“Es necesario que Él crezca y yo disminuya”(Jn. 3,30)
para que
“Ya no sea yo quien viva, sino
Cristo quien viva en mí” (Gal. 2,20).
En las páginas de “COMO VIVIR LA CONSAGRACION” encontramos la norma para seguir nuestra estrella: LA CONSAGRACIÓN. Ahora veremos cómo hacer para vivirla.
Vivirla significa poner todo lo nuestro, para, en unión de Jesús y en el corazón de nuestra Madre,realizarla. Realizarla exige darnos todos para que así sea, para que se haga carne en nosotros lo que nos propusimos. De modo que si nuestro gran medio para lograr vivirla, como Dios quiere de cada uno de nosotros, es María, el fundamento, el cimiento sobre el cual se levanta el edificio de nuestra santidad, somos nosotros mismos. Cada uno con lo bueno y lo malo que aportare.
De ahí nace “Nuestro yo” De ahí nacen estas páginas que pretenden hacer luz sobre nosotros mismos para que, conociendo nuestras fuerzas y los medios con que contamos realicemos nuestro ideal. De modo que la materia que ofrecemos para que así sea, ennoblecida, hermoseada por la gracia que perfecciona y eleva nuestra naturaleza, sea instrumento dócil en las manos de Dios. Y se deje plasmar en la consecución de ese ideal, en el corazón de nuestra Madre y por nuestra unión con Jesús.
También en “Vida de Consagración” en el capítulo que llamamos “La palabra del Maestro”veíamos lo que el Maestro pide a cada uno de nosotros en su Evangelio. Veíamos todas sus enseñanza a través de su predicación y lo que exige de los que verdaderamente quieren ser sus discípulos.
Ahora, penetrando cada vez más en su amor y en su corazón vamos a ver a la luz de ese mismo corazón, lo que el Maestro pide en la última cena, cuáles son sus últimos deseos de los cuales nos hace partícipes, deseos que son un canto y una invitación a abandonar “Nuestro Yo” para darnos al plan que nos entrega. Allá veíamos cómo ese programa de vida nos hacía arrojar en el corazón de nuestra Madre que se transformaba en “nuestro gran medio”, para ayudarnos a vivirlo y cumplir con nuestro ideal. Aquí veremos cómo en ese corazón vamos a luchar contra nosotros mismos para sacar todo lo que se oponga a la consecución de ese ideal por parte de nosotros. Y no sólo sacar, pues eso sería negativo, sino encauzar para poder realizarlo.
Por eso entremos en su lectura con el ánimo que pide el Maestro a los que quieren ser sus discípulos.“Si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”(Mat. 16,24). Y así armados de nuestra cruz, iremos a la conquista de nosotros mismos en el corazón de nuestra Madre, a la más difícil de las batallas y al más glorioso de los triunfos.
“Has concebido en tu alma el más digno infante, que es
Jesucristo, y en tanto que llegue a nacer, y salir a luz, es preciso
que padezcas trabajos, pero ten buen ánimo, porque pasados estos
dolores te quedará la eterna alegría de haber dado a luz al mundo un
hombre como este; y se podrá decir que del todo le has dado a luz,
cuando por medio de la imitación de sus ejemplos le hayas formado
enteramente en tu corazón y en tus obras” (San Francisco de Sales)
ÚLTIMOS DESEOS.
Decimos que hemos de hacer nuestro corazón semejante al de Cristo. Para ello tenemos que poner en él los mismos sentimientos que llevó Cristo en el suyo. Y con este fin auscultar cuáles han sido los sentimientos del corazón de Cristo, deteniéndonos más en los de la última cena pues es allí donde principalmente se manifiestan los últimos deseos de su corazón. Ya que si hay un momento en la vida, en la cual el hombre habla con entera franqueza y fidelidad es el momento de la muerte.
Y más ha sido en Cristo que sabía era llegada su hora: “la hora de su tránsito de este mundo al Padre. Y como hubiese amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”.(Jn. 13,1). Por eso les dejó sus últimos consejos, sus últimas enseñanzas y deseos para que nosotros los guardásemos.
De ahí que una vez que hubo salido Judas dijo Jesús: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en El” (Jn. 13,31), y comenzó el Maestro su largo discurso en el que nos dejó, que nosotros sintiéramos así: esos últimos deseos de su corazón.
A su Padre: “Padre, llegó la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a Ti, dando la vida eterna a todos los que le diste, ya que le has dado poder sobre el linaje humana”. “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, sólo Dios verdadero ya Jesucristo a quien enviaste”. Esto es que nosotros lo conozcamos y le amemos como Él lo amó y sirvió.
Jesús nos pide el amor a Él y nos da la señal para saber si lo amamos: “Si me amáis guardad mis mandamientos”.
“Y a todo el que le ama, el Padre le amará y vendrán a él y harán mansión dentro de él”.
Y como recuerdo para permanecer a través de los siglos en cuanto Hombre Dios, como había estado con los Apóstoles y ser nuestra fuerza, instituye la Eucaristía, como sacrificio y como Sacramento, para que tuviésemos un sacrificio puro, santo,inmaculado, que ofrecer al Padre. Y un alimento que nos diera vigor espiritual.Pero sobre todo eso aumentase por la gracia de su presencia en él, la unión del alma con Jesucristo. Y así a través del Sacramento no nos dejará huérfanos de su presencia y de su gracia. Y a través del Espíritu Santo nos enseñará toda verdad y asistirá a la Iglesia,por que es el espíritu de verdad que nos adoctrina, que viene a ocupar su lugar. Porque si Él no se va, el Espíritu Santo no podrá venir. Y vendrá a enseñar, a sostener, a convencer. Y hará habitación en las almas que serán sus templos y las gobernará por medio de sus inspiraciones.
Y como corolario de todo esto y ejemplo acabado de la unión que existe entre Él y nosotros con el Padre, nos pone de ejemplo la vid y los sarmientos para enseñarnos que no formamos sino un solo cuerpo y que sin Él no podemos nada. De modo que así como el Espíritu Santo ha de enseñar interiormente a las almas, el Padre cuidará que ellas den los frutos de esta vida interior. Para esto, las limpiará, las podará y las que no den fruto las arrancará y las arrojará al fuego. Y todos vivirán de ese único tronco que es Cristo Jesús. Para eso deja el nuevo mandamiento, la forma de unión de esos sarmientos entre sí. Para que todos participen de una única vida que se difundirá por igual en sus almas: “Que nos amemos los unos a los otros como Él nos amó”.
Y así como podemos conocer nosotros si lo amamos porque guardamos sus mandamientos, los demás conocerán que somos discípulos de Jesús y que le amamos, en el amor que nos tenemos los unos a los otros.
Para ello, nos enseñó: “Los reyes de las naciones se enseñoreaban de ellas y los que tienen poder sobre ellas son llamados bienhechores. Mas vosotros no así. Antes el que es mayor entre vosotros, hágase menor. Y el que precede como el que sirve. Porque cuáles mayor ¿el que está sentado a la mesa, o el que sirve? No es el mayor el que está sentado a la mesa. Pues yo estoy en medio de vosotros así como el que irve”. Y por eso después que les hubo lavado los pies y hubo tomado su ropa,volviéndose a sentar a la mesa les dijo: “¿Sabéis lo que he hecho con vosotros?
Vosotros me llamáis Maestro y Señor y decís bien: por que lo soy. Pues si Yo el Señor y Maestro os he lavado los pies, vosotros también os debéis lavar los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado para que como Yo he hecho a vosotros, así también vosotros hagáis. En verdad en verdad os digo: el siervo no es mayor que su Señor, ni el enviado es mayor que aquel que le envió. Si estas cosas sabéis,seréis bienaventurados, si las practicáis”.
Más como sus discípulos han de vivir en medio del mundo nos anticipa el odio del mismo y nos enseña a tener confianza: “Tened confianza, Yo he vencido al mundo…” Y para que podamos obrar nos deja la paz”. “Mi paz os dejo, mi paz os doy…” (Jn. 14,27). Pues el cristiano debe ser el hombre de la paz interior. Y por fin nos va a preparar un lugar para que, donde Él esté, podamos estar nosotros.
Estos son sintetizados los últimos deseos de su corazón: “NUESTRO CAMINO” a recorrer en nuestra vida de consagración. Terminó su discurso haciendo una oración al Padre para que fuésemos uno, como Él y el Padre son uno.
Porque sabía lo que haríamos con éstos, sus deseos, sabía que la realización de todos ellos iba a encontrar un serio enemigo en nosotros mismos. No sólo en el mundo, no sólo en el demonio, sino en cada uno de nosotros, que lleva dentro de sí el germen de su tentación.
Si nos hemos consagrado ha sido por la desconfianza en nosotros, y la pobreza de nuestra fuerza. Y al consagrarnos hemos quedado dentro de nosotros. Y para que todo quede encauzado hacia Cristo, para que la renuncia a nosotros mismos sea efectiva, van estas líneas con deseos de que, encauzándolo todo hacia Cristo, triunfe en nosotros su gracia, y cuanto más débiles nos sintamos, como dice el Apóstol, más fuertes seamos, no nosotros, sino su gracia en nosotros para que los últimos deseos del corazón de Cristo aniden en nuestros corazones.
Ya que “si el hombre diere toda su hacienda aún es nada; si hiciere gran penitencia, aún es poco. Aunque tenga toda la ciencia, aún está lejos. Y si tuviera gran virtud y muy ferviente devoción aún le falta mucho. Le falta la cosa más necesaria. Y ésta ¿cuál es?Que dejado todo se deje a sí mismo y salga todo de sí y no le quede nada de amor propio”. (Imit. L. II. C. XII).Todo lo hemos dejado entregado pero a ¿“Nuestro Yo”? Y el salir de nosotros mismos no lo podíamos hacer sino en el morir cotidiano, en la entrega continúa,en el sacrificio perenne.
“No hay alguno más rico, ni más libre, ni más poderoso que aquel que sabe dejarse a sí y a toda cosa y ponerse en el más bajo lugar.(Imit. L. II. C. XI)
Y esto no lo haremos con una entrega de una vez, sino con el sacrificio continuo, porque el morir a sí mismo es obra conjunta de Dios y nosotros. Pero sobre todo de Dios y de toda su vida de entrega a los más pequeños sacrificios”.
Morir a sí mismo es el pago que se da por adquirir algo superior y de mayor precio como: la gloria eterna,mérito, santidad, bien para los demás. Y para nosotros, morir a nosotros mismos, es el pago que damos por adquirir nuestra semejanza con Cristo y el grado de gracia y de gloria que el Padre quiere de cada uno de nosotros.
IMPORTANCIA DE CONOCERNOS A NOSOTROS MISMOS.
Para poder ser verdaderas imágenes de Jesucristo debemos saber qué es lo que aportamos nosotros en la Consagración, en este contrato que hacemos con nuestra Madre para lograr nuestra transformación, Y por eso “Nuestro Yo”.
Y al ver qué es lo que lo constituye, entonces comprenderemos porque es necesaria nuestra disminución para que Cristo crezca y cómo es posible que no vivamos ya en nosotros sino sea Él quien viva en nosotros.
Cuán importante entonces es conocerse a sí mismo, ya que somos la materia sobre la que tenemos que trabajar.
Cuanto más conoce el artista la calidad de los materiales que ha de usar en su obra, más fácil le es hacerla.
Cuanto más conozcamos “Nuestro Yo” más fácil se nos hará el camino hacia la cima de la santidad. Pero es gracia de Dios conocernos. Por eso es Él, quien debe iluminar nuestro interior para que veamos.
NUESTRO PRINCIPIO.
El principio que ha de regir “Nuestro Yo”, es decir, la lucha contra nosotros mismos dentro de la Consagración, ha de ser éste: “ES NECESARIO QUE ÉL CREZCA Y QUE YO DISMINUYA" (Jn. 3,30) Y esa la luz de este principio que vamos a ver todo lo demás y cuanto sea crecer Cristo y disminuir nosotros; hacer el hombre nuevo en justicia y santidad verdadera y destruir el viejo que se vicia siguiendo la ilusión de las pasiones.
Pero para esto es necesario todo nuestro esfuerzo y deseo de conquista de nosotros mismos. Es necesaria nuestra entrega.
“Para el reino de los cielos se necesita todo un hombre”. Se necesita entrega total, es menester que el trabajador ponga toda el alma en lo que hace, sin mirar a ninguna otra parte. Y además, es preciso tener perseverancia.
Los hombres a medias fracasan, no alcanzan su fin; tampoco saben perseverar. Debemos trabajar constantemente con todo nuestro vigor. Y debemos trabajar sin desmayos, en nosotros mismos y en las almas de los otros. El río arrastra la barca en cuanto ésta no se lanza hacia delante. Yo he de lanzarme, ser fiel, perseverante en todo momento. No miremos hacia atrás para cerciorarnos de lo que hemos hecho hasta ahora.
Al contrario, continuemos trabajando. Lo que hay a mis espaldas lo olvido, dijo San Pablo, y me lanzo alas cosas que hay delante de mí. “Y no fijo mi atención en que todavía hay mucho que hacer, sino que obro, hago lo que puedo”.
Hermanos, dijo San Francisco de Asís, empecemos por fin a amar a Dios. Empecemos, empecemos en todo momento.
“Lo que caracteriza el espíritu de los principiantes es el ánimo, la fuerza, la tensión. El principiante no mira la noche; solamente la mira quien está cansado. Quien empieza no sabe pararse en el trabajo, hacer ahora aquí en las cosas pequeñas,todo cuanto nos es posible, he ahí el secreto de la grandeza”. (Mons.Prohaszka)
Todo este hombre, toda esta entrega total la damos con nuestro corazón en nuestra consagración y por nuestra consagración y por nuestra esclavitud, cuando renunciamos totalmente a nosotros, para ser todos de Dios en el Corazón de nuestra Madre. De modo que para nosotros nuestro corazón representa “Nuestro Yo”.
“Cuando un alma ha comprendido la grandeza de la vida divina, sabe que el principio de la misma está en la unión con Cristo por la fe y la caridad”. Entonces aspira a la perfección de esta unión; anhela la plenitud de esa vida a la cual está destinada según el pensamiento eterno de Dios.
Preguntará alguno: ¿No será un sueño o una ilusión, esa perfección? No, no es un sueño, no es una ilusión.Ella puede y debe ser una realidad, por sublime que parezca.
“Lo que parece imposible a los hombres, es fácil para Dios” (Mt. 19,26)
Por nuestros propios esfuerzos, lejos de Cristo, no podemos avanzar ni un paso en la realización de esa unión, ni tampoco en el desarrollo de la vida que esa unión engendra.
Sólo Dios es el que nos da el germen, y el conocimiento.
A nosotros toca plantar y regar, como dice San Pablo.
“Más, los frutos de la vida eterna, se producen solamente por la savia de la gracia divina que Dios hace circular en nosotros” (Columba Marmión)
LO QUE REZA
LA IGLESIA
Para que alentemos este ideal de nuestra consagración y podamos convencernos de que el camino a seguir no es una ilusión, vamos a ver a la luz de lo que nos enseña la Iglesia, qué piensa Ella de nuestra posición espiritual. Y luego para andar sobre camino seguro, como saber discernir las distintas mociones que mueven nuestro interior y distinguir cuándo son de Dios, cuándo espíritu humano y cuándo el demonio.
Hay un aforismo que dice en lengua latina: “lex orando, lex credendi”, lo que traducido con libertad significa que de la ley que se ha establecido para orar en el transcurso de los siglos, se hace la ley que ha de creerse, cuando esa oración ha sido santificada por la Iglesia o por la universal devoción de los cristianos. Por ello vamos a buscar en la oración oficial de la Iglesia,en el Misal, qué es lo que nos dice con respecto a nuestra posición espiritual,a nuestra entrega, a nuestra Madre, y al Espíritu Santo, para que tome completa posesión de nuestro corazón.
Lo interesante con respecto a lo que buscamos, es que las oraciones que la Iglesia ha establecido para honrar al Espíritu Santo, se refieren al corazón, pero corazón en sentido amplio, como símbolo de santidad de la persona, en el cual se centra toda la obra. Por eso hablar de la transformación de nuestro corazón en Cristo, es tomar todo el hombre, para en todo él, por medio de ese símbolo, en el cual centramos dicha obra, labrar la santidad.
Y así al Espíritu Santo se le atribuyen distintas clases de operaciones con respecto a nuestro corazón;una, la de enseñar; otra, la de purificar nuestro corazón y otra, la de llenarlo de su amor y hacerlo digna morada.
El día de Pentecostés la Iglesia no reza que ilustró sus inteligencias, sino que enseñó sus corazones, es decir, que cambió todo el hombre simbolizado en sus corazones.
Y es evidente que los corazones no pueden ser enseñados si primero no se enseña la inteligencia.Luego es todo el hombre el que ha sido cambiado.
1º: La de enseñar: “¡Oh Dios”! que en este día habéis enseñado los corazones de tus fieles por el Espíritu Santo, dadnos el gustar todo lo recto según el mismo espíritu”. (Oración de la Misa de Pentecostés)
“Oh Dios reparador y amador de la inocencia, dirige hacia Ti los corazones de tus siervos para que concebido tu espíritu de fervor, seamos encontrados firmes en la fe y eficaces en las obras” (Oración sobre el pueblo).
“Limpia nuestros corazones por la ilustración del Espíritu Santo”. (Secreta)
El día de la purificación al bendecir las velas que han de entregarse a los fieles, la Iglesia reza lo que sigue:“Así como estas luces encendidas con un fuego visible ahuyenta las tinieblas de la noche, así nuestras almas iluminadas por el fuego invisible o el resplandor del Espíritu Santo estén libres de la ceguera de todo vicio, para que,purificados los ojos del espíritu, podamos discernir lo que os agrada y es útil a nuestra salvación; a fin de que merezcamos llegar después de las espantosas tinieblas de este mundo a la luz inextinguible… Derramad benigno la gracia de vuestra bondad y la luz de vuestro Espíritu Santo a nuestras almas”.
Refiriéndose a Simeón dice que, así como él fue iluminado interiormente por el Espíritu Santo, así nosotros. “Concedednos propicios que iluminados por la gracia del mismo Espíritu Santo os conozcamos de veras y amemos con fidelidad”.
2º. Purifica: “Oh luz beatísima, llena lo más íntimo de los corazones de tus fieles.Sin tu luz nada hay en el hombre, nada que sea inocente. Lava lo que está sucio, riega lo que es árido, sana lo que está enfermo, ablanda lo que está duro, calienta lo que está frío, endereza lo que está torcido”. Secuencia de Pentecostés. Y así va enumerando en esta hermosa oración todas las operaciones que realiza el Espíritu Santo en nuestro corazón por medio de las figuras que propone.
“Señor, ante el cual todo corazón queda manifiesto y toda voluntad habla y no permanece oculto ningún secreto, purifica por la infusión del Espíritu Santo nuestros corazones, para que te amemos perfectamente y dignamente merezcamos alabarte”. (Oración para pedir una gracia al Espíritu Santo).
“Por esta oración te pedimos Señor, que purifiques de toda mancha nuestros corazones para que se haga digna morada del Espíritu Santo.” (Secreta ídem)
“Te pedimos Señor, que esté en nosotros la virtud del Espíritu Santo, que expurgue piadosamente nuestros corazones y nos libre de todo lo adverso”. (Oración del tercer día de la octava de Pentecostés).
“La infusión del Espíritu Santo purifique nuestros corazones y por su íntima aspersión los fecundice”.(Post-comunión).
3º: Es fuego que devora y purifica, es ilustración que enseña, es amor derramado.
“Ven Oh Espíritu Santo,llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.
“Sea tomada (la oblea) por aquel divino fuego que a los discípulos de Cristo, Hijo tuyo, por medio del Espíritu Santo consumió sus corazones”. (Secreta del viernes de Pentecostés).
En cuanto a la Virgen no podemos decir lo mismo que decimos del Espíritu Santo en el Misal, porque Ella es considerada a través de distintos misterios y de ellos se habla con sentido propio. Pero sin embargo podemos decir lo siguiente: que en todos ellos campea el dogma de la Mediación Universal y su participación en nuestra vida espiritual y siempre que hay una misa de octava o votiva, se suele decir la oración del Espíritu Santo que se refiere al corazón, salvo la existencia de una fiesta, que la desaloje, haciéndonos ver que la Virgen y la obra del Espíritu Santo en nuestro corazón están íntimamente ligadas.
El día del Corazón Inmaculado de María la Iglesia reza así: “Omnipotente y sempiterno Dios, que en el corazón de la bienaventurada siempre Virgen María habéis preparado digna habitación para el Espíritu Santo: concédenos propicio que mientras la festividad del mismo purísimo corazón devotamente recordamos, vivamos según tu purísimo corazón”.(Oración de la Misa del Purísimo Corazón).
“Oh Dios, que maravillosamente preservasteis de la culpa original a la Madre de vuestro Unigénito en su concepción concédenos os rogamos, que, asistidos por su intercesión celebremos su festividad con pureza de corazón”. (Oración de la vigilia de la Inmaculada).
“Que la ofrenda de nuestra devoción suba hasta Ti, Señor, que por intercesión de la Santísima Virgen María llevada a los cielos, nuestros corazones inflamados por el fuego de la caridad, aspiren constantemente por Ti”. (Secreta de la Asunción).
Esto es: amemos y glorifiquemos al Padre en nosotros.
Y por último el Patrocinio de San José: “Auxiliados Señor, con el Patrocinio del Esposo de vuestra Santísima Madre, suplicamos a vuestra clemencia nos concedáis despreciar cordialmente lo terreno y amaros a Vos, Dios verdadero, con perfecta caridad”(Secreta de la Misa del Patrocinio)
Que es lo que hacemos: amar y glorificar al Padre en nosotros, como decimos arriba.
PARA DISCENIR ESPÍRITUS.
El Apóstol nos enseña que debemos saber discernir lo bueno de lo malo y que debemos probar los espíritus:“Carísimos, no creáis a cualquier espíritu; sino examinad los espíritus si sonde Dios”. (1º Jn. 4,1)
Así evitaremos ilusiones y andaremos por camino seguro.
De distintas maneras nos mueve el espíritu de Dios. Una de ellas son los deseos y proyectos que se despiertan en nuestra alma, ya sea con respecto a nuestro prójimo, por su bien,o a nuestro propio aprovechamiento. Por eso nos enseñan los maestros de espíritu que si el principio, el medio y el fin de estos proyectos o deseos es todo bueno, es señal de que vienen de Dios. Mientras que si comienzan bien,pero al fin llevan a alguna cosa mala o que trae disipación señal es que ella no es de Dios. Puesto que lo que es de Dios no lleva nada contra su sana voluntad, ni contra el bien espiritual del mismo.
Lo mismo hay que distinguir dos momentos entre las inspiraciones y mociones de Dios y nuestros propósitos.Lo segundo no procede directamente de Dios y de ahí que sea necesario examinarlos convenientemente y someterlos a la aprobación, para que sean prudentes y según las mismas reglas que nos dan los maestros de espíritu sobre el bien y el mal.
No hablamos de los que son de cosas pequeñas, sino de lo que ya compromete. Pues si bien ha intervenido el Señor en su principio, luego en su ejecución o determinación, podemos obrar con imprudencia. Por ello la necesidad de consultar y obrar por obediencia, para hacerlo más conforme con el espíritu del Señor y la prudencia.
Cuando nos encontramos débiles y sin fuerzas pero rezamos y nos abandonamos y luego, sin causa, esto es, sin que haya anteriormente ningún movimiento, nos sentimos repentinamente con fuerzas para cumplir lo que nos resultaba arduo o nos abatía, tengamos la seguridad de que ello viene de Dios. Pues el santo espíritu me llega al alma con sus gracias, movimientos e inspiraciones, mansa, dulce y quedadamente,mientras que lo que no procede de Dios, produce inquietud, pérdida de paz y desazón, relajamiento y molicie.
El espíritu de Dios nos lleva al santo entregamiento, según el espíritu de nuestra consagración. Y para ello nos da la santa conformidad en todo con la voluntad de Dios, amor a la cruz de cada día y a los padecimientos que nos puedan sobrevenir, perseverancia en la oración a despecho de las sequedades y de las distracciones que nos puedan acontecer.
El espíritu humano, por el contrario, nos va a inclinar a quejarnos, a desalentarnos en el momento de la prueba o de la sequedad y a abandonarnos, no a Dios, sino a nosotros.
Es señal de espíritu humano el considerarnos con complacencia cuando hemos hecho algo bien o el deseo de ser tenidos en cuenta por los demás por nuestra piedad y virtud y contra el espíritu del Evangelio y de nuestra Consagración que nos dice: “que somos siervos inútiles y que lo que debemos hacer, hicimos”.
Así también obra con humano espíritu aquel que dice mal de sí, con ánimo de provocar alabanzas y consecuencia del mismo es la falsa mansedumbre que lleva el deseo de agradar a los que lo rodean y no a Dios.
Hemos dicho que el trabajo de nuestra santidad lo hacemos ladrillo a ladrillo, a base de trabajos pequeños. Por eso no es señal de buen espíritu el despreciar las cosas pequeñas y querer hacer cosas grandes o que nos saquen de nuestro deber de estado. Que el espíritu de Dios nos inclina a la elevada perfección; pero siempre compatible con las mismas obligaciones y dentro de la sencillez y pequeñez de nuestro espíritu.
CON RESPECTO A LAS CONSOLACIONES
Vienen del Espíritu de Dios cuando producen en el alma fervor de acuerdo con lo que hemos dicho sobre el modo de vivir la Consagración; y al mismo tiempo cuando dan un aumento a lastres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad y pacifican el alma.
Lo contrario de las consolaciones son las desolaciones o falta de fervor. Nuestra alma se siente inclinada hacia las cosas más bajas y terrenas, con deseos de abandonarlo todo,pensando que en todo estamos equivocados, que esto no es para nosotros y que estamos perdiendo el tiempo.
Nunca debemos hacer mudanza de nuestros propósitos ni de nuestra entrega en esos momentos, sino que, por el contrario, nos debemos mantener firmes en ellos. No dejar entonces la oración ni la meditación y el esperar en el auxilio divino con gran confianza, pensando que quizá todo lo que nos pasa es castigo de nuestra tibieza.
Es propio del espíritu diabólico solicitar al mal, influir así en nuestra fantasía. A veces suele proponer bienes sensibles con exageración de necesidades o males con experiencia de bienes. Suscita fervores intempestivos o penitencias indiscretas; inclina a la desobediencia y excita a la desesperación en los momentos de lucha contra nosotros mismos o de dudas. Incita a abandonarlo todo y dejarse llevar de las pasiones. Siempre se presenta con mezcla de perturbación, inquietud y sobre todo nos atacará cuando vea que progresamos en nuestra vida de consagración.
Pero no olvidemos que nuestro mejor escudo, nuestra mejor defensa, es el corazón de nuestra Madre.
LA NEGACIÓN DE SÍ MISMO
Decíamos en “Nuestro Camino”, que para formar a Jesús en nosotros en el corazón de nuestra Madre, no íbamos a hacer otra cosa sino “seguir los pasos que siguió Jesús, unidos a Él como a nuestra raíz y edificados sobre Él, confirmados en la fe, creciendo más y más con ella en acciones de gracias” (Col. 2,1-7.), y que nuestro primer paso sería abrazar la cruz de cada día para poder ser sus discípulos y seguirle por el camino que es estrecho y la puerta que es angosta y poder así entrar y situarnos en el mismo punto de vista que tuvo Cristo para ver las cosas”. (Vida de Consagración)
De ahí que para procurar vivir el Evangelio y los últimos deseos del corazón de Jesús, antes manifestados y sintetizados, no haremos sino lo que el Maestro nos ha dicho y para lo que ha puesto una serie de condiciones que se refieren a nosotros mismos y que hemos de cumplir si estamos dispuestos a seguirle.
“Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a si mismo, y cargue con su cruz y sígame”. Mc. 8,34)
“No tenéis que pensar que Yo haya venido a traer la paz sino la guerra. Pues he venido a separar al hijo de su padre y a la hija de la madre, y a la nueva de la suegra; y los enemigos del hombre serán los de su propia casa. Quien ama al padre o a la madre más que a Mí no merece ser Mío; y quien ama al hijo o a la hija más que a Mí, tampoco merece ser Mío”.
“Y quien no carga con su cruz y me sigue, no es digno de Mí”.
“Quien a costa de su alma conserva su vida, la perderá; quien pierda su vida por amor Mío, la volverá a hallar” (Mt. 16,25)
Porque ¿quién de vosotros queriendo edificar una torre, no echa primero sus cuentas, para ver si tiene el caudal necesario para acabarla? No le suceda que, después de haber echado los cimientos y no pudiendo concluirla, todos los que lo vean comiencen a burlarse de él diciendo: ved ahí un hombre que comenzó a edificar y no pudo rematar.
O ¿cuál es el rey que,habiendo de hacer guerra a otro rey, no considera primero despacio si podrá con diez mil hombres hacer frente al que con veinte mil viene contra él?”
Que si no puede despachar una embajada cuando está el otro todavía lejos, le ruega por la paz.
Así pues cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc.14,27)
Es decir, el camino para seguir a Jesús se compone de lo siguiente:
1º: Negarse a sí mismo, por el conocimiento de nosotros mismos a ejemplo del que comenzó a edificar, y por ello “nuestro Yo”.
2º: Esta negación se manifiesta en primer término tomando la cruz cada uno y por eso “nuestra Cruz”.
3º: Luego esta negación lleva a poner su amor sobre todas las cosas y a estar dispuesto a perderlo todo antes que perderlo a Él y entonces el capítulo sobre “La guarda del corazón”.
4º: Esta renuncia de nosotros mismos lleva a dejarlo todo, a renunciarlo todo, por lo menos espiritualmente, por amor a Cristo y por eso el capítulo “Nuestra Pobreza”.
Si queremos negarnos a nosotros mismos, hemos de ver primero que es “nuestro Yo”. Esto es: qué somos nosotros mismos. Y entender cómo hemos de negarnos.
Luego tomar “nuestra Cruz” y abrazarnos a ella poniendo a nuestro corazón dentro del amor de Cristo y custodiándolo para que así sea.
Abrazado a la cruz renunciaremos a todo por “nuestra Vida de Consagración”, con espíritu de pobreza para que, disminuyendo nosotros aparezca su semejanza y seamos verdaderas imágenes suyas.
II -SU FUNDAMENTO
Definición
Desviaciones
Sus causas
Nuestro corazón
Nuestro amor
Nuestra pobreza
“NUESTRO YO”, SU FUNDAMENTO
De la unión de nuestro cuerpo y de nuestra alma, nace no sólo una naturaleza humana, sino también nuestra persona, a la cual se le atribuyen todas las operaciones de la vida, no tanto vegetativa, como sensitiva e intelectiva y que cuando hablamos de nosotros mismos denominamos: “NUESTRO YO”. Así decimos: yo como, yo leo; digo:mi alma, mi cuerpo, como algo que me pertenece y que sin embargo, siendo yo mismo, es distinto de mí.
Este yo, esta persona, está enriquecida con las cualidades de nuestro cuerpo y de nuestra alma, que llamamos “TALENTOS”; pero al mismo tiempo está herida por el pecado original y arrastra dentro de sí, un lastre de pasiones y malas inclinaciones con sus respectivas consecuencias, que llamamos “NUESTRA MISERIA”.
De esta unión de cualidades nace el aprecio de nosotros mismos y el concepto de la propia dignidad, que si es hombre se manifestará por las virtudes que debe practicar como tal y que son patrimonio de su sexo, y si es mujer, por las del suyo.
Aprecio y dignidad que en sí son buenos, puestos por Dios nuestro Señor como reflejo de sus perfecciones, ya que Dios se ama a sí mismo. Y tanto se ama que de ese amor engendra a su Hijo y se denomina a sí mismo como el que es: “Yo soy, el que soy” (Ex. 3,14).
Mas en Dios estas cualidades son de perfección infinita y en nosotros sólo reflejo de las suyas, que están heridas por el pecado original y por lo tanto llevan en sí un desequilibrio a causa de la lucha del cuerpo y del alma, siendo nuestro trabajo encauzarlos a su fin, que se desvirtúa cuando se hace mal uso de ellos.
Del aprecio de nuestras cualidades y del concepto exacto de nuestra dignidad y del fin que tienen en sí, nace el desarrollo de la personalidad en el orden natural y sobrenatural.
Junto a este aprecio de sí mismo, hay otra tendencia no menos importante e igualmente arraigada, que nos lleva al deseo del aprecio de los demás, fundándose en estola sociabilidad. Pero uno y otro, el deseo de aprecio de nosotros mismos y de aprecio de los demás, degeneran y “lo que autoriza la común apelación de orgullo, que se da indiferentemente a entrambos efectos, es que uno y otro tienen por objeto la exaltación del Yo; el primero se magnifica a sus propios ojos, el segundo quiere ser magnificado por los demás” (Beaudenom)
SU DEFINICIÓN.
Para nuestro objeto definimos “Nuestro Yo” como la concepción de esos dos grandes amores, de estas dos hermosas cualidades que ennoblecen la vida de todo hombre y le dan una razón, aún humana, de ser y de vivir entre los demás.
Pero que en sus desviaciones arrastra todos los talentos que el Señor nos otorgó y hace que queden maleados por la misma influencia y lo llevan a consecuencias y posturas completamente contrarias al fin que Dios tuvo al ponerlos en nuestro corazón.
El querer hacer nuestra voluntad y no la de Dios, y en general todo lo que tiende a exaltarnos a nosotros y a posponer a Dios y al prójimo, como nuestra humana manera de verlas cosas y pensar, el aferrarnos a nosotros mismos, el defender u ocultar nuestras miserias, es algo tan intrínseco a nosotros, tan completamente nuestro, que nos diferencia de los demás, con todos sus rasgos, y constituye nuestra manera personal de ser, nuestra personalidad a través de su desarrollo.
Ella es el fundamento sobre el cual levantamos nuestra vida de Consagración y Santidad, porque somos cada uno de nosotros con sus buenas y malas cualidades. Las buenas que son los dones que Dios nos ha otorgado; las malas fruto de nuestra naturaleza caída y de nuestros propios pecados.
Las primeras para ennoblecerlas, las segundas para encauzarlas.
En la Consagración entregamos “Nuestro Yo”, porque entregamos lo que lo compone, para que tomándolo todo entero se haga un “YO nuevo”.
Y entonces la transformación de “Nuestro Yo”, consiste en la destrucción del hombre viejo que se renueva abrazando las enseñanzas del Maestro y siendo fieles a su gracia, y la formación del nuevo en Jesucristo: en justicia y santidad verdadera.
Suplantar “Nuestro Yo” por el de Cristo, será ir poniéndolo en cada uno de nuestros actos y maneras de ser y obrar, para que ya nuestra voluntad y querer y obrar no sea el nuestro, sino el de Él.
Pues “Nuestro Yo” mal encauzado nos lleva al hombre viejo, al que se vicia siguiendo las insinuaciones de la concupiscencia.
Es el que nos lleva a la“egolatría”, a la adoración y alabanza de sí mismo con exclusión de todo otro.Destruirlo es dejar de lado: “la fornicación, la impureza, la liviandad, la concupiscencia, y la avaricia, que es una especie de idolatría, por las cuales viene la ira de Dios… Pero ahora deponed también todas estas cosas: ira,fornicación, indignación, maldad, maledicencia, obscenidad y torpe lenguaje. No os engañéis unos a otros, despojaos del hombre viejo con todas sus obras y revestíos del nuevo, que sin cesar se renueva para lograr el perfecto conocimiento, según la imagen de su Creador. (Col. 3,4-9)
“Nuestro Yo” bien encauzado nos lleva a la gracia del hombre nuevo,a desaparecer, a dejar a Cristo, para que sea Él quien viva en nosotros.
“Vosotros, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de misericordia, bondad, humildad,mansedumbre, longanimidad, soportándoos y perdonándoos mutuamente, siempre que alguno diere a otro motivo de queja. Como el Señor os perdonó, así también perdonaos vosotros. Pero por encima de todo esto, revestíos de la caridad, que es vínculo de perfección” (Col. 3, 12-14). Y la paz de Cristo reine en vuestros corazones pues a ella habéis sido llamados en un solo cuerpo. Sed agradecidos.La palabra de Cristo habite en vosotros abundantemente, enseñándoos y exhortándoos unos a otros. Y todo cuanto hacéis de palabra o de obra hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por Él”. (Idem.15-17).
SUS DESVIACIONES.
“Nuestro Yo” es la fuente de nuestra dignidad, pero es también la fuente de nuestra soberbia.
“Es el amor de nosotros mismos que llamamos “amor propio” que hace que cuidemos de nuestra dignidad, de nuestra fama y de toda nuestra persona; que está herida por el pecado en su naturaleza; tiene distintas manifestaciones y sufre desviaciones que llamamos egoísmo, cuando es llevado hasta la exclusión de los demás, queriéndolo todo para sí solo y viéndolo a través del provecho que puede sacar para su beneficio propio.
El llevar el aprecio de nuestra persona hasta el desprecio de los demás, es la soberbia y el orgullo.El buscar en los demás el reconocimiento de nuestras cualidades, o su aplauso, es la vanagloria y el jactarnos de lo que tenemos mencionándolo siempre u ostentándolo, es la vanidad.
“Tanto si me elevo en mi propia estima, como si me hago un pedestal de la estima de los demás, no me considero más que a mí, olvido a Dios, no pienso en su gloria. Si mi alma es mediocre, se satisface con la complacencia de sí misma; si es grande quiere subir por encima de los demás y consume sus fuerzas en los tormentos de la ambición o de la envidia. El orgullo mezquino llena vanamente una existencia;el orgullo ambicioso la devasta”. (Beaudenom)
La envidia procede de la falta de cualidades o de bienes que no tenemos y al verlos en los demás nos producen tristeza porque en el fondo de nuestra alma no tenemos conformidad con la voluntad de Dios que nos quiere así como somos y no pensamos que si los demás lo tienen es porque en su bondad, Él así lo ha querido.
El celo se funda en la falta de generosidad, en buscar no el bien de los demás sino el de sí mismo yen un profundo egoísmo que no quiere que haya otro ya sea: en el querer, en la obra o en el trabajo, sino él.
El soberbio en la exagerada estima de sus propias cualidades y en el desprecio de las ajenas con un concepto propio de superioridad sobre los demás a los que desprecia también en sus obras y en sus opiniones.
Si el celo es el amor exagerado, o mejor, amor de sí mismo, hay que ponerlo en su verdadero sitio, ya que el verdadero amor quiere que el objeto amado sea conocido y amado de los demás, como el verdadero celo por la gloria de Dios que busca únicamente que Él sea conocido y amado.
El celo vigila, ahoga; el amor da libertad, expansión; corrige cuando es necesario y para bien; el celo ata, inhibe. El amor explaya: el celo entristece, cavila, ve lo que no hay. El verdadero amor se goza y alegra con el bien del objeto amado.
En el fondo de los celos y la envidia, como decíamos hay disconformidad con la voluntad de Dios, que da sus dones como quiere y a quién quiere.
En el fondo de la soberbia hay una suplantación de Dios por nosotros mismos, el erigirnos ante nosotros como adoradores de nuestras cualidades, como si fueran nuestras y no las hubiésemos recibido.
En la vanidad hay falta de lógica, pues ella hace que nos gloriemos en lo que muchas veces no hemos adquirido sino que nos ha sido entregado por la naturaleza o de otra manera o que está en nosotros sin ser nuestro.
La vanagloria es apoyarse en la caña que se dobla y no sostiene o edificar sobre arena, pues la opinión ajena es inconstante; pronto cambia los ídolos y los suplanta por otros que cree mejores.
Otra manifestación es la insensatez de apoyarnos en nosotros mismos a ejemplo de Pedro apoyado en su poder.
Un exagerarse ante sí mismo las cualidades y presumir lo que no se puede. Lo que es distinto de la audacia que sabe sacar provecho de la situación.
Todas estas manifestaciones y otras que no citamos, son desviaciones de esos dos amores que Dios puso en nosotros: el de nosotros mismos y el deseo de ser apreciados por los demás, y corregir las mismas es encauzar “Nuestro Yo” dentro del verdadero espíritu y poner en lugar de cada desviación la elevación por medio de la virtud correspondiente.
Es hacer que sea Cristo quien viva en nosotros por medio de las virtudes y que nosotros muramos para que sea Él quien viva por medio de ellas.
LA CAUSA
El apego a “Nuestro Yo”, es lo que trae las inquietudes, el egoísmo, los complejos, las nerviosidades, porque en el fondo no sólo es falta de generosidad y desprendimiento, sino de apego, de soberbia. Uno se encuentra poseído por el deseo de ser uno y que no sean los demás.
Por él hacemos girar las cosas alrededor de nosotros y de nuestros intereses y no los de Cristo y de los suyos.
Por él nos sentimos duros en nuestro interior.
La inmensa mayoría de las dificultades interiores vienen de “Nuestro Yo”, de deseos, etc., que quitan nuestra paz.
La solución para llegar a la paz, es morir a nosotros para tener los deseos de Jesús.
“El castigo de los que se buscan a sí es el encontrarse con sus miserias: quedar prisioneros en la estrechez del Yo”. (Hurnaer)
Es terrible luchar por querer ser bueno y encontrarse siempre con uno mismo, con su egoísmo, con su dureza interior, con sus intereses, con apego a todo lo propio, porque la voluntad se halla siempre tentada y debilitada por los apetitos interiores que son esas tentaciones naturales que obran dentro de nosotros, que nos solicitan al mal en toda la gama de tentaciones por las que pasa el hombre y que despiertan en nuestro interior, un verdadero apetito que nos empuja hacia su satisfacción, si el alma no está prevenida y fortalecida para rechazarlos.
Por eso a todos se nos plantea este dilema: o esclavos de Dios o esclavos de los apetitos que pululan en nosotros.
Por eso la lucha contra nosotros mismos, contra “Nuestro Yo”.
Cuanto menos está la voluntad en los apetitos que la solicitan, más fuerte es para la virtud, porque éstos la atan y la debilitan, ya que la voluntad encuentra su fuerza en la rectitud, pues en ella cuanto más libre más fuerte.
“Porque un solo apetito desordenado, como diremos después, aunque no sea materia de pecado mortal,basta para poner un alma tan sujeta, sucia y fea, que en ninguna manera puede convenir con Dios en una unión hasta que el apetito se purifique”. “Cuál será la fealdad de la que del todo está desordenada en sus propias pasiones y entregada a sus apetitos y cuán alejada de Dios estará y de su pureza”. (San Juan de la Cruz).
Pues cuanto más está la voluntad en las criaturas, menos puede estar en Dios.
Todo apetito voluntario es el que embaraza la unión del alma con Dios, como los movimientos de nuestra naturaleza, consentidos, “ya que los apetitos naturales, es decir, las tendencias que dentro de nosotros llevamos y nos solicitan poco o nada impiden la unión al alma cunado no son consentidos ni pasan de primeros movimientos”.(San Juan de la Cruz).
Obrando los apetitos dentro de nosotros ejercen dominio cuando no se los combate y Dios no nos purifique de ellos, haciendo que yerre nuestra inteligencia y se debilite nuestra voluntad,y así: “Nuestro Yo” viciado por nuestra manera humana de pensar y sentir es el que desvirtúa la verdad en nuestros juicios o mejor la imparcialidad de los mismos, porque hace que juzguemos las cosas conforme a nuestros apetitos o deseos y no según la verdad, e influyen para que el amor propio nos desvíe del verdadero juicio; que nos engañe muchas veces en las cosas que obramos,haciendo que busquemos lo que es según nuestra voluntad y no según la de Dios.
La prueba de ello es la contradicción y disgusto y malestar que sentimos cuando no nos salen según nuestros deseos.
Él hace que queramos imponer nuestro parecer a los otros, creyendo que somos los únicos capaces de pensar bien, lo que trae como consecuencia las discusiones, riñas, disensiones,envidias, etc.
Nos lleva a ser duros en el juicio con los demás y blandos con nosotros mismos en razón del mismo amor que nos tenemos, pero que no es según el Evangelio.
Nos lleva a que no nos guste que hagan los demás, por temor de ser desalojados, lo que nos gusta hacer a nosotros para ser vistos.
Nos lleva a que hablemos mal de aquello que nosotros queremos y no podemos obtener.
Hace que en la vida espiritual busquemos muchas veces nuestra propia satisfacción, más que la virtud o a Dios en ella, o que en los momentos de prueba nos volvamos a nosotros mismos o al mundo en busca de consuelos y satisfacciones.
Nos lleva a quejarnos cuando nos pasa algo, pensando que todo nos tiene que suceder a nosotros y que nosotros, somos así o de otra manera, Y lo triste que procedemos así, creyendo que lo hacemos con rectitud. Y así otras mil manifestaciones que tienen influencia en nuestra vida espiritual.
NUESTRO CORAZON
El corazón es otra manifestación del yo en sus innumerables afectos, deseos y movimientos, y su cuidado tiene influencia decisiva en nuestra vida espiritual, pues siendo la sede de los afectos, es el que impulsa a todo el hombre por medio de ellos y con ayuda de la voluntad a obrar. Por eso es necesario que veamos cómo guardarlo libre de miserias para que en él reine Cristo en el Corazón de nuestra Madre.
En primer término vamos a definir qué es para nosotros el corazón, en sentido espiritual.
Al hacerlo y hablar de él, no entendemos el corazón anatómico, como músculo, ni tampoco el mismo corazón,material en cuanto que es símbolo de la caridad, sino que tenemos que entender en cuanto que es principio y sede de la vida moral: los actos libres de la voluntad y los afectos y sentimientos que repercuten en la vida sensible. Como así también las operaciones intelectuales necesarias a la vida moral. El alma racional con las riquezas con que Dios la creó; la inteligencia en cuanto que es luz que guía a las operaciones prácticas y la voluntad que las ejecuta, los dones creados y los hábitos adquiridos. Las pasiones sensibles con los órganos corporales. En una palabra, todo lo que pertenece a la santidad y que tiene como símbolo de ello, el corazón.
El corazón como en Cristo,en el cual “el Rey de Amor, representado bajo aquel símbolo que más eficazmente y más naturalmente figura y recuerda todas las virtudes, los afectos, la santidad, en cuanto es de más bello, de más grande, de más íntimo en la persona de Jesús. Y todas sus palabras y todas sus acciones externas en cuanto eran sugeridas por la caridad, sin excluir sus misterios, sus alegrías, sus enfermedades, sus sacrificios y su Sacerdocio”.
Y entonces, cuando decimos que queremos hacer nuestro corazón semejante al de Cristo, no entendemos sino hacer nuestro por la semejanza, lo que decimos antes, por nuestra unión con Él,por la gracia, en el Corazón de nuestra Madre.
Aunque lo tomamos en este sentido amplio, no por eso lo dejamos de considerar individualmente como centro de la vida moral. Porque según nuestro corazón en ese sentido, tal será toda nuestra vida espiritual.
Y si bien al entregarlo por él, con la esclavitud, añadimos todo nuestro ser y todo lo que poseemos, aún nuestros pecados, no por eso debemos dejar de considerarlo, de verlo aisladamente como tal, para que todo lo restante de ese corazón, en sentido amplio, encauzado en nuestra Madre, salga purificado y encauzado también en Cristo.
“Pues, sea de éste lo que fuere, yo jamás he aprobado el método de algunos, que empiezan a reformar al hombre exterior, por los movimientos, por los vestidos, por los cabellos.
Al contrario, me parece a mí, que se ha de dar principio por el interior: “convertíos a Mí de todo vuestro corazón” (Joel 2, 12). “Hijo mí, dame tu corazón” (Prov. 23, 26),porque siendo el corazón el principio de las acciones, éstas son tales, cual esél.
“Ponme, dice el Esposo Divino convidando al alma, ponme como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu corazón” (Cant. 8,6). Y con razón, pues quien tenga en su corazón a Jesucristo, bien presto lo tendrá en todas sus acciones exteriores.
Por eso, ante todas estas cosas he querido grabar y esculpir en tu corazón esta expresión santa y sagrada: VIVA JESÚS, asegurando que con éste tu vida que procede del corazón,como el almendro nace de la almendra, producirá todas sus acciones, que son sus frutos, con esta misma saludable expresión grabada y esculpida; y de que así como el dulcísimo Jesús vivirá en todas tus acciones y se dejará ver en tus ojos, en tu boca, en tus manos, y aún por tus cabellos y podrás decir como San Pablo: Vivo yo, no yo, sino Jesucristo vive en mí” (Gal. 2,20). En una palabra:es dueño de todo el hombre, quien es dueño de su corazón.
Pero, como también al corazón, por donde quiere dar principio, es necesario instruirlo como ha de ordenar su porte y exterior continente para que se deje ver allí, no sólo la santa devoción, sino también gran discreción y prudencia”. (San Francisco deSales).
SU GUARDA
Por eso a este corazón es necesario guardarlo, custodiarlo.
Pues si bien en él simbolizamos todo nuestro yo, todo hombre, sin embargo, como vemos más arriba,todo el hombre espiritual brota de él, por ser el principio de todas las acciones. Y debemos hacerlo porque lo hemos puesto en el Corazón de nuestra Madre y lo hemos entregado para que sea transformado y sus sentimientos sean los de Cristo. Para que ya no sea nuestro sino de Dios.
Pues nuestro corazón, si no lo custodiamos, se va apegando en el curso de la existencia a multitud de cosas que detienen su transformación.
Su amor no es puro y está movido por multitud de apetitos naturales que traban su unión sobrenatural con Cristo. De ahí entonces, que Dios someta al alma a las pruebas que hacen obra de purificación y principalmente a las almas que quieren adelantar, a las noches de los sentidos y de la fe, para que el corazón purificado en el duro crisol de la tribulación se libere de esos apegos y marche limpio y puro a la unión con Cristo, “por cuanto los bienes inmensos de Dios no caben sino en corazón vacío y solitario”. (San Juan de la Cruz).
Mas no tratemos nosotros de este trabajo sino en lo referente a nuestro esfuerzo por secundar la gracia en esta lucha contra “Nuestro Yo”.
Es necesario que poco a poco se vaya librando de todos sus apegos sensibles para que los sentimientos que lo animen sean sobrenaturales.
Y como el principal sentimiento es el amor, de ahí que en él debamos guardar el orden y la regla que nos da Cristo: “Amarás al Señor tuyo con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente”.
El segundo es semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En estos dos mandamientos está cifrada toda la ley y los profetas” (Mt. 22, 37-40)
Amor que está siempre sometido a la graduación que el mismo Jesús nos enseña: “Quien ama al padre o a la madre más que a Mí, no merece ser mío; y quien ama al hijo o a la hija más que a Mí, tampoco merece ser mío”. (Mt. 10, 37)
“Quien conserva su vida la perderá; y quien perdiere su vida por amor mío, la hallará”. (Idem) “Al que me confesare delante de los hombres, Yo lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos”.
Es decir, que la regla que va dando la norma para los afectos de nuestro corazón es el amor de Dios,alrededor del cual giran todos los otros afectos de nuestro corazón. De modo que si tuviésemos que decidirnos, siempre ha de ser el amor de Cristo el que prime.
Pero sobre todo debemos preocuparnos que no sean las pasiones o los apetitos los que mueven el corazón a obrar, principalmente en el trato con nuestro prójimo; por eso: “No te olvides de examinar frecuentemente tu corazón a ver si está para con el prójimo como tú quisieras que el suyo estuviese para contigo si te hallares en su lugar, porque éste es el punto de la verdadera razón”. (San Francisco de Sales).
Ciertamente es muy difícil guardar el corazón libre de toda miseria, por eso es más necesario profundizar el amor y la entrega del mismo al Corazón de nuestra Madre, para que Ella lo guarde y conserve como cosa y posesión suya.
NUESTRA CRUZ
Y no puede faltar como parte personal en nuestra vida la cruz, porque es lo que debemos tomar como bagaje, como cosa propia, si queremos seguir al Maestro. Es lo único que nos pide que tomemos si queremos ir tras Él: “Si alguno quiere ser mi discípulo,tome su cruz y sígame” (Mt. 16, 29) Es decir, niéguese a sí mismo.
¿Qué es esto que el Maestro nos pone como condición “sine qua nom” para seguirle? ¿Qué es “Nuestra Cruz”?
Es una dolencia del cuerpo que no nos deja… aquella persona con la cual convivimos… nuestra falta de habilidad para lo que se nos encomienda… aquel defecto que a pesar de nuestra voluntad buena no podemos arrancar… “Nuestra Cruz” es el cumplimiento exacto del deber que repugna a nuestra comodidad… nuestro temperamento… nuestra cortedad…
Cada uno de nosotros sabe bien cuál es su cruz.
Algunas veces dura un poco de tiempo, a veces años, quizá toda la vida y lo que es más, completamente desconocida para los demás.
La cruz que cada uno de nosotros tiene, es la que más le conviene y la que debemos abrazar, porque es la que Dios quiere o permite. Si queremos ser verdaderos discípulos de Jesús,es la que debemos tomar, besar, abrazar y andar con ella a cuestas el camino de nuestra vida.
Nuestra cruz es lo único en lo que podemos gloriarnos, porque todo lo demás es del Señor, ya que: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” mientras que en la cruz está nuestra gloria. “A mí líbreme Dios de gloriarme sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo”.
Y lo que es más: si abrazamos nuestra cruz, completamos en nosotros lo que falta sufrir a Cristo en pro de su cuerpo que es la Iglesia.
Ella puede serlo en nuestro cuerpo o en nuestra alma.
Podemos sufrir en nuestro cuerpo: por un defecto, por nuestras mismas pasiones, por una enfermedad, por complexión débil, por causas exteriores de tiempo, accidentes, etc.
Entonces si aceptamos el sufrimiento completamos cada uno lo que falta a la pasión de todo ese cuerpo que es el Cuerpo Místico de Cristo. Pues cada miembro de ese cuerpo, cada cristiano, tiene que tener su pasión. Por eso la nuestra, la de cada uno, para poder ser discípulos del Maestro, pues sufrió como Cabeza. Falta lo nuestro.Que suframos como miembros de ese cuerpo. (Romanos 5, 3-11)
Puede serlo en nuestra alma. Jesús sufrió en su alma la angustia, el abandono, la traición, el ver que muchos despreciaban y despreciarían su pasión y sus dolores.
Así tendremos que sufrir en nuestra alma.
INVITACIÓN:
Si éste "nuestro ideal", que en apretada síntesis te ofrecemos, puede ser tuyo, te invitamos a compartirlo.