Somos...
Nuestro Instituto.
Estamos
consagradas a Dios y lo hacemos –en nuestro caso –porque de esta forma
entendemos que entregándonos todas a Él, se hace más fácil el ser
instrumentos de bien, todo nuestro día, para que Jesús pueda pasar de
nuevo por nosotras haciendo el bien. Buscamos –aunque parezca un sueño-
la vivencia primitiva. Hacer, que por la acción del Espíritu, seamos un
solo corazón y una sola alma. Perseverar en la oración, compartir los
bienes y partir “el pan” con alegría. El Pan de Vida y el material. El
que dura hasta la vida eterna y el que nos fortalece para ser útiles al
Padre.
Nosotras y la Iglesia. 
Queremos
ser Iglesia. Nos declaramos definidamente a su servicio. Aceptamos su
organización monogámica como su estructura jerárquica, integrada con el
pueblo de Dios, sin el cual no tiene razón de ser, y a nosotras, en
disposición de servicio, acatamiento y colaboración con ella. Es que
sin
la Iglesia, nosotros no podemos ser consagradas a Dios en un Instituto.
Ni puede ser de otra forma, porque Cristo amó
la Iglesiay se entregó por ella hasta la muerte y muerte de cruz.
La
vemos con el Concilio que “es en Cristo como un sacramento o señal e
instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el
género humano”.
Creemos
que su vitalidad está en su pluralidad de manifestaciones interiores,
que son un signo de que el Espíritu obra en ella y que se hace una en
Cristo por la fe, la esperanza y el amor. Es por eso que tenemos
profunda convicción en la fecundidad siempre perenne de la fe. Tenemos
fe en la fe. En nuestra fe y en su acción transformadora en nosotros
–siempre que vivamos en fe- y que lleva dentro, mientras permanezcamos
en ella, las virtualidades capaces de transformarnos y transformar el
mundo. Creemos, sí, que “el justo vive de la fe” y que es sólo dentro
de su ámbito que se desarrolla toda nuestra personalidad de hijas de
Dios, como el alimento de nuestra esperanza que se transforma en ideal.
Nosotras y el mundo. 
Estamos
convencidas de que nuestra abundancia interior –como su proyección
externa- está condicionada por una adaptación constante a los signos de
los tiempos, que sabiendo guardar sabiamente lo permanente, sabe
incorporar a su fe, la riqueza de un mundo cambiante en marcha siempre
constante –no hacia un devenir incontrolable y sin término sino hacia
el encuentro con Cristo, a quien, en cada misa le decimos: “¡Ven Señor
Jesús!”.
Nos sentimos Iglesia con
la Iglesia.PeroIglesia entre los hombres. Llenas de espíritu misionero,
queremos compartir con todos ellos nuestra fe, nuestra vida y nuestro
afecto humano, cualquiera sea su raza, su religión o su color.
Estamos
en función de servicio y este servicio, tiene como primera destinataria
principal a la propia Iglesia a través de sus obras, y en ellas, a
nuestros hermanos, especialmente los más necesitados.
Nuestra vida interior. 
Debemos
comenzar diciendo que, nuestro gran amor, como el de Cristo, es el
Padre. Es que buscamos entrar a compartir los sentimientos del corazón
de Jesús, en el que el primero de todos fue su Padre. Creados por Él,
sabemos que lo hemos sido de acuerdo a un plan premeditado de su amor y
que en la medida en que ese plan se realice en nuestra vida, habremos
llenado el cometido que el Padre tuvo al crearnos y destinarnos para
ser con Cristo –el primogénito entre muchos hermanos- todo el Cristo
total en el cual nos ama y que debe asemejarse a Jesús para poder
entrar así con Él en su gloria. Desde ese punto de vista es fácil
entender cuáles son los sentimientos que se albergaron en su corazón,
que conformaron su existencia y que nacen de aquél “que no vino a hacer
su voluntad, sino la del Padre que está en los cielos”. Todo lo demás
es la manifestación de ese misterio que estaba escondido en Dios y que
el Padre nos quiso revelar en su querido Hijo. El Evangelio es el
testimonio de esos sentimientos y la revelación de ese plan de
salvación de Dios.
Su base en el Evangelio. 
Sostenemos
la vigencia siempre actual del Evangelio, que se hace carne en cada
generación por la vivencia de su fe y la adaptación de lo accidental a
las contingencias de los tiempos y un desafío al espíritu creador para
que lo esencial de su mensaje pueda estar siempre mechando la vida de
cada generación con sus adelantos y sus progresos en todos los órdenes
de la vida.
Vidas consagradas. 
Para
hacer más vivencial en nosotras el plan del Padre consagramos a Dios
nuestras vidas en entrega total. Lo hacemos para vivir una
espiritualidad. Venimos a ello.
Este
unitarismo del alma lo centramos en la realización del plan de Dios
sobre nuestra vida. Lo llamamos “el sueño del Padre” sobre sus hijos
adoptivos, desde toda la eternidad: ser alabanza de su gloria,
adoptados por Él para ser conformes a la imagen de su Hijo y alcanzar
un grado de gracia, de vida y de unión con Cristo, siendo templos del
Espíritu Santo que es el que nos da la prenda segura –por su acción en
nosotros- de que verdaderamente hemos sido adoptados por hijos y que
por la adopción, nos da la seguridad de ser herederos de su Reino, ya
salvos en esperanza como resucitados en Cristo es esa misma esperanza.
Este plan de Dios es nuestro ideal que buscamos alcanzar en el corazón de
la Virgen–entregadas a Ella- y viviéndolo en
la Iglesia, sacramento de salvación, Cuerpo de Cristo y Pueblo que peregrina hacia
la Casadel Padre, encarnadas en el mundo al que tendemos nuestros
brazos para ser con todas las almas consagradas instrumentos de
salvación en su medio.
Los caminos de la vida interior. 
Sabemos
que los caminos de la vida interior no son fáciles. Que para ir hacia
nuestra meta debemos jalonarnos de caídas y ascensos, fracasos, luchas
y dolores. La miseria nos envuelve. Las pasiones nos castigan. La
debilidad nos abruma. “Sólo sabemos que cuanto más débiles somos, más
fuertes somos, no nosotras, sino la gracia de Dios en nosotras”.
Las
virtudes humanas simples y sencillas, pero que hacen al hombre o a la
mujer buena son la base y el sustento de nuestra vida espiritual. Es
que entendemos que tenemos que pensar que, antes de decidirnos a ser
ángeles, debemos ser mujeres que viven una vida humana y concreta en el
mundo con el que comparten sus vicisitudes y en el que practican las
virtudes humanas que hacen al hombre honesto, bueno y humano, que vive
su vida ordinaria inmerso en la ciudad, la familia y el trabajo.
Nuestra fe en el amor. 
Creemos
en el amor, porque Dios es amor, Cristo murió por amor. El Espíritu
Santo es el amor que comunica y es la esencia del Evangelio.
Sostenemos
que el amor es el primer valor humano divino del hombre. Que en su
cumplimiento está la plenitud de la ley y que en tanto todas y cada una
encuentren su progreso en el amor, cada una será plena y el Cenáculo
tal.
Con
el amor admitimos la existencia de nuestros propios dones. El de cada
una. El personal, que es el que hace prolíficos los talentos recibidos
de Dios. Los debemos usar para gloria suya, nuestro crecimiento
interior y bien de los demás. Todo carisma es para bien del prójimo.
El
uso de los dones –como el de los carismas- se proyecta en toda nuestra
vida por una laboriosidad constante, en la entrega de todo momento. Es
como vamos dando, minuto a minuto, las horas de nuestra existencia que
se nutre en la conciencia del espíritu de sacrificio, capaz de ir dando
la vida para la gloria de Dios y el bien de nuestros hermanos.
La
responsabilidad de creer en el amor como el aprovechamiento de nuestros
dones y talentos en nuestra realización del plan de Dios, nos hace
afirmar que “queremos ser más, que poseer más”. Sólo siendo más,
interiormente, crearemos nuestra auténtica riqueza, que nos hace
capaces de dar de la abundancia de nuestro interior y pasar haciendo el
bien. Es la única forma posible de alcanzar el grado de gracia –para
tener después el de gloria- previsto en el plan del Padre.
Debemos
hacer en nuestra vida la imagen de Jesús. Es nuestra ambición que Él
pueda pasar de nuevo –en nosotras- por el mundo, haciendo el bien.
Tener en nuestro corazón sus sentimientos, en nuestra mente su Verdad,
en todo nuestro espíritu su vida.
María es nuestra vida. 
Como Cristo en la hora del nacimiento, de
la Cuna, de
la Presentación, de la huída a Egipto, de los años de Nazareth, queremos
estar con María, en su corazón y hacer allí toda nuestra experiencia
espiritual y el trabajar para hacer realidad en nosotras el plan del
Padre.
Como los apóstoles, tanto en las horas previas a Pentecostés, como en
este día glorioso, y luego a sus pies, como ellos, escuchando,
recibiendo todo lo que guardó y meditó en su corazón tanto años, para
transmitirlo después, con explosión de gozo, haciendo conocer a los
primeros de
la Iglesia, los misterios hasta entonces ocultos de la vida de Jesús.
Nosotras y el Espíritu. 
Pero
nada puede ser sin el Espíritu de Jesús que junto con María vuelven a
realizar en cada alma que así lo desea la imagen de Jesús, que es la
aparición en toda la vida de las virtudes de Cristo como el compartir
los misterios de su vida.
Descansamos en el Espíritu de Dios que obra siempre con la misma fecundidad en
la Iglesiay en las almas, y sabemos que, sólo siendo fieles a su acción –tanto
la Iglesiacomo tal y sus miembros como parte- puede ser que la fe
produzca en el mundo su trasformación maravillosa y que hoy se pueda
dar como ayer y como se dio en sus orígenes.
Nuestro bautismo 
Hacemos del bautismo el día principal de nuestra vida –el de nuestro nacimiento- porque, gracias a él, hemos podido entrar a
la Iglesiapara ser hijos del Padre y realizar en nuestra existencia
su plan de salvación, al que hemos podido llegar, gracias a la plenitud
de la gracia de Cristo que nos alcanzó con su muerte, se hizo realidad
con su resurrección y ascensión a los cielos, como con el envío de su
Espíritu.
Es el día de nuestro nacimiento como hijos de Dios para tener la eternidad con Él.
Pero esta búsqueda de la semejanza con Cristo la queremos hacer en el corazón de nuestra madre
la Virgen, como hizo Cristo que por la obra del Espíritu se formó en su seno para ser “el fruto bendito de su vientre”.
La vida de oración. 
Vivir
una oración vital que nos haga posible el llegar a la oración unitiva y
por ella a la contemplación, es una de nuestras metas. Creemos que sin
oración –como nos enseñó Jesús- nada es posible. Que la oración es el
alimento del alma. Que todo nuestro día lo debemos convertir en oración
y que nuestro propio trabajo debe ser una oración. Debemos buscar desde
la simple oración de unión con Dios que se va adquiriendo en el
encuentro constante y fecundo con Él en la intimidad del alma, en el
recogimiento, hasta la que hace que esa oración vuelva tal toda nuestra
existencia. Sólo las almas orantes elaboran como abejas la fecundidad
apostólica de su vida, abren el camino a
la Iglesiapara llegar a las almas son una bendición de Dios para los hombres.
La primera de todas, la oración de
la Iglesiaa través de su liturgia, de las horas que marcan los
distintos tiempos diarios de oración, como de la que es el centro y el
tesoro de sus tesoros: la misa.
La
misa y la comunión son “el sol de nuestro día”. Inmolados con Cristo
sobre el altar, le damos a Él todo nuestro ser –como una humanidad
suplementaria- para que el resto de nuestro día, Él pueda pasar por el
mundo haciendo en bien por nosotras. De esta nuestra fidelidad a esta
entrega depende nuestra fecundidad espiritual, la realidad concreta de
la vivencia de nuestra misa y signo de que estamos unidas con Cristo en
María.
En este buscar la unión con Dios, volcar en Él
nuestras preocupaciones y vivir los misterios de la vida de Cristo, el
Rosario sigue siendo nuestra arma poderosa de oración. Con María
recorremos esos misterios de la vida del Señor para hacer de cada día
una imitación suya y vivir nuestro día con su propio afán y descanso en
la Providencia.
Nuestra castidad consagrada. 
Declaramos
que “nuestra castidad consagrada” a la caridad, para volcar por ella la
fecundidad de nuestra fe, no sólo no cierra las ventanas de nuestras
celdas sobre el mundo, sino que las abre, no para buscar en él ese
encuentro, también bendito del amor conyugal, que nosotros honramos hoy
más que nunca y sabemos que es fuente, en Cristo, de gracia sacramental
y programa normal de santificación, sino para infundirse en caridad que
sublima y se entrega en el servicio a los demás y en el sacrificio
propio y que convierte el celibato y la virginidad en manantiales
incomparables de santidad evangélica, que les asegura, en la economía
cristiana, la primacía en la jerarquía del amor. ¿Quién puede amar y
servir mejor a los hombres que aquel que, renunciando a todo amor
humano propio, ofrece la propia vida a ese Cristo Jesús que de
cualquier hermano necesitado ha hecho sacramento de una presencia
mística y social suyas?” (Pablo VI).
Aceptamos,
que si nos entregamos en cuerpo y alma al servicio de los demás, así
como nuestra vida tendrá satisfacciones y alegrías, estará sembrada de
pequeñas o grandes cruces: luchar contra el desaliento, la
incomprensión, las desilusiones, el no ver frutos, como todo aquello
que conforma la vida de un apóstol. Afirmamos aquí con Pablo de Tarso
que, si estamos firmes en la fe, nada podrá apartarnos del amor de Dios
que se funda en Cristo Jesús y que es la razón de nuestra entrega. Por
ello asumimos todas las contrariedades de nuestro quehacer, como parte
integrante de nuestra vida, que son las que nos forman en Cristo
paciente y hacen que portemos en nosotros los estigmas de su pasión.
Una huella detrás de nosotros. 
De
la propia plenitud se proyecta sobre nuestros hermanos, nuestro ideal.
Fluye del lleno del corazón. Es que la huella más hermosa que puede
quedar detrás nosotras, en nuestro paso por la vida, es la del bien y
la que
la Palabrade Dios se complace en destacar de Jesús, que “fue varón poderoso en hechos y palabras, que pasó haciendo el bien”.
“Dar gratuitamente, lo que gratuitamente se ha recibido”.
Un camino abierto. 
Esto es lo que queremos comunicar a través del Cenáculo. Lo que
ansiamos sembrar. Hoy retomamos la senda para ir arrojando a su vera,
mientras vamos devorando las leguas recostadas a lo largo del camino de
nuestra vida, para hacer como el Apóstol que “corría para alcanzar
aquello a que había sido llamado desde lo alto”.
Estos y otros puntos forman parte de nuestra programática. Todos ellos
hacen a la realidad de nuestro ideal y la de nuestra espiritualidad de
consagradas.
Dejamos un camino abierto para ser
transitado. Muchos se abren ante la vista de los hombres. Este es uno
seguro. Nos lleva a concretar en realidad “los sueños del Padre” y en
los cuales volcó sus esperanzas y que a nosotras nos toca hacer
realidad.
EL SUEÑO DEL PADRE SOBRE NOSOTROS ES DESDE SIEMPRE
“Nos
escogió antes de la creación del mundo, para ser santos y sin mancha en
su presencia por el amor. “Nos predestinó para ser hijos suyos,
adoptivos por Jesucristo, a gloria suya, por un puro afecto de su buena
voluntad” (Ef. 1,4)
ALABANZA DE SU GLORIA CONFORMES A
LA IMAGENDEJESÚS
ALCANZAR UN GRADO DE GRACIA, DE UNIÓN Y DE VIDA CON ÉL
DARNOS SU ESPÍRITU PARA QUE FUÉSEMOS SUS TEMPLOS
“Siendo hijos somos también herederos: Herederos de DIOS y coherederos con CRISTO” (Romanos)
HACERNOS HEREDEROS DE SU REINO CON UN GRADO DE GLORIA EN
LA ETERNIDAD
EL BAUTISMO INTRODUCE EN ESTE PLAN DE DIOS
Nos dió para realizarlo:
-TODOS LOS DONES SOBRENATURALES
- UN ORGANISMO SOBRENATURAL
- A MARIA COMO MADRE
- A
LA IGLESIACOMOSU CUERPO
Pueblo que peregrina en busca de la casa del Padre.
LA SANTIDAD POR EL AMOR –como ideal- QUE SE
ALCANZA EN
LA FRATERNIDAD.
El amor es la plenitud de la ley.
ESTE ES NUESTRO IDEAL: El que queremos alcanzar luchando y entregados a María –en su Corazón y al Espíritu Santo, como JESÚS en
la Encarnación, para formarlo en nosotros, y poder hacer realidad…
EL SUEÑO DEL PADRE SOBRE SUS HIJOS |