Hecha
la Consagración, es decir nuestra entrega a María, a semejanza de Jesús,
bajo la protección de San José, emprendamos nuestro camino hacia la
verdadera vida que no es otra que la unión con Dios Padre, Hijo y
Espíritu Santo, en medio de
la Iglesia y el mundo y en contacto con el prójimo, para realizar
así nuestro ideal de santidad. Este camino, vivido de verdad, nos dará
el exacto sentido de la vida espiritual y sobre todo nos librará de
ilusiones, (pues "alimentarse de ilusiones es la gran necesidad y la
constante preocupación del interés personal"), para seguir al Maestro y
transformarnos en Él por la imitación.
Mas el hecho de entregarnos no
significa de ningún modo que ya nosotros no debamos hacer nada y
esperarlo todo de Dios, en el corazón de nuestra Madre, lo cual sería
quietismo, condenado por
la Iglesia, sino que por el contrario debemos poner de nuestra parte
todo cuanto buenamente podamos para que de nuestra colaboración amplia
y de la impetración de nuestra Madre, vaya apareciendo, poco a poco en
nosotros, la imagen del Maestro. "No, el Dios cristiano no quiere que
sus adoradores se adormezcan en un "nirvana" infecundo, en un
quietismo espiritual que nos sustraiga de la lucha en el orden
psicológico o en el social. Nuestro Dios es actividad substancial:
quien a Él se une entra, en cierta manera, en la órbita de su
actividad, empujado por el estímulo de su amor. El es quien "vino a
poner fuego en la tierra, y no quiere sino que se abrace"
(Lc.12,49): El manda, con imperio, a los obreros que vayan al trabajo
de la viña: "id, y les increpa por su ociosidad, por qué estáis todo el
día ociosos" (Mt.20,6). El quiere que sus discípulos, ya fatigados,
boguen aún mar adentro, y echen de nuevo una red que toda la noche cien
veces habían sacado vacía (Lc.5,4-5). El dá a sus apóstoles el mandato
perpetuo del trabajo múltiple: "Enseñad", "Bautizad", "Predicad",
"Orad sin descanso", "Velad" (Gomá, obra citada. pág. 98.)
Para que emprenderlo.
Por la entrega buscamos la
primera parte de la piedad, darnos todos al servicio del Señor para
servirlo, adorado y glorificarlo y por nuestro camino realizamos la
segunda que al convertir esa piedad en activa realidad, la iluminará
por la verdad, y la hará manifiesta en obras, y no con amor de puras
palabras. "Si pues, la perfección es un estado, un hábito, debe
adquirirse por la repetición de actos, ya que todo hábito es fruto de
la repetición de los actos. Luego sólo por la repetición frecuente de
actos virtuosos llegaremos al estado de la virtud, o sea, a la
perfección". "Actos, actos", nos dice el autor de
la Práctica Progresiva de la confesión. He aquí el secreto, he aquí la
necesidad! "El conocimiento, la convicción sin la salvaguardia...
facilitan el camino; pero el ejército que obtiene la victoria, son los
actos; y sobre todo, los actos generosos; ellos son los que toman
posesión de la plaza y entronizan en ella la virtud" (Lombardi. Obra
citada, pág. 143).
Dios se encargará, por su parte,
ya haciéndonos fracasar, ya por los superiores, ya por las
circunstancias, o por cualquier otro medio, de hacemos seguir el
camino que Él quiere que sigamos, si es que somos fieles a nuestra
entrega, para llenar, aquí en la tierra, la función a que Él ha querido
destinarnos desde toda la eternidad.
Lo que Dios quiere que seamos no
lo sabemos, como así tampoco el grado de gloria que quiere que
alcancemos en el cielo; lo que importa, entonces, es sobre todo, la
fidelidad a nuestra entrega, para que Él construya nuestra vida y nos
transforme en Cristo; lo demás no interesa. Sabemos, ciertamente, que
si nosotros no fallamos, Dios no ha de fallar y andaremos por camino
seguro en busca de nuestra perfección y de nuestra unión con Él, en el
corazón de nuestra Madre. (Si insistimos tanto en poner como término
"El Corazón de nuestra Madre", es porque la vida del Consagrado, por
su entrega y su unión con Jesús se desarrolla en el corazón de
la Virgen donde vive, donde obra y crece en la perfección y santidad, entregado a su amor).
Nuestro primer paso y nuestra ubicación.
Y como para formar a Jesús en nosotros, en el corazón de
la Virgen, no vamos a hacer otra cosa sino "seguir los pasos que
siguió el Maestro, unidos a Él como a nuestra raíz y edificados sobre
El, confirmados en la fe, creciendo más y más en ella en acciones de
gracias" (Col.2,6-7) será nuestro primer paso, "abrazar la cruz de cada
día para poder ser sus discípulos" (Lc.14,27) y "seguirle por el
camino que es estrecho y conduce a la puerta angosta" (Mt.7,13-14),
iluminados únicamente por la fe, la confianza y el abandono, y
situarnos así, desde el primer momento, en el mismo plano desde el cual
Cristo contempló las cosas de este mundo y nos enseña a mirarlas.
1º) CON RESPECTO AL PADRE
No buscando sino su gloria y el
cumplimiento de su santa voluntad, sabiendo que "en Él vivimos, nos
movemos y somos y que está dando a todos la vida, el aliento y todas
las cosas" (Hch.17,25-28) y que "si vivimos, para Él vivimos, y que si
morimos, para El morimos, porque para este fin murió Cristo, para
adquirir dominio sobre vivos y muertos" (Rom.14,8-9), para lo cual
hagamos intención, y ésto de una vez para siempre, de no hacer nada
que no sea en el Corazón de laVirgen, bajo la protección de San José,
por amor y para mayor gloria y alabanza de Dios, por nuestra unión con
Jesús, teniendo por robo el no hacerlo así, pues "tanto amó Dios
al mundo que envió a su Hijo único para que todo aquel que cree en Él
no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn.3,16).
Voluntad manifestada
Y para
cumplir perpetuamente con la voluntad del Padre y "seamos perfectos y
conozcamos bien lo que Dios quiere" (Col.4,12), es necesario ante todas
las cosas pedir la gracia de una pronta obediencia a los preceptos de
las leyes, es decir, a los mandamientos que Dios Nuestro Señor nos ha
dado, a los preceptos de
la Iglesia, y a los consejos del Evangelio que se apliquen a nuestro
estado, a las secretas inspiraciones del Espíritu Santo, a las
ordenaciones de
la Iglesia y a todos los Superiores, como así también a todos
aquellos que estén en su lugar, pero principalmente, para cumplir su
santa voluntad, por la inmolación obscura en el cumplimiento de las
obligaciones del propio estado.
Voluntad manifestada por las circunstancias.
Hemos de
pedir además la gracia de ver su voluntad de beneplácito en todas las
circunstancias de la vida, alegres o tristes, en la salud o enfermedad,
en los tratos del prójimo, del clima y de todo lo que nos sobrevenga,
conformándonos y aceptándonos tales como somos, aceptando con corazón
humillado nuestras faltas y defectos, sintiendo con el Apóstol que
"todo es para nuestro bien y que nada puede separamos, si nosotros no
queremos, del amor de Dios, que se funda en Cristo Jesús, ya que Él
está de nuestra parte, puesto que no perdonó ni a su propio Hijo por
nuestro amor" (Rom.8,32-39). Y que a su ejemplo, en fin, comprendamos
que nuestra comida es hacer su voluntad en el abandono más completo, viviéndola en su presencia, recibiéndolo
todo con acciones de gracias por el mismo Cristo Nuestro Señor,
humillándonos a nosotros mismos y haciéndonos a su imitación
obedientes hasta la muerte y muerte de Cruz del propio yo.
2º) CON RESPECTO AL MISMO CRISTO
Viviendo en El.
Como Él
quiere que seamos con El, "teniendo en nuestros corazones los mismos
sentimientos que tuvo el suyo" (Fil.2,5), "de modo que nuestro vivir
sea Él, morir a nosotros mismos, nuestro galardón" (Fil.1,21) y así ya,
"no seamos nosotros quienes vivamos sino Él quien viva en nosotros"
(Gal.2,2) por la fe y la gracia y la manifestación de sus virtudes en
nuestra vida y no "queramos gloriarnos en otra cosa sino en Él y en Él
crucificado, para lo cual estaremos crucificados a nosotros mismo en
Él, con nuestros vicios y concupiscencias y nuestro yo" (Gal.5,24) y
"todo lo tendremos por estiércol para ganarle" (Fil.3,9) estando "el
mundo crucificado para nosotros como nosotros para el mundo"
(Gal.6,14) y "nuestra vida escondida con Cristo en Dios (Col.3,3) y "la
vivamos en la fe de Él, que nos amó y se entregó a la muerte por
nosotros" (Gal.2,20).
Porque sin Él nada podemos.
Ya que "en Él habita la plenitud de la divinidad y es Cabeza de su cuerpo, que es
la Iglesia, del cual nosotros somos miembros los unos de los otros"
(Col.2,9), que "debemos estar unidos a Él como el sarmiento a la vid,
para no ser con Él sino una sola cosa y poder dar mucho fruto, ya que
sin Él nada podemos" (Jn.15,5) "ni siquiera decir su nombre sino en su
espíritu" (1Cor.12,3).
Lo necesitamos como el aire que
respiramos, como cada latido de nuestro corazón para poder vivir en
gracia y hacer el bien. Unidos a Él, "todo lo podemos en Él que nos
conforta con su gracia" (Fil.4,13) y nada nos puede separar de su amor:
ni la tribulación, ni la angustia, ni el hambre, ni el riesgo, ni la
persecución, ni los trabajos, ni el mundo, ni las tentaciones de este
cuerpo de muerte, pues aunque cada día seamos entregados en medio del
mal y de las tentaciones, sabemos que de todo triunfaremos, si somos
fieles a su gracia, por la virtud de Él, que nos amó" (Rom.8,35-39).
Cómo portarnos
Por lo cual
debemos portarnos en medio del mundo, en nuestro hogar, en nuestro
trabajo, en nuestro apostolado y en todas las cosas, como deben
portarse sus discípulos, viviendo la voluntad del Padre, según hemos
dicho, "con mucha paciencia en medio de las tribulaciones, de las
necesidades, de las angustias, de los trabajos; con pureza, con
doctrina, (conociéndola), con longanimidad, con mansedumbre, con el
Espíritu Santo, (siendo sus templos y fieles a sus inspiraciones), con
caridad sincera, con palabras de verdad (desterrando toda mentira o
engaño de nuestros labios), con fortaleza de Dios (apoyándonos en Él),
con las armas de la justicia a diestra y a siniestra (procurando ser
ecuánimes en todo y con todos), en medio de honras y deshonras, de
infamias y de buena fama y en todas las circunstancias de la vida"
(2Cor.6,4 y sig.).
En qué gloriarnos
Por lo que
no "debemos querer gloriarnos ni sentir alegría sino en nuestras
flaquezas, en las enfermedades, en las angustias, en las
persecuciones, en que nos veamos por amor de Cristo" (2Cor.12,5-10),
como así también en todas las miserias interiores y exteriores en que
nos hallemos envueltos: como falta de entendimiento, incapacidad,
imprudencias, tentaciones, etc., sabiendo que ésto es lo único nuestro
propio y que la "paciencia perfecciona la obra de nuestra
santificación, para que seamos perfectos y cabales sin faltar en cosa
alguna" (Sgo.1,4), para que "brille más y más la gracia de Dios en
nosotros y cuando nos sintamos más débiles, más fuertes seamos, no
nosotros, sino su gracia en nosotros" (2Cor.12,10), recordando que "por
nosotros mismos no somos capaces de tener un pensamiento sobrenatural
bueno como si fuese de nosotros mismos, sino que toda nuestra
suficiencia nos viene de Dios" (2Cor.3,4-5) y que ni plantando ni
regando somos algo, sino que es Él quien dá el incremento y el fruto"
(1Cor.3,7).
3º) CON EL ESPIRITU SANTO
Tratemos
de vivir como Cristo Jesús, en una entrega total a Él y a sus
inspiraciones, no queriendo contrariarle en nada, renunciando a
cualquier deseo, pensamiento y obra que sea nuestra para no querer
sino lo que Él quiera, dejándonos guiar en todo completamente por Él, a
cuyo fin, procuraremos obedecer fielmente a sus inspiraciones,
poniéndonos en sus manos "tanquam tabula rasa" (Significa que nos
tenemos que poner en sus manos como una pizarra en la cual no hay nada
escrito, para que El, como Maestro interior, nos enseñe como niños en
nuestra vida espiritual y escriba la página de nuestra vida).
Que gima dentro de nosotros con
gemidos inenarrables para que sepamos hablar con nuestro Padre que
está en los Cielos y pedirle lo que necesitamos, sintiéndonos un
templo donde Él habita.
Que prosperen en nosotros sus
dones, (por un dominio cada vez mayor de su influencia en nuestra
vida, y una purificación activa de nosotros mismos como colaboración a
su obra), así como la fe, la esperanza y la caridad, para que vayan
madurando en nosotros, los frutos de su presencia y de su gracia, "la
caridad, la alegría, la paciencia, la longanimidad, la dulzura, la
bondad, la benevolencia, la fidelidad, la modestia, la continencia, la
castidad (Gal.5,22) y mientras oramos en su unión, todo nuestro ser,
"se vaya transformando, en el Corazón de nuestra Madre, en la imagen de
Jesús y que por el mismo espíritu se vuelva en nosotros cada vez más y
más resplandeciente" (2Cor.3,18).
4º) CON
LA IGLESIA Y CON EL PROJIMO
Esta vida de cristianos se debe desarrollar en medio del mundo y de
la Iglesia. Entonces, para que sepamos preservarnos del primero y vivir la
vida de la segunda, procuremos, allí donde la voluntad del Padre nos
coloque, hacer fructificar los talentos que Él nos ha dado dentro de la
vocación a que Dios, en sus indescifrables designios nos ha llamado, en
el cumplimiento exacto de las obligaciones del propio estado, debiendo
ser en ese sitio al mismo tiempo, instrumentos de las misericordias
del Padre derramando el bien a nuestro alrededor.
Vivir la vida de
la Iglesia
"Si nuestra vida se debe desarrollar en
la Iglesia, con
la Iglesia y por
la Iglesia y en medio del mundo, a ejemplo del Maestro, amemos aquella y sacrifiquémonos por Ella, sintiendo sus dolores y gozándonos en sus alegrías, conociendo su doctrina, obedeciendo sus mandatos y sus leyes, viviendo su espíritu.
Debemos pedir la gracia de un
amor inmenso al "dulce Cristo en la tierra": nuestro Papa. Debemos
amar igualmente y reverenciar a los Obispos y Sacerdotes, a los
misioneros, a las órdenes y congregaciones religiosas de ambos sexos, a
la Acción Católica y a todas las instituciones nacidas en el seno de
la Iglesia. Pidamos nos dé verdadero espíritu católico y misionero, abierto a
todas las manifestaciones de la verdad y del amor y deseemos verla
implantada en todas partes, triunfante y hermosa.
Amemos su liturgia y vivamos
diariamente nuestra misa ofrecida en unión del sacerdote, de modo que
ofreciendo junto con él al Cristo incruento, nosotros, transformados en
Él por la comunión, seamos los cristos cruentos que se sacrifican por
sus hermanos y se dan en alimento, como Él por
la Eucaristía. Y haciéndonos todo para todos, para salvarlos a todos,
hagamos lo que Él hizo, llevando si fuere posible, al heroísmo, el
mandamiento de amor según sus palabras: "Nadie ama más que aquel que
da la vida por sus hermanos" (Jn.15,13).
Al servicio del prójimo
Y nuestra
vida se ha de ir consumiendo al servicio del prójimo, para que
"mientras en nosotros la muerte por medio del tiempo, las
enfermedades, los trabajos y los años, va manifestando sus efectos,
en los demás se manifieste la vida de la gracia".
Y nada haremos para los hombres,
sino todo por Cristo, viéndolo multiplicado en todos como en las
hostias, estando continuamente en su presencia y haciendo que Él por
nosotros pueda pasar nuevamente por el mundo haciendo el bien. Le
daremos de comer en el hambriento, de beber en el sediento, le
vestiremos en el desnudo, nos alegraremos en Él, con el que está alegre
y nos entristeceremos con Él en el que está triste. Le visitaremos en
el enfermo, y en todo lo veremos y lo serviremos a semejanza suya, que
siendo Maestro y Señor, nos dió ejemplo de lo que hemos de hacer: "A
todo el que pida dale" (Mat.5,42), pero procurando poner en todo esa
prudencia que nace de la caridad y que hace que ésta no se haga molesta.
Como tratarlo
Por eso
debemos pedir también al Maestro, en el corazón de nuestra Madre, la
gracia de "ser sufridos y bienhechores, no envidiosos y que no obremos
precipitadamente, que no seamos soberbios ni ambiciosos, que no nos
irritemos ni pensemos mal, que no nos alegremos en la injusticia y nos
complazcamos sí, en la verdad: que a todo nos acomodemos, que todo lo
creamos, que todo lo esperemos y todo lo soportemos" (1Cor 13), que
tratemos a todos como miembros de Cristo y templos del Espíritu Santo,
y "que viendo nuestras obras buenas glorifiquen al Padre que está en
los Cielos" (1P.2,12) y así nos sintamos verdaderos discípulos del
Señor, ya que en esto se conocerá si lo somos: en el amor que nos
tenemos los unos a los otros.
Le demostraremos a Jesús de este
modo que lo amamos, pues el que lo ama, guarda sus mandamientos y Él
nos ha dado éste: "de amarnos los unos a los otros, como Él nos amó"
(Jn.13,34) "y tenemos este mandamiento de Dios: que quien ama a Dios,
ame también a su hermano" (1Jn.4,21).
Invocación
Después de ver en qué consiste "
La Verdadera Vida" a través de "Nuestro Camino", y sentir an- te él nuestra
pequeñez, pero comprendiendo, después de haberlo leído, que la piedad
tiene como fin: "crecer en Dios por Jesucristo; o mejor, crecer en
Jesucristo para gloria de Dios" (Tissot) y que ello lo obtendremos a
través de "Nuestra Vida de Consagración", sólo nos queda decir con el
Padre De
la Colombiere: "Vos lo haréis todo Divino Corazón de Jesucristo; Vos
sólo tendréis toda la gloria de mi santificación, (en el corazón de
nuestra Madre, añadimos), si me hago, santo. Lo veo más claro que la
luz del día, será para Vos una gran gloria, por esto solamente quiero
desear y deseo aún mi propia santificación".