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Pía Unión Cenáculo de María
El Amor de Cristo nos ha unido en el Corazón de nuestra Madre

ORACIONES

 ¡ Danos, Señor, santas vocaciones sacerdotales, religiosas y de almas consagradas. Señor: aumenta nuestro número!.
 
POR LAS VOCACIONES DEL INSTITUTO
SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS
1º de Octubre

 
RECEMOS  TODOS LOS   DIAS LA 
  
 
           
 
 



                                     PARA VOS,...QUE QUERÉS SABER QUÉ ES EL
"CENÁCULO DE MARÍA"


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CAPÍTULO VII

 UNA ESTRELLA EN EL CAMINO

   
  Ante tal programa de vida: lograr la santidad que nos propone el Maestro en su Evangelio y nos enseña la Iglesiaa través de nuestra incorporación y adopción como hijos, puede nuestra alma correr peligro de amilanarse deslumbrada por la grande­za del plan, y desistir de emprender el camino de su perfeccionamiento pensando que dicho plan, o no es nada para ella, o es superior a sus fuerzas, olvidándose las palabras de Cristo: "Tened con­fianza, yo he vencido al mundo" (Jn.16,33). Venceremos al mundo y a nosotros mismos, haciendo lo que Jesús hizo y a cada uno nos propone para imitarlo y alcanzar la santidad. Él no nos muestra otra co­sa sino el mismo camino que El ha querido seguir. Cierto es, que muchas escuelas de espiritualidad, dentro de la unidad de la doctrina y de fe; nos en­señan, en la multiplicidad de aplicación, de acuer­do a cada temperamento e inclinación, bajo la inspiración del Espíritu Santo, la imitación del Maestro. Mas nosotros escuchando a Jesús que nos dice, como lo hizo entender bien a Santa Teresita: "que en el cielo hay muchas moradas" (Jn.14,2) y si­guiendo la enseñanza del Apóstol, que nos escri­bió que Él no vino a hacer su voluntad sino la del que le envió; seguiremos sus pasos, para reco­nocerla y abrazarnos a ella. Y la voluntad del Pa­dre, como primera cosa, fue que Él mismo se en­tregara a María para que en Ella se apropiara un cuerpo y que viviese bajo la protección de San José y que les estuviese sujeto y desde ese momen­to hasta la cruz, en todo, se hiciese semejante a nosotros menos en el pecado y fuese nuestro ejem­plar acabado de perfección en el cual aprendiése­mos las perfecciones del Dios invisible.

 Ante su luz 

  Nuestra transformación en Él y el desarrollo de nuestros talentos, no debe hacerse, sino siguiendo los pasos que Él siguió.  
  Y es entonces que aparece radiante de esperan­za en nuestra vida espiritual la figura de María, pa­ra jugar un papel principalísimo en la misma, ya que "quien desea tener el fruto maduro y bien for­mado debe tener el árbol que le produce; quien desea tener el fruto de vida, Jesucristo; debe tener el árbol de vida que es María. Quien desea tener en sí la operación del Espíritu Santo, debe tener su esposa fiel e indisoluble, la Virgen María, que le da fertilidad y fecundidad" (Verdadera Devoción. Grignion de Montfort).
  Cristo se entregó a María como hijo, y "en el misterio de la Encarnaciónnos ha merecido una gracia de entero renunciamiento de nosotros mis­mos y de unión con Dios, por habernos ofrecido juntamente consigo y consagrado por entero a su Padre" (Tanquerey. Ascética y Mística) y al entregarse como hijo de Ella para que fuese su madre, quiso fuese la nuestra, para que nosotros como Él nos entregáramos a Ella.
 
 Carácter de esta maternidad  
 
 Esta maternidad o es real o es una figura.
 Que es una figura repugna a nuestra creencia de cristianos y al sentir unánime de la Iglesiaa través de todos los tiempos. Y si es real, debe ha­berle dado los medios para que Ella la ejerza, por lo cual la hizo mediadora de todas las gracias y omnipotencia suplicante, pues, "de igual modo, en efecto, que por la gracia de Cristo hemos sido he­chos hijos del Padre, así Cristo nos ha hecho hijos adoptivos de su Madre, en cuanto que por Ella recibimos toda la gracia" (S. Tomás de Villanueva).
  "Al intervenir María, por altísimos consejos de Dios, en el plan de restauración de la humanidad con el carácter de Madre natural de Dios y Madre de adopción de los hombres, ha creado una nueva relación de orden espiritual entre Ella y nosotros, y, por lo mismo, una nueva exigencia en nosotros para con Ella. Mejor, tal vez, diríamos que ha col­mado Dios, dándonos por madre a la Madrede su Hijo, las aspiraciones del alma humana que si goza en decide a Dios: Padre, deberá complacerse en la regalada suavidad del nombre dulcísimo de Ma­dre.

  ¿Por qué Dios que al sobrenaturalizar nuestra vida no quiere mutilarla, sino elevarla a un plano superior, satisfaciendo en Él con generosidad divi­na nuestras legítimas aspiraciones de orden natu­ral, no debía darnos una madre espiritual como quiso la tuviéramos según la carne?

  Hijos de Dios, "niños de Dios", en expresión de San Clemente, ya somos hijos de María, "niños de Maria". Dios quiso asociarla "a la obra de nuestra redención y de nuestra filiación: como, en virtud de eIlo decíamos a Dios: "Padre nuestro que estás en los cielos...", así podemos y debemos decir: "Madre nuestra, que estás en los cielos" (Cardenal Gomás. María, Madre y Señora. Pág. 192-93).

 Cómo la realizamos en nosotros

 Y así, para que pueda ejercer esta maternidad y que sea real en nosotros y se obre nuestra santi­ficación, nos entregaremos como Jesús, siguiendo sus pasos, a María y nos pondremos bajo la protec­ción de San José y les estaremos sujetos como Él.
  Imitaremos a la Iglesia, que a Ella tiene por Ma­dre y a San José por su protector, poniéndose bajo su Patrocinio. Y así, abandonando lo espiritual en manos de nuestra Madre, nuestra transformación en Cristo, por el Espíritu Santo, será obra de Ella, y confiaremos a San José nuestra defensa y pro­tección como se confía al padre la defensa y pro­tección del hogar. " La Santísima Virgencomo es Madre de Jesucristo, también lo es de todos los cristianos porque los engendró en el Monte Calva­rio, entre los últimos tormentos del Redentor, sien­do Jesucristo como el Primogénito de los cristia­nos, que por adopción y por redención son sus her­manos. De las cuales cosas nace la razón porque el dichosísimo Patriarca tiene por encomendada a sí de un modo peculiar la multitud de los cristianos de que consta la Iglesia, es decir, esa familia innu­merable y por todo el mundo desparramada, sobre la cual, por ser esposo de María y padre de Jesu­cristo, tiene una autoridad hasta cierto punto de padre" (León Papa XIII. Encíclica "Quamquan").

 Su importancia

  Este es "NUESTRO GRAN MEDIO" que, co­mo veremos, centrará y unificará toda nuestra vida para encauzarla hacia un único fin y obtener un solo fruto: nuestra santificación por nuestra trans­formación en Jesucristo, en el corazón de nuestra Madre y bajo la protección de San José.
  "La unión íntima y habitual con la divina Vir­gen, a que aspiramos, no es efectivamente, el tér­mino de nuestros esfuerzos, sino el medio: el fin no es más que uno: hacer la voluntad de Dios. Y esta voluntad es de todos conocida: Voluntas Dei Sanctificatio vestra, nuestra santificación, la per­fección, la santidad" (J. M. Lombaerde. "El Día con María", pág. 242).
 
 

CAPÍTULO VIII

 NUESTRO GRAN MEDIO

   Para que un hijo reciba de su madre el ser, ha de vivir en ella por un tiempo, y por la sangre que le transmita irá adquiriendo un cuerpo, que llegando a la plenitud, poseerá una fisonomía propia y con ella llegará a ver la luz del mundo. Ayuda­do luego por su esfuerzo interior podrá desarrollar su personalidad con todos sus rasgos propios y na­turales y se distinguirá de los demás y hará que aparezca con un sello personal en todas las cosas que realice. Y todo esto se va desenvolviendo ba­jo una paternidad que le protege.  
  Nosotros buscamos una fisonomía propia, un ser espiritual, que no es otro sino nuestra imagen y se­mejanza con Cristo, y de conformidad con ella, obtener el perfecto desarrollo de nuestra persona­lidad natural y sobrenatural. Ese ser en Cristo, ese transformarnos en Él por la imitación de sus virtudes y por el obrar interior de la gracia, no lo puede hacer, porque así lo ha querido Dios, na­die más que una Madre, ya que en todo Dios ha querido poner una madre. Y esa Madre es la San­tísima Virgen que nos alcanzará por su impetración la gracia que nos irá haciendo adquirir ese ser, esa fisonomía espiritual, como la sangre de la madre en la vida natural, va formando su hijo, ya que Jesús nos la entregó para eso, y como ya he­mos dicho, le dió los medios necesarios: la hizo mediadora de todas las gracias, omnipotencia su­plicante e imagen perfecta suya, de manera que Ella es como una réplica al natural del Maestro, capaz de modelar a todos aquellos que se le en­tregan. "Nuestra Señora nos lleva en el calor de su afección. Nos alimenta con la gracia cuya ple­nitud posee. De la Sangrede Jesús forma en sí la leche de la gracia que adapta a nuestra tierna edad" (Bernardot).
 
 El Molde 
 
  Y para aclarar bien esto, nada parece mejor que transcribir lo que San Grignion de Montfort nos di­ce al respecto en el "Secreto de María": "De dos maneras puede un escultor sacar al na­tural una estatua o retrato: primera, con fuerza y saber y buenos instrumentos, puede labrar la figura en materia dura e informe; y segunda, puede va­ciarIa en un molde. Largo, difícil, expuesto a muchos tropiezos es el primer modo; un golpe mal dado de cincel o de martillo, basta a veces para echarlo todo a perder. Pronto, fácil y suave es el segundo, casi sin trabajo y sin gastos, con tal que el molde sea perfecto y que represente al natural la figura, con tal que la materia de que nos ser­vimos sea maleable y de ningún modo resista a la mano.
  El gran molde de Dios, hecho por el Espíritu Santo, para formar al natural un Dios-Hombre, por la unión hipostática y para formar un hom­bre-Dios por la gracia, es María. Ni un solo rasgo de divinidad falta en este molde; cualquiera que se meta en él y se deje manejar, recibe allí todos los rasgos de Jesucristo, verdadero Dios y esto de manera suave y proporcionada a la debilidad hu­mana, sin grandes trabajos ni agonías; de manera segura y sin miedo de ilusiones, que no tiene aquí parte el demonio, ni tendrá jamás entrada donde está María; de manera, en fin, santa e inmaculada, sin la menor mancilla de culpa".
 
Como entregarnos
 
  Por lo cual, ya que no podemos, ciertamente, como Jesús, entrar en su seno para que nos transforme, pues se trata de algo espiritual, "ni vivir en Ella, como vivimos en Dios, ni puede Ella vivir en nos­otros como Dios vive, presente por esencia y por la gracia", podemos, sí, para suplir aquello, poner nuestro corazón en el de María (y con esto no sig­nificamos otra cosa que entregarnos a su amor y para siempre, ya que nuestra transformación en Cristo sólo se terminará con nuestra muerte), pa­ra que Ella que "nos ve, que nos ama y se ocupa de nosotros, que está junto a nosotros más cerca que nuestro Ángel de la Guarda, en cierto sen­tido, más cerca que nosotros mismos", nos trans­forme en Él. Esta entrega debe ser total para que pueda ser real, y nuestro corazón, como dice un autor, "estará así encorazonado en el corazón de nuestra Madre", molde donde vaciamos nuestro corazón en el de Cristo.
  Y entonces, aplicando a nuestra Madre, lo que alguien escribiera del Corazón de Jesús, podemos decir: "el corazón de María es el tesoro de los que todo lo entregan; Ella da sus tesoros a quienes le dan los suyos, porque Nuestra Señora no quiere que sus criaturas la venzan en generosidad.
  ¡Qué cambio tan ventajoso para nosotros! ¿Qué son nuestros pobres bienes espirituales compara­dos con la riquísima mina de ese Corazón divi­no?" (Alcañiz).
  "Nosotros podemos ofrecer un regalo del más subido precio: nuestro corazón. "Dios te quiere a ti mismo más bien que tu ofrenda" (San Agustín). "Dar el corazón es más que dar el oro del mundo, más que toda la mirra y todo el incienso del universo" (Hornaert). "María es la Reinadel Cielo y de la tierra por gracia, como Jesús es su Rey por naturaleza y por con­quista; y como el Reino de Jesucristo consiste prin­cipalmente en el corazón y en el interior del hom­bre, según estas palabras: "El Reino de Dios está dentro de vosotros" (Lc.17,21) y también el reino de la Santísima Virgenestá principalmente en el interior del hombre, es decir, en su alma, y esta es la razón porque Ella es, en unión de su Hijo, más glorificada en las almas que en todas las criaturas visibles, pudiéndola por consiguiente, llamar con los santos: Reina de los corazones" (Grignion de Montfort).

 Semejanza de esta entrega.

  Y esta nuestra entrega será semejante al Fiat que pronunció Ella para que Jesús se encarnase y entonces el Verbo descenderá sobre nosotros y tomará allí posesión de nuestro corazón y de nuestra alma por medio de la gracia y el Espíritu Santo se constituirá en nuestro Maestro y emprenderá la tarea de enseñarnos a formar juntamente con nuestra Madre, a Jesús en nuestras almas y San José nos recibirá bajo su protección (ya que todo debe hacerse bajo una paternidad), como a Jesús, y será nuestro Padre nutricio y el Padre nos cubrirá con su sombra para que nada pueda sepa­ramos de su amor y hará que todo contribuya a nuestro bien por medio de su providencia y lo santo que nacerá y se desarrollará en nosotros por nuestra continua entrega será llamado: hijo de Dios, porque "tal es el amor que nos ha manifes­tado, queriendo que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos en efecto" (1Jn.3,1). "Por manera que, si algún fiel tiene a Jesucristo formado en su cora­zón, puede atreverse a decir: "Gracias mil a Ma­ría; porque lo que yo poseo es su efecto y su fru­to, y sin Ella jamás lo gozaría" (Grignion de Montfort).

 A que se extiende.

  Más ésta, nuestra entrega, (la del corazón), para ser perfecta no se contentará con vaciarse en este molde sino que irá aún más lejos. Entregaremos nuestro cuerpo y nuestra alma con sus potencias, según Consagración que luego veremos; el valor satisfactorio y propiciatorio de todas nuestras buenas acciones; todas las indulgencias que podamos lucrar y aquellos méritos nuestros que nos son pro­pios e intransferibles, para que nuestra Madre, los emplee primeramente en bien de los demás y en segundo lugar los guarde y los haga fructificar para nuestro bien, ya que a una sola cosa obliga esta Consagración, y que es como el centro de to­da actividad, el entregado todo y para siempre, a fin de que Dios disponga de nosotros, y a reno­var esta entrega en un abandono cada vez más completo a la voluntad del Padre, en el corazón de nuestra Madre. Proceder de otro modo sería coartar la obra del Espíritu Santo y poner coto a esa maravillosa diversa floración del mismo "que sopla donde quiere" y lo matiza todo de armonía, con amplia libertad, que ayuda al desarrollo de la propia personalidad y al logro de la fisonomía es­piritual y semejanza con Cristo que Dios ha pre­visto para cada uno y que al formar más la propia personalidad individual según el corazón de Dios, hace más fecunda la obra de la Iglesia, formado­ra de hombres perfectos, cada uno dentro de su modalidad, para gloria y alabanza de Dios.

 Pedido.

  ¡Oh, Madre mía! Yo quiero renunciar a mi pro­pio espíritu para ser conducido "por" vuestro espí­ritu. Vuestro espíritu es el espíritu de Jesús; cuanto más decrezca mi propio espíritu, mayor será la influencia del vuestro, y, por lo mismo, mejor seré "por" Jesús. Porque, Vos, Madre mía, no queréis conducirme por vuestro espíritu, sino para que me­jor me gobierne el espíritu de Dios. (Cardenal Gomá. "María, Madre y Señora", pág. 155).

 

CAPÍTULO IX

 

NUESTRA CONSAGRACIÓN

  De conformidad a lo que dejamos explicado, pasemos a exponer nuestra Consagración, dejando para otro trabajo (Mi Consagración. (En preparación)), la manera de prepararnos pa­ra hacerla, como hacerla y vivirla, exponiendo aho­ra solamente el contenido de la misma.
  Luego de haber renovado las promesas del Bau­tismo se hará la siguiente Consagración:

 A NUESTRA MADRE  

    En primer lugar, pondremos nuestro corazón en el corazón de nuestra Madre, para que allí Cristo por medio del Espíritu Santo, como en una nueva Anun­ciación, tome completa posesión del nuestro y lo ha­ga semejante al suyo para que pueda amar y glorifi­car al Padre en nosotros y pasar de nuevo por el mundo haciendo el bien.

   Le entregaremos nuestro cuerpo en calidad de es­clavo para no usarlo sino a su beneplácito y gloria y para que Jesús lo pueda ofrecer al Padre como una hostia viva, pura, santa y agradable; y todo sufrimien­to lo aceptaremos, en primer lugar, en expiación de nuestros pecados y luego para sufrir en nosotros lo que falta sufrir a Cristo en pro de su cuerpo que es la Iglesia.

  Le entregaremos nuestro corazón y nuestra alma con sus potencias para participar de sus penas y ase­mejamos a su muerte, aceptando con esta intención todos los dolores morales y para que encontremos nuestro gozo en las tribulaciones y llevemos en nos­otros los signos de su Pasión, y, se los entregaremos, además, para que los dirija en el amor de Dios y en la paciencia de Cristo.

  Le entregaremos el valor satisfactorio e impetra­torio de todas nuestras buenas acciones, obras y ora­ciones para que los aplique según su gusto y volun­tad, a cuyo fin haremos intención de no hacer nada que no sea en su corazón y para mayor gloria de Dios, de modo que nuestra mano izquierda ig­nore lo que hace la derecha y así podamos dar sin ninguna esperanza de recibir, a buenos y a malos y seamos hijos del Padre que esta en los Cielos, que ve lo oculto y es bueno con los ingratos y malos.

  Le entregaremos todas las indulgencias que poda­mos lucrar, como así también todos los sufragios que se hagan por nuestra alma después de muertos, en favor de las almas del Purgatorio y según su vo­luntad.

  Le entregaremos y consagraremos aquellos méritos que nos son propios e intransferibles, para que los haga crecer y fructificar y nos acumule ese tesoro en el cielo de que nos habla Jesús, que no se lo pueden apropiar los ladrones ni roer la polilla y po­damos llegar así, a obtener ese grado de gloria y de gracia que Dios ha previsto para cada uno de nos­otros desde toda la eternidad.

  Le entregaremos los bienes de fortuna que tenga­mos, no queriendo usar de ellos sino bajo su dominio y a gloria de Dios y suya. Todos los parientes, ami­gos y bienhechores, todos aquellos que amamos, vivos y difuntos, y los que tienen o han tenido relación con nosotros, por pequeña que ella sea, como así también los que nos quieren mal o a quienes hemos hecho mal y aquellos que no nos son aceptos, pa­ra que juntamente con nosotros, los tome como pro­piedad suya y los guarde y defienda.

  Y por fin, le entregaremos nuestras faltas y peca­dos para que a su vista se conmueva toda su ternu­ra de Madre y vea cuánta necesidad tenemos de Ella, de que acepte esta entrega y nos tome bajo su pro­tección maternal y amparo.

 A SAN JOSE  

   Y después, para imitar en todo al Divino Maes­tro, nos pondremos bajo la protección de San José, para que como lo fue de Jesús, sea nuestro Padre nutricio y así crezcamos, bajo su protección, en sa­biduría y gracia delante de Dios y de los hombres y acudamos a él en todas nuestras necesidades pa­ra encontrar en su amparo, el remedio a todos nues­tros males, según la voluntad de Dios.

 

CAPÍTULO X

 ACLARACIONES A ESTA CONSAGRACIÓN

 

A quién hacemos esta entrega.

  Esta entrega que hacemos no es sino a Jesús por María. Es el perfecto reconocimiento de lo que de­cíamos al principio de nuestro Libro, de que nues­tra adoración al Padre debe ser en espíritu y en verdad, por cuanto es todo el hombre, con sus bie­nes naturales y sobrenaturales el que se entrega para servirle.

 Centro de la misma.

  Y el centro de nuestra entrega es nuestro corazón, porque en él significamos el don de nosotros mis­mos.
  Damos el corazón y lo hacemos con una doble fi­nalidad: para que sea semejante al de Jesús y luego para que El pueda pasar de nuevo en nosotros ha­ciendo el bien por el mundo. Lo primero va direc­tamente enfocado hacia nosotros mismos, hacia nuestra vida interior; lo segundo hacia los demás, como consecuencia de lo primero, ya que "el bien es difusivo de sí mismo" y lo realizamos principal­mente por la entrega de todas nuestras obras y de todos nuestros actos para que en virtud del dogma de la "Comunión de los Santos" redunde en bien de los otros. Y así, por esta entrega, nosotros cons­tituímos un pacto, de modo que nos damos para que Jesús y María se den a nosotros, y por nosotros, El se dé a los demás. Esta consagración traerá co­mo consecuencia principal, una devoción interior y profunda. Interior, porque obra principalmente en nuestro corazón, donde dice Jesús que está el Reino de los Cielos y profunda, porque ataca direc­tamente y hace que entreguemos la fuente de todos nuestros males y el origen de todo nuestro bien pues sobre él se levanta toda nuestra vida, que es nuestro propio yo.

 Virtudes que nos hace practicar.

  Ciertamente que nuestra entrega, siendo en defi­nitiva una entrega a la voluntad de Dios, hará flo­recer y como adorno de ella misma, todas las virtudes. Pero de una manera especial hará que prac­tiquemos cada vez con más perfección las tres vir­tudes teologales, ya que ejercitando la fidelidad a las mismas y a nuestra entrega, haremos crecer de día en día nuestra fe y viviremos en ella; vi­viendo en el deseo de nuestra transformación y de llegar a lo que Dios quiere de nosotros, practicare­mos la esperanza y renovando toda nuestra entrega por amor a Dios y al prójimo, a quien queremos entregar todos nuestros méritos, creceremos cada vez más en la caridad. Se "ejerce la caridad de una manera eminente, pues se da (al prójimo) por las manos de María, todo lo que se tiene de más caro, que es el valor satisfactorio e impetratorio de to­das las buenas obras, sin exceptuar el menor pen­samiento bueno y el más pequeño ofrecimiento; consiéntese en que todas las satisfacciones que se han adquirido y las que hasta la muerte se adqui­rirán, se empleen, según la voluntad de la Santísi­ma Virgen, en la conversión de los pecadores o en librar a las almas del Purgatorio" (Grignion de Monfort), o en la ma­yor santificación de las almas buenas y santas que tanta gloria dan a Dios, añadimos, pues, "nos hace dar sin reserva a Jesús y María todos nuestros pen­samientos, palabras, acciones y sufrimientos y to­dos los momentos de nuestra vida, de modo que ya velemos, ya durmamos, ora bebamos, ora comamos, bien realicemos las más grandes acciones, bien ha­gamos las más pequeñas, siempre podamos decir que lo que hacemos, aún cuando en ello no pense­mos, es siempre de Jesús y de María, en virtud de nuestro ofrecimiento, a menos que lo hayamos ex­presamente retractado" (Grignion de Monfort).
  Será un excelente medio de practicar la verdade­ra pobreza de espíritu al darlo todo y no guardar­nos nada para nosotros, abandonándonos a la pro­videncia de Dios y su misericordia.
  Viviremos pobres de espíritu para que con nues­tra pobreza otros se hagan ricos en gracia de Dios e imitaremos al Maestro que siendo rico se hizo po­bre para que en nosotros sobreabundase la gra­cia (2Cor.8,9).

 Intenciones con que entregamos nuestro cuerpo y nuestra alma.

  Entregamos nuestro cuerpo, pero al hacerlo no entendemos pedir dolores extraordinarios ni prue­bas, sino aceptar lo que cada momento y cada día nos ofrece. Si alguno se sintiera llamado a pedir dolores o pruebas extraordinarias, es al confesor o director a quien toca dictaminar si debe hacerlo o no. Tampoco entendemos excluir de ningún mo­do, las mortificaciones y penitencias que siempre han estado en uso en nuestra Santa Madre la Iglesia, sino que cada uno usará de ellas según su libertad y consejo de quien le dirige.
  "Al consagrar a María nuestros sentidos y nues­tro corazón hemos de hacer cuenta que especial­mente le consagramos la castidad y pureza de nues­tra carne y cuerpo, deseando espiritualizarla, vir­ginizarla y elevarla a esa vida toda pura, toda cas­ta y toda virginal que nos enseña singularísima­mente nuestra Madre la Virgen" (P. Villariño).
  Consagrar el alma a Jesús por nuestra Madre, es devolver al Señor por medio de Ella el dominio de todo lo que dentro de nosotros le pertenece por derecho de conquista y que le roban con tanta frecuencia nuestro orgullo y nuestro amor propio y el buscarnos a nosotros mismos en todas las co­sas. Y al hacer la consagración de nuestro cuerpo y de nuestra alma con las intenciones indicadas ya en la Consagración, nos unimos y participamos de las tres pruebas que sufrió Cristo en su pasión: en su cuerpo, en su alma y en su honor por la acepta­ción cotidiana de las pruebas que Dios permite que nos sobrevengan para nuestro bien, en cada ­uno de estos aspectos.
  Y los entregamos completos, (nuestro cuerpo y nuestra alma) con todo su haber y su poseer, para desarrollar y adquirir la verdadera piedad, porque "el cuerpo de la piedad, (el conjunto de nuestra vida interior) se compone de miembros; estos miembros son todos y cada uno de los conocimientos de mi espíritu, todas y cada una de las virtudes de mi corazón, todas y cada una de las acciones de mis fuerzas. No hay manifestación alguna de la vida humana que no pueda y no deba ser un miembro del cuerpo de la piedad" (Tissot).

 Nuestros bienes interiores y exteriores.

  Al hacer entrega de nuestros bienes interiores y exteriores, para que Dios Nuestro Señor los use por intermedio de nuestra Madre, lo hacemos con la intención de que el Señor quiera usarnos como instrumentos de misericordia suya en medio de los hombres. El puede o no aceptar nuestra entrega, pero en cualquiera de los dos casos queda igual­mente glorificado por la donación completa que le hacemos de todo nuestro ser.
  Resumiendo, podemos decir que "entregamos todo lo que tenemos en el orden de la naturaleza y de la gracia y todo lo que podemos tener en lo venidero en el orden de la naturaleza, de la gracia o de la gloria, sin reservarnos nada, ni un céntimo, ni un cabello, ni la más pequeña acción. Y esto por toda la eternidad y sin pretender ni esperar nin­guna recompensa de su ofrecimiento y servicio más que el honor de pertenecer a Jesucristo por Ella y en Ella, aún cuando esta amabilísima Señora no fuese, como en realidad lo es, la más liberal y agra­decida de las criaturás" (G. de M). De modo que para nosotros, toda nuestra riqueza, todo nuestro poseer son los corazones de Jesús y de María, en los cuales hemos puesto todo lo nuestro para que sea de ellos y así hacemos un cambio tal que entregamos lo nuestro para que ellos nos den lo suyo y eso constituya toda nuestra riqueza. La ofrenda que por la perfecta consagración hacemos a la Virgen, y por ella a Dios de todas nuestras acciones, pasa­das, presentes y futuras y de todo su valor impetratorio y satisfactorio, nos desposee de todo: es la realización, de cuanto puede hacerse fuera de los votos de la vida religiosa, de las palabras de Jesús: "El que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo" (Lc.14,33). "Cuanto más el hombre se va­cía de sí mismo, tanto más le llena Dios" (Cardo Gomá. "María, Madre y Señora", pág. 143).
  Y finalmente, es una prueba grande de amor que damos a Dios Nuestro Señor, porque renun- ciamos realmente cada día a todo y a nosotros mismos, para darlo a los demás y "nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por su amigo" (Jn.15,13). Y damos la vida, dándole todo, momento a momento, paso a paso en el correr de cada día, en un completo abandono, entregándolo todo en manos de Jesús por María y abandonando aún en el corazón de nuestra Madre, nuestra vida espiri­tual y nuestro crecimiento en ella.

 Su fruto: la libertad.

  Quien vive verdaderamente esta vida obtiene co­mo fruto precioso de ella la libertad interior por­que vive en la verdad y da a Dios el culto por medio de ella y la verdad le hace libre. Por una paradoja, en la esclavitud mariana se encuentra la libertad de sí mismo y de los demás por la donación que hace de sí propio, de su ser y de todas sus cosas a Dios Nuestro Señor, en el corazón de Nuestra Madre, para hacer que toda su riqueza, como decimos arri­ba, sean los corazones de Jesús y de María y por ellos Dios. "Cuando Dios llega a ser lo único nece­sario para mí, entonces es también mi único Señor. Se que cuando me hago esclavo de alguno para obe­decer a su imperio, quedo esclavo de aquél a quien obedezco, sea del pecado para recibir la muerte, sea de la obediencia para recibir la justicia. Ahora me emancipo de toda servidumbre y me hago esclavo de Dios solo" (Tissot). Nada me importan las criaturas; nada me importa la felicidad o el sufrimiento, el descanso o los tormentos, la abundancia o la priva­ción, el honor o el desprecio, la salud o la enfer­medad, la vida o la muerte. ¿Qué me importa? Nada de eso es mi fin necesario; soy libre de todo esto, es­toy por encima de todo.
  El todo de mi vida está más alto, y todas las cria­turas, agradable o desagradables, son para mí, igual­mente, medios para llegar a lo único necesario. Sé que Dios me dará siempre estos medios, tanto cuanto sea necesario para el único fin de mi vida. Descargo, pues sobre Él toda mi solicitud, porque Él tiene cuidado de mí (1P.5,7). Y yo no tengo más que aceptar lo que Él me da; me sirvo de ello cuan­do tengo necesidad, y cuando ya no me sirve lo desecho: soy el señor. De este modo no soy esclavo de ningún ser, de ningún acontecimiento; soy independiente de ellos, indiferente hacia ellos. Cuando tengo la verdad, la verdad que es el término superior de la piedad me hace libre, completamen­te libre, cuando la verdad, pasando por la cari­dad, llega hasta la libertad, entonces es la piedad completa. jOh santa libertad de los hijos de Dios! ¿Es acaso pagar demasiado caro el comprarte dan­do por precio todas las frivolidades de la vanidad criada? Estas frivolidades son las mallas de la red que me tenía preso. Mi alma escapó cual pájaro de la red de los cazadores, fue rota la red y yo quedé libre".  (Tissot. La Vida Interior)

 Exhortación

  ¡Oh, sí! "Abandonemos en María todo lo que nos pertenece, nuestro cuerpo y nuestra alma, nuestra sensibilidad, nuestra imaginación, nuestra inteligencia, nuestra libre voluntad, nuestros méritos. Que todo esto esté bajo su poder: que dirija nues­tros pensamientos y nuestros deseos, que gobierne nuestra actividad. Seamos verdaderamente suyos, para ser totalmente de Dios" (Bernardot).

 

 
 
 
 

 

 


 

 
 
 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

INVITACIÓN:                                                    

Si éste "nuestro ideal", que en apretada síntesis te ofrecemos, puede ser tuyo, te invitamos a compartirlo.

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