las primeras son aquellas que la Iglesia celebra con especial solemnidad en los grandes misterios y las segundas aquellas otras que han tenido una importancia capital para nosotros y han marcado o jalonado una etapa en nuestra vida. De ambas diremos algo brevemente.

 1º. Las grandes fiestas de la Iglesia

 Centro de nuestras fiestas

   La fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús, es nuestra fiesta central hacia la cual se orientan to­das las otras fiestas y fechas, porque si nos entre­gamos a Cristo, es para hacer nuestro corazón se­mejante a ese Corazón, si lo hacemos en la Sma. Virgen por el Espíritu Santo, es para que en Ella el Espíritu Santo como Maestro interior, nos en­señe a hacernos semejantes a Jesús; y si es bajo la mirada del Padre, es para que Él se complazca viendo en nosotros la imagen de su Hijo; y si nos entregamos al servicio del prójimo, es para que se vean realmente en nosotros las virtudes de su Corazón, y porque, en fin, queremos cumplir el fin de nuestra vida: la glorificación de Dios y nuestra semejanza con Cristo.
  Fiesta que lleva en sí, como término de ella, la recordación del Corazón Eucarístico, que nos mues­tra a este Corazón, vivo y palpitante en nosotros por medio de la comunión, y al que podemos hon­rar cada mañana en nuestro interior y sentirlo palpitar, si ello fuera posible, junto al nuestro para que nos transmita sus sentimientos y nos encien­da en el fuego que debe arder en él, para darlo a los demás y hacerlo carne en nuestra vida.

 Su coronamiento

   El coronamiento de todas nuestras fiestas, el fin de todas ellas, no puede ser sino uno solo: la de la Santísima Trinidad, porque esa es la aspiración total de nuestra vida de entrega: Dios poseído y amado por toda una eternidad. Por su gracia Cristo nos hace participar de la misma vida trinitaria, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, cuya participación procuramos vivir en "Nuestro Camino" y cuya unión comienza a través de la fe, de su inha­bitación en nosotros, aquí en la tierra, haciéndonos sus templos vivos y sagrarios vivientes.

 Su hogar

  Pero indudablemente hay una fiesta, grande en­tre las fiestas que caldea nuestro corazón para ce­lebrar todas las otras y que es como el hogar que mantiene encendido en el fervor año tras año nues­tro pecho, si la celebramos con toda fidelidad y hacemos su novena con verdadero fervor y sincero deseo de aprovechamiento y de crecer en la vida de unión con Dios: es la fiesta de PENTECOSTES. Además de la importancia que tiene, por la pre­ponderancia que le da la misma Iglesia, al man­darla celebrar todos los años, para nosotros ad­quiere una importancia particular no sólo por la realidad de la presencia del Espíritu Santo en nos­otros sino también por la entrega que le hemos hecho de nuestro corazón para que tome completa posesión de él. Es por lo tanto, una fiesta de unión, para que así como formó a Jesús en el seno de Ma­ría, así forme o modele nuestro corazón, en el co­razón de Ella, semejante al de Jesús. Fuego inte­rior, que a medida que crece y nos invade puri­fica el corazón y lo gobierna con sus dones y ma­nifiesta sus frutos. Fuego y hogar porque man­tiene encendido el fervor e insta al alma a un continuo adelantar y crecer en la gracia, mantenién­dola fiel a su entrega.

 El molde

  Y hay un retiro donde se viven todas estas fies­tas y en cuyo interior se mantiene la devoción: es el Corazón de nuestra Madre. Por ello la fiesta del CORAZON PURISIMO DE MARIA, es, bajo este aspecto, la principal de las fiestas de la San­tísima Virgen, por cuanto ese Corazón, junto con el de Jesús, constituyen nuestro tesoro, en donde hemos depositado todos nuestros bienes, todas nuestras esperanzas y todos nuestros deseos, y en ese molde se "vaciará" nuestro corazón para ase­mejarse al de Jesús.
  La preparación para esta fecha, tan grande en que la Iglesia hace renovar la Consagración del mundo a su Corazón Purísimo, comienza el 15 de agosto, día en que nuestra Madre, configurada perfectamente con Jesús, por su Resurrección y Asunción gloriosa, es llevada junto a la Trini­dad, para ejercer desde entonces su maternidad espiritual sobre todos sus hijos, ejercitar su "om­nipotencia suplicante" hasta el fin de los siglos y hacer de su Corazón como la caja de resonan­cia de las necesidades de todos sus hijos de la tierra.
  Este poder de mediación y de impetración lo ce­lebramos de una manera especial el día de María, Mediadora de todos las gracias, ya que fundados en su poderosa y omnipotente suplicante media­ción nosotros realizamos "Nuestra Consagración", esperando así realizar todo el programa de nuestra vida espiritual.

 El mes del Corazón de Jesús, el mes de María, y el mes de San José.

   Estos meses adquieren una especial significación porque cada uno de ellos nos enseña a conocer, amar e imitar mejor a Jesús, María y José para darles más nuestras vidas. Y si es cierto que  las fiestas señaladas por el ciclo litúrgico y el santo­ral, nos hacen revivir los distintos hechos de la vi­da de Jesús y de María, estos meses tienen la gra­cia especial de hacernos meditar de una manera particular lo interior de sus corazones y el móvil oculto de sus amores, sus ejemplos y virtudes, y nos hacen vivir por decirlo así, de una manera más íntima en su interior.

 Los tiempos litúrgicos

 Por ellos vivimos el espíritu de la Iglesia, y nos preparan para recibir mejor las gracias de unión, de penitencia y de glorificación, de las grandes so­lemnidades.

 2º. LAS FIESTAS ÍNTIMAS

  Las fiestas que forman el segundo grupo, hemos de celebradas con una solemnidad particular pa­ra nosotros, porque son algo muy íntimo nuestro y porque como decíamos más arriba, han marca­do una etapa de singular importancia en nuestra vida espiritual, dándole un sentido claro y una orientación cierta y definida. Son fiestas ilumina­das por un gozo muy particular y por una íntima alegría.

 El día de nuestro bautismo, porque la aplicación de la Redención, a nuestra vida, se realizó el día que nos bautizaron. Entonces El nos incorporó a su Cuerpo Místico para hacernos vivir su propia vida, formarnos a su semejanza, gozar de todos los privilegios de los hijos de Dios, darnos un Padre que está en los cielos "el cual es sobre todo y gobierna todas las cosas" (Ef.4,6); hacer un templo de nuestra alma al darnos su Espíritu y hacernos hijos de su misma Madre y hermanos suyos.

 El día de nuestra primera comunión: entonces El se nos dió totalmente, por vez primera, como prenda de una posesión absoluta, siempre que nosotros lo quisiéramos y no lo rechazáramos, porque ese momento señaló el comienzo de una nueva vi­da, que nosotros celebramos ahora, quizá no con la misma alegría sencilla y pureza de corazón de ese día, pero sí con un mayor conocimiento, de este don inefable que entrega totalmente a Jesús a nues­tra alma diaria o continuamente como ningún otro sacramento, y porque en ese día por pri­mera vez latió junto a nuestro corazón el Corazón de Jesús, que con los años nos había de llamar a imitarle y vivir su vida.

  El de Nuestra Consagración que es "nuestra Anunciación" y "nuestra Epifanía" nuestra estre­lla de Belén, que ha de alumbrar toda nuestra vi­da si somos fieles, y guiarnos por el camino segu­ro hacia la eternidad, y que nos ha de hacer re­vivir todas nuestras riquezas y vitalizar nuestros deseos de vivir en la plenitud, la gracia y la belleza a las que fuimos llamados por el Santo Bautismo.

  El Señor nos dé la gracia de que cada año, celebremos este aniversario con el mismo gozo con que hicimos nuestra entrega el día de nuestra Consa­gración y que cada año nos encuentre más dispues­tos a ser más de Jesús en el Corazón de nuestra Madre y más entregados a su amor.
  Y celebremos también el día de la Anunciación (25 de marzo) pues nuestra entrega nace a imi­tación del misterio que recordamos ese día, por­que la Encarnación nos habla de la donación to­tal de Jesús a María para que lo hiciera Jesús.
  Así nosotros a su imitación, el día de Nuestra Consagración nos entregamos a María para que Ella nos haga semejantes a Jesús, por la imita­ción de sus virtudes.
   Y como nos hemos puesto bajo la protección de San José, es justo que la Fiesta de su Patro­cinio, sea también nuestra fiesta, ya que en ella lo honraremos especialmente en su misión de protector y defensor y guardador del Cuerpo Mís­tico de su Hijo nutricio, del cual formamos parte. Y siendo, por lo tanto cada uno de nosotros miembros de Jesús, al cuidarnos, podemos decir, que cuida al mismo Jesús.

 Oración

   ¡Oh fiestas de nuestra Santa Madre la Iglesia! ¡Oh gozo anticipado de las fiestas del cielo! ¡Oh miel que endulza las amarguras de la vida y oasis que nos refresca en la lucha! Que vivamos según el espíritu de la Iglesia, que es el espíritu de Cristo, pues han sido inspiradas por su Espíritu; que invadan nuestra vida de su gozo y de su luz y llenen nuestro corazón de su esperanza. ¡Oh Santa Madre Iglesia! Haznos beber en tu seno purísimo este espíritu e inundar nuestras almas con tu vida, gozo verdadero, cielo anticipado, premio prometido.

 

CAPÍTULO XX

 

 UN SOLO CORAZON y UNA SOLA ALMA

 

 Todos unidos en su Corazón, como los Apóstoles y Discípulos junto a Ella, queremos seguir este ca­mino. Así como Cristo no vino sino por Ella, no es sino por Ella que queremos que venga nueva­mente a nuestros corazones, alejados como los de todos de la verdadera caridad del Evangelio, que es decir, su esencia misma. Y eso lo queremos apren­der en su Corazón. Como nos entregamos a Ella para que nos dé a Cristo, así nos entregamos a Ella para que nos dé la caridad, como lo hace la madre en el hogar, que es la que mantiene la unión y el amor de los hijos entre sí y el amor para con ella y el padre. Y así como el espíritu que anima nuestra "Vida de Consagración" es el entregamiento en un espíritu filial, el espíritu que anima nuestra vida de relación es la caridad, de modo que faltando ésta, falta el alma y no puede haber ya vida verdadera de unión en el Corazón de nuestra Madre.
  Y ese amor lo aprenderemos junto a la Eucaris­tía por la comunión diaria, o al menos si ello no fuera posible, por la comunión recibida lo más frecuentemente.
  Tenemos un solo corazón, el de nuestra Madre, donde hemos puesto el nuestro, para allí hacer co­mún todas nuestras cosas; un mismo espíritu que debe animar todos nuestros actos: el de la Consa­gración. Y así hacemos nuestro el consejo del Após­tol: "Reuníos en un mismo espíritu y corazón, vi­vid en paz y el Dios de la paz y de la caridad será en vosotros" (2Cor.13,2), "teniendo una misma caridad, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos. No ha­gáis nada por espíritu de rivalidad ni por vana­gloria; sino que cada uno con humildad, mire co­mo superiores a los otros, atendiendo cada cual no a sus propios intereses, sino a los que redunden en bien del prójimo" (Fil.2,2-5), "con toda humildad y man­sedumbre, con paciencia, soportándoos unos a otros con caridad, solícitos en conservar la unidad del espíritu con el vínculo de la paz; un solo cuer­po y un solo espíritu, así como fuisteis llamados a una esperanza en vuestra vocación" (Ef.4,2-4).

 Nuestro fin

   Nuestro fin, pues, es todo espiritual. Su desarro­llo y su fruto se manifestará en las obras de apos­tolado que realicemos, en la caridad, en el trabajo de cada día, en nuestra vida de hogar. Así vivire­mos cada vez más cristianamente la vida de fa­milia y del mundo, del trabajo y del apostolado; santificaremos antes que nada el hogar con nuestra vida de entregamiento y lo haremos un templo de amor, a semejanza del de Nazareth. Y nuestro tra­bajo, se convertirá en una fuente de méritos para el bien de los demás y pasaremos por este mundo, viviendo en medio de él, pero no siendo de él.

 Deseos

 "Quiera el Dios de la paciencia y de la consola­ción haceros la gracia de tener siempre los mismos sentimientos unos con otros según Jesucristo, a fin de que unánimes, a una misma boca, glorifiquéis a Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Por tanto soportaos los unos a los otros, así como Cris­to os ha soportado a vosotros para gloria de Dios" (Rom.15,5-7).

 PARA QUE TE DECIDAS...

  Te decía, lector amigo, en las primeras páginas de este trabajo que lo había escrito para que lo pensaras, lo meditaras, y te decidieras a una en­trega total a Cristo. Tus manos ya han dado vuelta sus páginas, tus ojos han descubierto un cami­no que no es nuevo, sino el mismo que abrió, co­mo dice San Grignion de Montfort, la Sabiduría Encarnada.Permíteme que ahora para dar el toque final a estas líneas traiga a tu consideración y re­flexión lo que un autor experimentado en vida espiritual ha escrito y te decidas a obrar en conse­cuencia.
  "Pasamos los años y aún la vida entera pensan­do si nos entregamos completamente a Dios o no. No podemos resolvernos a hacer el sacrificio completo. Nos reservamos muchas afecciones, proyec­tos, deseos, esperanzas, pretensiones, de las cuales no queremos despojarnos para colocarnos en la perfecta desnudez de espíritu, que nos dispone a ser plenamente poseídos de Dios. Son otros tantos lazos, con los cuales el enemigo nos tiene atados, para impedirnos avanzar en la perfección. Reco­noceremos el engaño a la hora de la muerte y sólo entonces comprenderemos que nos hemos dejado entretener con bagatelas, como niños".
  "Luchamos contra Dios durante años enteros, resistiendo a su gracia, que nos acosa interiormen­te para que dejemos una parte de nuestras mise­rias abandonados los vanos entretenimiento que nos sujetan y para que nos entreguemos a El sin reservas, ni demoras. Abrumados por nuestro amor propio, cegados por nuestra ignorancia, retenidos por falsos temores, no nos atrevemos a franquear el paso y por el temor de ser miserables permane­cemos siéndolo siempre, en vez de darnos plena­mente a Dios, que no quiere poseernos más que para librarnos de nuestras miserias".­
  Es necesario, pues, que renunciemos de una vez, a todos nuestros intereses y a nuestra voluntad pa­ra no depender más que de la voluntad de Dios y abandonarnos completamente en sus manos" (P. Luis Lallemant. Doctrina Espiritual), en el Corazón de nuestra Madre.
  En tu interior, o mejor en tu voluntad ha de na­cer, lector amigo la decisión de dar el paso, si es que te encuentras cómodo en este espíritu y ha señalado un ideal en tu vida. Créeme que no te arrepentirás, créeme que por el contrario bende­cirás toda tu vida al Señor y a la Virgenque te lo hayan hecho conocer y si eres fiel a tu entrega, tu canto perpetuo será el "Magníficat" de humilde alegría porque habrás encontrado el modo de ser de Dios y buscar tu transformación en Jesucristo.

 CONCLUSIÓN

  Narra el Santo Evangelio que un día los pasto­res de Belén, extasiados y admirados escucharon los cantos de unos ángeles que les invitaban a ir a ver al Redentor del mundo que acababa de na­cer. Con esa emoción que sólo se siente en esas circunstancias grandes de la vida, aquellos hombres sencillos, privilegiados de Dios, corrieron a la gruta de Belén y con el corazón palpitante por la alegría de esa hora, nos dice el Sagrado Texto, hallaron al Niño con María, su Madre y San José. Así tenemos que querer nosotros encontrar al Maestro en nuestra vida: con María, encerrados en su co­razón, como estuvo El los nueve meses que pasó en su seno; con María como en las bodas de Caná, cuando tengamos que hacer el bien; con María, en las horas de dolor junto a la Cruz, para poder pro­gresar en su intimidad, siempre bajo la protección de San José.
  Cuando en la "cuna" de este cuerpo hayamos llegado por María y José al grado de imitación que Dios quiso para cada uno de nosotros, cuan­do seamos hechos ya imagen y semejanza de Cris­to, y se acerque el fin, como llega para la fruta madura el tiempo de desprenderse del árbol que le dió vida, y cuando estos ojos, con que ahora leemos estas líneas, se cierren un día a las miserias y a las alegrías de esta vida y nuestra alma rompa las ataduras de este cuerpo, cuando por la misericor­dia de Dios, nos encontremos con el que siempre nos tuvimos que contentar con ver bajo los velos de la hostia, cuando nos encontremos también jun­to a Ella y a San José, entonces comenzará la vida de nuestra gloria que nunca pasa.
  Habíamos comenzado con la "Anunciación" de nuestra entrega, guió luego nuestros pasos la estrella de nuestra Consagración como una "Epifanía" a través de la existencia en medio de la increduli­dad del mundo, pasamos luego nuestro Calvario pequeño o grande, y llegó la hora de la hermana muerte.
  Entonces, si hemos sido fieles, mientras quizá algunos lloran de verdad junto a nuestros despo­jos, los ángeles del cielo en compañía de Jesús, María y José cantarán como junto a la cuna de Belén, dando gloria a Dios en las alturas, porque llega al cielo, al reino deseado, el hijo que el Pa­dre cubrió con su sombra y el Espíritu Santo san­tificó para vivir eternamente en su regazo y com­pañía. Y esto no es un sueño, o una fantasía, sino una esperanza cierta, porque si no esperamos es­tar con Cristo, para siempre: “vana es nuestra fe y sin sentido nuestra existencia y somos los más desgraciados de los hombres" (1Cor.15,14).

 

 

ESTE LIBRO se terminó de imprimir el 25 de Marzo de 1957, día de la Anunciación a Maria y de la Encarnación del Verbo, en los talleres gráficos de Ángel Domínguez e Hijo, 38 - 420, La Plata, Pcia. de Buenos Aires (Rep. Arg.)