Cenáculo de María-La Plata
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Pía Unión Cenáculo de María
El Amor de Cristo nos ha unido en el Corazón de nuestra Madre

CAPITULO XIV

 

   NUESTRO CAMINO  

(Al comenzar este capítulo es oportuno tener presente dos cosas. La primera, que está resumida la doctrina de nuestra situación con respecto a las Tres Divinas Perso­nas y nuestra colaboración con ellas en el plan de santi­ficación que representan en sus diversos aspectos en nues­tra vida espiritual, como así también hacia María y el prójimo. La segunda, que Dios mediante y con su gracia esto lo veremos por extenso en otro trabajo, necesario pa­ra vivir nuestra "Vida de Consagración" y que llevará por título "Nuestra vida diaria de Consagración").
 
 

   Hecha la Consagración, es decir nuestra entrega a María, a semejanza de Jesús, bajo la protección de San José, emprendamos nuestro camino hacia la verdadera vida que no es otra que la unión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, en medio de la Iglesia y el mundo y en contacto con el prójimo, para realizar así nuestro ideal de santidad. Este ca­mino, vivido de verdad, nos dará el exacto sentido de la vida espiritual y sobre todo nos librará de ilu­siones, (pues "alimentarse de ilusiones es la gran necesidad y la constante preocupación del interés personal"), para seguir al Maestro y transformar­nos en Él por la imitación.

  Mas el hecho de entregarnos no significa de nin­gún modo que ya nosotros no debamos hacer nada y esperarlo todo de Dios, en el corazón de nuestra Madre, lo cual sería quietismo, condenado por la Iglesia, sino que por el contrario debemos poner de nuestra parte todo cuanto buenamente podamos para que de nuestra colaboración amplia y de la impetración de nuestra Madre, vaya apareciendo, poco a poco en nosotros, la imagen del Maestro. "No, el Dios cristiano no quiere que sus adorado­res se adormezcan en un "nirvana" infecundo, en un quietismo espiritual que nos sustraiga de la lu­cha en el orden psicológico o en el social. Nuestro Dios es actividad substancial: quien a Él se une entra, en cierta manera, en la órbita de su actividad, empujado por el estímulo de su amor. El es quien "vino a poner fuego en la tierra, y no quiere sino que se abrace" (Lc.12,49): El manda, con imperio, a los obreros que vayan al trabajo de la viña: "id, y les increpa por su ociosidad, por qué estáis todo el día ociosos" (Mt.20,6). El quiere que sus discípulos, ya fati­gados, boguen aún mar adentro, y echen de nuevo una red que toda la noche cien veces habían sacado vacía (Lc.5,4-5). El dá a sus apóstoles el mandato per­petuo del trabajo múltiple: "Enseñad", "Bautizad", "Predicad", "Orad sin descanso", "Velad" (Gomá, obra citada. pág. 98.)
 
 Para que emprenderlo.
 
  Por la entrega buscamos la primera parte de la piedad, darnos todos al servicio del Señor para servirlo, adorado y glorificarlo y por nuestro camino realizamos la segunda que al convertir esa piedad en activa realidad, la iluminará por la verdad, y la hará manifiesta en obras, y no con amor de puras palabras. "Si pues, la perfección es un estado, un hábito, debe adquirirse por la repetición de actos, ya que todo hábito es fruto de la repetición de los actos. Luego sólo por la repetición frecuente de actos virtuosos llegaremos al estado de la virtud, o sea, a la perfección". "Actos, actos", nos dice el au­tor de la Práctica Progresiva de la confesión. He aquí el secreto, he aquí la necesidad! "El conoci­miento, la convicción sin la salvaguardia... facilitan el camino; pero el ejército que obtiene la victoria, son los actos; y sobre todo, los actos genero­sos; ellos son los que toman posesión de la plaza y entronizan en ella la virtud" (Lombardi. Obra citada, pág. 143).
  Dios se encargará, por su parte, ya haciéndonos fracasar, ya por los superiores, ya por las circunstan­cias, o por cualquier otro medio, de hacemos seguir el camino que Él quiere que sigamos, si es que somos fieles a nuestra entrega, para llenar, aquí en la tierra, la función a que Él ha querido desti­narnos desde toda la eternidad.
  Lo que Dios quiere que seamos no lo sabemos, como así tampoco el grado de gloria que quiere que alcancemos en el cielo; lo que importa, enton­ces, es sobre todo, la fidelidad a nuestra entrega, para que Él construya nuestra vida y nos trans­forme en Cristo; lo demás no interesa. Sabemos, cier­tamente, que si nosotros no fallamos, Dios no ha de fallar y andaremos por camino seguro en busca de nuestra perfección y de nuestra unión con Él, en el corazón de nuestra Madre. (Si insistimos tanto en poner como término "El Co­razón de nuestra Madre", es porque la vida del Consagrado, por su entrega y su unión con Jesús se desarrolla en el co­razón de la Virgen donde vive, donde obra y crece en la perfección y santidad, entregado a su amor).

 Nuestro primer paso y nuestra ubicación.

   Y como para formar a Jesús en nosotros, en el co­razón de la Virgen, no vamos a hacer otra cosa sino "seguir los pasos que siguió el Maestro, unidos a Él como a nuestra raíz y edificados sobre El, con­firmados en la fe, creciendo más y más en ella en acciones de gracias" (Col.2,6-7) será nuestro primer paso, "abrazar la cruz de cada día para poder ser sus dis­cípulos" (Lc.14,27) y "seguirle por el camino que es estre­cho y conduce a la puerta angosta" (Mt.7,13-14), iluminados únicamente por la fe, la confianza y el abandono, y situarnos así, desde el primer momento, en el mismo plano desde el cual Cristo contempló las cosas de este mundo y nos enseña a mirarlas.

 1º) CON RESPECTO AL PADRE

  No buscando sino su gloria y el cumplimiento de su santa voluntad, sabiendo que "en Él vivimos, nos movemos y somos y que está dando a todos la vida, el aliento y todas las cosas" (Hch.17,25-28) y que "si vivimos, para Él vivimos, y que si morimos, para El morimos, porque para este fin murió Cristo, para adquirir dominio sobre vivos y muertos" (Rom.14,8-9), para lo cual hagamos intención, y ésto de una vez para siempre, de no hacer nada que no sea en el Corazón de laVirgen, bajo la protección de San José, por amor y para mayor gloria y alabanza de Dios, por nues­tra unión con Jesús, teniendo por robo el no hacer­lo así, pues "tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único para que todo aquel que cree en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn.3,16).

 Voluntad manifestada

  Y para cumplir perpetuamente con la voluntad del Padre y "seamos perfectos y conozcamos bien lo que Dios quiere" (Col.4,12), es necesario ante todas las cosas pedir la gracia de una pronta obediencia a los preceptos de las leyes, es decir, a los mandamientos que Dios Nuestro Señor nos ha dado, a los precep­tos de la Iglesia, y a los consejos del Evangelio que se apliquen a nuestro estado, a las secretas inspira­ciones del Espíritu Santo, a las ordenaciones de la Iglesia y a todos los Superiores, como así también a todos aquellos que estén en su lugar, pero principal­mente, para cumplir su santa voluntad, por la in­molación obscura en el cumplimiento de las obliga­ciones del propio estado.

 Voluntad manifestada por las circunstancias.

  Hemos de pedir además la gracia de ver su vo­luntad de beneplácito en todas las circunstancias de la vida, alegres o tristes, en la salud o enfermedad, en los tratos del prójimo, del clima y de todo lo que nos sobrevenga, conformándonos y aceptándonos tales como somos, aceptando con corazón humillado nuestras faltas y defectos, sintiendo con el Apóstol que "todo es para nuestro bien y que nada puede separamos, si nosotros no queremos, del amor de Dios, que se funda en Cristo Jesús, ya que Él está de nuestra parte, puesto que no perdonó ni a su propio Hijo por nuestro amor" (Rom.8,32-39). Y que a su ejemplo, en fin, comprendamos que nuestra comida es hacer su voluntad en el abandono más completo, viviéndola en su presencia, recibiéndolo todo con acciones de gracias por el mismo Cristo Nuestro Se­ñor, humillándonos a nosotros mismos y haciéndo­nos a su imitación obedientes hasta la muerte y muerte de Cruz del propio yo.

 2º) CON RESPECTO AL MISMO CRISTO

 Viviendo en El.

   Como Él quiere que seamos con El, "teniendo en nuestros corazones los mismos sentimientos que tu­vo el suyo" (Fil.2,5), "de modo que nuestro vivir sea Él, morir a nosotros mismos, nuestro galardón" (Fil.1,21) y así ya, "no seamos nosotros quienes vivamos sino Él quien viva en nosotros" (Gal.2,2) por la fe y la gracia y la manifestación de sus virtudes en nuestra vida y no "queramos gloriarnos en otra cosa sino en Él y en Él crucificado, para lo cual estaremos crucificados a nosotros mismo en Él, con nuestros vicios y concupiscencias y nuestro yo" (Gal.5,24) y "todo lo tendre­mos por estiércol para ganarle" (Fil.3,9) estando "el mun­do crucificado para nosotros como nosotros para el mundo" (Gal.6,14) y "nuestra vida escondida con Cristo en Dios (Col.3,3) y "la vivamos en la fe de Él, que nos amó y se entregó a la muerte por nosotros" (Gal.2,20).

 Porque sin Él nada podemos.

   Ya que "en Él habita la plenitud de la divinidad y es Cabeza de su cuerpo, que es la Iglesia, del cual nosotros somos miembros los unos de los otros" (Col.2,9), que "debemos estar unidos a Él como el sarmiento a la vid, para no ser con Él sino una sola cosa y poder dar mucho fruto, ya que sin Él nada podemos" (Jn.15,5) "ni siquiera decir su nombre sino en su espíritu" (1Cor.12,3).
  Lo necesitamos como el aire que respiramos, co­mo cada latido de nuestro corazón para poder vi­vir en gracia y hacer el bien. Unidos a Él, "todo lo podemos en Él que nos conforta con su gracia" (Fil.4,13) y nada nos puede separar de su amor: ni la tribula­ción, ni la angustia, ni el hambre, ni el riesgo, ni la persecución, ni los trabajos, ni el mundo, ni las ten­taciones de este cuerpo de muerte, pues aunque cada día seamos entregados en medio del mal y de las tentaciones, sabemos que de todo triunfaremos, si somos fieles a su gracia, por la virtud de Él, que nos amó" (Rom.8,35-39).

 Cómo portarnos

   Por lo cual debemos portarnos en medio del mundo, en nuestro hogar, en nuestro trabajo, en nuestro apostolado y en todas las cosas, como deben portarse sus discípulos, viviendo la voluntad del Padre, según hemos dicho, "con mucha pacien­cia en medio de las tribulaciones, de las necesida­des, de las angustias, de los trabajos; con pureza, con doctrina, (conociéndola), con longanimidad, con mansedumbre, con el Espíritu Santo, (siendo sus templos y fieles a sus inspiraciones), con caridad sincera, con palabras de verdad (desterrando toda mentira o engaño de nuestros labios), con for­taleza de Dios (apoyándonos en Él), con las armas de la justicia a diestra y a siniestra (procurando ser ecuánimes en todo y con todos), en medio de honras y deshonras, de infamias y de buena fama y en todas las circunstancias de la vida" (2Cor.6,4 y sig.).

 En qué gloriarnos

   Por lo que no "debemos querer gloriarnos ni sentir alegría sino en nuestras flaquezas, en las en­fermedades, en las angustias, en las persecuciones, en que nos veamos por amor de Cristo" (2Cor.12,5-10), como así también en todas las miserias interiores y exte­riores en que nos hallemos envueltos: como falta de entendimiento, incapacidad, imprudencias, ten­taciones, etc., sabiendo que ésto es lo único nuestro propio y que la "paciencia perfecciona la obra de nuestra santificación, para que seamos perfectos y cabales sin faltar en cosa alguna" (Sgo.1,4), para que "brille más y más la gracia de Dios en nosotros y cuando nos sintamos más débiles, más fuertes seamos, no nosotros, sino su gracia en nosotros" (2Cor.12,10), recordando que "por nosotros mismos no somos ca­paces de tener un pensamiento sobrenatural bueno como si fuese de nosotros mismos, sino que toda nuestra suficiencia nos viene de Dios" (2Cor.3,4-5) y que ni plantando ni regando somos algo, sino que es Él quien dá el incremento y el fruto" (1Cor.3,7).

 3º) CON EL ESPIRITU SANTO

    Tratemos de vivir como Cristo Jesús, en una en­trega total a Él y a sus inspiraciones, no queriendo contrariarle en nada, renunciando a cualquier de­seo, pensamiento y obra que sea nuestra para no querer sino lo que Él quiera, dejándonos guiar en todo completamente por Él, a cuyo fin, procurare­mos obedecer fielmente a sus inspiraciones, ponién­donos en sus manos "tanquam tabula rasa" (Significa que nos tenemos que poner en sus manos como una pizarra en la cual no hay nada escrito, para que El, como Maestro interior, nos enseñe como niños en nues­tra vida espiritual y escriba la página de nuestra vida).
  Que gima dentro de nosotros con gemidos ine­narrables para que sepamos hablar con nuestro Pa­dre que está en los Cielos y pedirle lo que necesi­tamos, sintiéndonos un templo donde Él habita.
  Que prosperen en nosotros sus dones, (por un dominio cada vez mayor de su influencia en nues­tra vida, y una purificación activa de nosotros mis­mos como colaboración a su obra), así como la fe, la esperanza y la caridad, para que vayan madu­rando en nosotros, los frutos de su presencia y de su gracia, "la caridad, la alegría, la paciencia, la longanimidad, la dulzura, la bondad, la benevolen­cia, la fidelidad, la modestia, la continencia, la cas­tidad (Gal.5,22) y mientras oramos en su unión, todo nues­tro ser, "se vaya transformando, en el Corazón de nuestra Madre, en la imagen de Jesús y que por el mismo espíritu se vuelva en nosotros cada vez más y más resplandeciente" (2Cor.3,18).

 4º) CON LA IGLESIA Y CON EL PROJIMO

  Esta vida de cristianos se debe desarrollar en medio del mundo y de la Iglesia. Entonces, para que sepamos preservarnos del primero y vivir la vida de la segunda, procuremos, allí donde la vo­luntad del Padre nos coloque, hacer fructificar los talentos que Él nos ha dado dentro de la vocación a que Dios, en sus indescifrables designios nos ha llamado, en el cumplimiento exacto de las obliga­ciones del propio estado, debiendo ser en ese sitio al mismo tiempo, instrumentos de las misericor­dias del Padre derramando el bien a nuestro alre­dedor.

 Vivir la vida de la Iglesia

  "Si nuestra vida se debe desarrollar en la Iglesia, con la Iglesia y por la Iglesia y en medio del mun­do, a ejemplo del Maestro, amemos aquella y sacrifiquémonos por Ella, sintiendo sus dolores y go­zándonos en sus alegrías, conociendo su doctrina, obedeciendo sus mandatos y sus leyes, viviendo su espíritu.
  Debemos pedir la gracia de un amor inmenso al "dulce Cristo en la tierra": nuestro Papa. De­bemos amar igualmente y reverenciar a los Obis­pos y Sacerdotes, a los misioneros, a las órdenes y congregaciones religiosas de ambos sexos, a la Ac­ción Católica y a todas las instituciones nacidas en el seno de la Iglesia. Pidamos nos dé verdadero espíritu católico y misionero, abierto a todas las manifestaciones de la verdad y del amor y desee­mos verla implantada en todas partes, triunfante y hermosa.
  Amemos su liturgia y vivamos diariamente nues­tra misa ofrecida en unión del sacerdote, de modo que ofreciendo junto con él al Cristo incruento, nosotros, transformados en Él por la comunión, seamos los cristos cruentos que se sacrifican por sus hermanos y se dan en alimento, como Él por la Eucaristía. Y haciéndonos todo para todos, pa­ra salvarlos a todos, hagamos lo que Él hizo, lle­vando si fuere posible, al heroísmo, el mandamien­to de amor según sus palabras: "Nadie ama más que aquel que da la vida por sus hermanos" (Jn.15,13).

 Al servicio del prójimo

   Y nuestra vida se ha de ir consumiendo al ser­vicio del prójimo, para que "mientras en nosotros la muerte por medio del tiempo, las enfer­medades, los trabajos y los años, va manifestan­do sus efectos, en los demás se manifieste la vida de la gracia".
  Y nada haremos para los hombres, sino todo por Cristo, viéndolo multiplicado en todos como en las hostias, estando continuamente en su presencia y haciendo que Él por nosotros pueda pasar nueva­mente por el mundo haciendo el bien. Le daremos de comer en el hambriento, de beber en el sediento, le vestiremos en el desnudo, nos alegraremos en Él, con el que está alegre y nos entristeceremos con Él en el que está triste. Le visitaremos en el enfermo, y en todo lo veremos y lo serviremos a semejanza suya, que siendo Maestro y Señor, nos dió ejemplo de lo que hemos de hacer: "A todo el que pida dale" (Mat.5,42), pero procurando poner en todo esa prudencia que nace de la caridad y que hace que ésta no se haga molesta.

 Como tratarlo

   Por eso debemos pedir también al Maestro, en el corazón de nuestra Madre, la gracia de "ser sufridos y bienhechores, no envidiosos y que no obremos precipitadamente, que no seamos sober­bios ni ambiciosos, que no nos irritemos ni pense­mos mal, que no nos alegremos en la injusticia y nos complazcamos sí, en la verdad: que a todo nos acomodemos, que todo lo creamos, que todo lo espe­remos y todo lo soportemos" (1Cor 13), que tratemos a todos como miembros de Cristo y templos del Es­píritu Santo, y "que viendo nuestras obras buenas glorifiquen al Padre que está en los Cielos" (1P.2,12) y así nos sintamos verdaderos discípulos del Señor, ya que en esto se conocerá si lo somos: en el amor que nos tenemos los unos a los otros.
  Le demostraremos a Jesús de este modo que lo amamos, pues el que lo ama, guarda sus manda­mientos y Él nos ha dado éste: "de amarnos los unos a los otros, como Él nos amó" (Jn.13,34) "y tenemos este mandamiento de Dios: que quien ama a Dios, ame también a su hermano" (1Jn.4,21).

 Invocación

  Después de ver en qué consiste " La Verdadera Vida" a través de "Nuestro Camino", y sentir an- te él nuestra pequeñez, pero comprendiendo, des­pués de haberlo leído, que la piedad tiene como fin: "crecer en Dios por Jesucristo; o mejor, cre­cer en Jesucristo para gloria de Dios" (Tissot) y que ello lo obtendremos a través de "Nuestra Vida de Consagración", sólo nos queda decir con el Pa­dre De la Colombiere: "Vos lo haréis todo Divino Corazón de Jesucristo; Vos sólo tendréis toda la gloria de mi santificación, (en el corazón de nues­tra Madre, añadimos), si me hago, santo. Lo veo más claro que la luz del día, será para Vos una gran gloria, por esto solamente quiero desear y de­seo aún mi propia santificación".