Cenáculo de María-La Plata
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Pía Unión Cenáculo de María
El Amor de Cristo nos ha unido en el Corazón de nuestra Madre

 

Somos... 

 
  
 
                                                           
Nuestro Instituto.  
 
          Estamos consagradas a Dios y lo hacemos –en nuestro caso –porque de esta forma entendemos que entregándonos todas a Él, se hace más fácil el ser instrumentos de bien, todo nuestro día, para que Jesús pueda pasar de nuevo por nosotras haciendo el bien. Buscamos –aunque parezca un sueño- la vivencia primitiva. Hacer, que por la acción del Espíritu, seamos un solo corazón y una sola alma. Perseverar en la oración, compartir los bienes y partir “el pan” con alegría. El Pan de Vida y el material. El que dura hasta la vida eterna y el que nos fortalece para ser útiles al Padre.
 
Nosotras y la Iglesia.   
 
Queremos ser Iglesia. Nos declaramos definidamente a su servicio. Aceptamos su organización monogámica como su estructura jerárquica, integrada con el pueblo de Dios, sin el cual no tiene razón de ser, y a nosotras, en disposición de servicio, acatamiento y colaboración con ella. Es que sin la Iglesia , nosotros no podemos ser consagradas a Dios en un Instituto.
 
 Ni puede ser de otra forma, porque Cristo amó la Iglesia y se entregó por ella hasta la muerte y muerte de cruz.
 La vemos con el Concilio que “es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano”.

 Creemos que su vitalidad está en su pluralidad de manifestaciones interiores, que son un signo de que el Espíritu obra en ella y que se hace una en Cristo por la fe, la esperanza y el amor. Es por eso que tenemos profunda convicción en la fecundidad siempre perenne de la fe. Tenemos fe en la fe. En nuestra fe y en su acción transformadora en nosotros –siempre que vivamos en fe- y que lleva dentro, mientras permanezcamos en ella, las virtualidades capaces de transformarnos y transformar el mundo. Creemos, sí, que “el justo vive de la fe” y que es sólo dentro de su ámbito que se desarrolla toda nuestra personalidad de hijas de Dios, como el alimento de nuestra esperanza que se transforma en ideal.

 

 
Nosotras y el mundo.  
Estamos convencidas de que nuestra abundancia interior –como su proyección externa- está condicionada por una adaptación constante a los signos de los tiempos, que sabiendo guardar sabiamente lo permanente, sabe incorporar a su fe, la riqueza de un mundo cambiante en marcha siempre constante –no hacia un devenir incontrolable y sin término sino hacia el encuentro con Cristo, a quien, en cada misa le decimos: “¡Ven Señor Jesús!”.
 
Nos sentimos Iglesia con la Iglesia. Pero Iglesia entre los hombres. Llenas de espíritu misionero, queremos compartir con todos ellos nuestra fe, nuestra vida y nuestro afecto humano, cualquiera sea su raza, su religión o su color.

Estamos en función de servicio y este servicio, tiene como primera destinataria principal a la propia Iglesia a través de sus obras, y en ellas, a nuestros hermanos, especialmente los más necesitados.

 

 
 
Nuestra vida interior.  
Debemos comenzar diciendo que, nuestro gran amor, como el de Cristo, es el Padre. Es que buscamos entrar a compartir los sentimientos del corazón de Jesús, en el que el primero de todos fue su Padre. Creados por Él, sabemos que lo hemos sido de acuerdo a un plan premeditado de su amor y que en la medida en que ese plan se realice en nuestra vida, habremos llenado el cometido que el Padre tuvo al crearnos y destinarnos para ser con Cristo –el primogénito entre muchos hermanos- todo el Cristo total en el cual nos ama y que debe asemejarse a Jesús para poder entrar así con Él en su gloria. Desde ese punto de vista es fácil entender cuáles son los sentimientos que se albergaron en su corazón, que conformaron su existencia y que nacen de aquél “que no vino a hacer su voluntad, sino la del Padre que está en los cielos”. Todo lo demás es la manifestación de ese misterio que estaba escondido en Dios y que el Padre nos quiso revelar en su querido Hijo. El Evangelio es el testimonio de esos sentimientos y la revelación de ese plan de salvación de Dios.
Su base en el Evangelio.  
Sostenemos la vigencia siempre actual del Evangelio, que se hace carne en cada generación por la vivencia de su fe y la adaptación de lo accidental a las contingencias de los tiempos y un desafío al espíritu creador para que lo esencial de su mensaje pueda estar siempre mechando la vida de cada generación con sus adelantos y sus progresos en todos los órdenes de la vida.
 
 
Vidas consagradas.  
Para hacer más vivencial en nosotras el plan del Padre consagramos a Dios nuestras vidas en entrega total. Lo hacemos para vivir una espiritualidad. Venimos a ello.
 Este unitarismo del alma lo centramos en la realización del plan de Dios sobre nuestra vida. Lo llamamos “el sueño del Padre” sobre sus hijos adoptivos, desde toda la eternidad: ser alabanza de su gloria, adoptados por Él para ser conformes a la imagen de su Hijo y alcanzar un grado de gracia, de vida y de unión con Cristo, siendo templos del Espíritu Santo que es el que nos da la prenda segura –por su acción en nosotros- de que verdaderamente hemos sido adoptados por hijos y que por la adopción, nos da la seguridad de ser herederos de su Reino, ya salvos en esperanza como resucitados en Cristo es esa misma esperanza.

 Este plan de Dios es nuestro ideal que buscamos alcanzar en el corazón de la Virgen –entregadas a Ella- y viviéndolo en la Iglesia , sacramento de salvación, Cuerpo de Cristo y Pueblo que peregrina hacia la Casa del Padre, encarnadas en el mundo al que tendemos nuestros brazos para ser con todas las almas consagradas instrumentos de salvación en su medio.

 

 
Los caminos de la vida interior.  
 
Sabemos que los caminos de la vida interior no son fáciles. Que para ir hacia nuestra meta debemos jalonarnos de caídas y ascensos, fracasos, luchas y dolores. La miseria nos envuelve. Las pasiones nos castigan. La debilidad nos abruma. “Sólo sabemos que cuanto más débiles somos, más fuertes somos, no nosotras, sino la gracia de Dios en nosotras”.
 Las virtudes humanas simples y sencillas, pero que hacen al hombre o a la mujer buena son la base y el sustento de nuestra vida espiritual. Es que entendemos que tenemos que pensar que, antes de decidirnos a ser ángeles, debemos ser mujeres que viven una vida humana y concreta en el mundo con el que comparten sus vicisitudes y en el que practican las virtudes humanas que hacen al hombre honesto, bueno y humano, que vive su vida ordinaria inmerso en la ciudad, la familia y el trabajo.

 

 
Nuestra fe en el amor.  
 
Creemos en el amor, porque Dios es amor, Cristo murió por amor. El Espíritu Santo es el amor que comunica y es la esencia del Evangelio.
 Sostenemos que el amor es el primer valor humano divino del hombre. Que en su cumplimiento está la plenitud de la ley y que en tanto todas y cada una encuentren su progreso en el amor, cada una será plena y el Cenáculo tal.

 Con el amor admitimos la existencia de nuestros propios dones. El de cada una. El personal, que es el que hace prolíficos los talentos recibidos de Dios. Los debemos usar para gloria suya, nuestro crecimiento interior y bien de los demás. Todo carisma es para bien del prójimo.

 El uso de los dones –como el de los carismas- se proyecta en toda nuestra vida por una laboriosidad constante, en la entrega de todo momento. Es como vamos dando, minuto a minuto, las horas de nuestra existencia que se nutre en la conciencia del espíritu de sacrificio, capaz de ir dando la vida para la gloria de Dios y el bien de nuestros hermanos.

 La responsabilidad de creer en el amor como el aprovechamiento de nuestros dones y talentos en nuestra realización del plan de Dios, nos hace afirmar que “queremos ser más, que poseer más”. Sólo siendo más, interiormente, crearemos nuestra auténtica riqueza, que nos hace capaces de dar de la abundancia de nuestro interior y pasar haciendo el bien. Es la única forma posible de alcanzar el grado de gracia –para tener después el de gloria- previsto en el plan del Padre.

 Debemos hacer en nuestra vida la imagen de Jesús. Es nuestra ambición que Él pueda pasar de nuevo –en nosotras- por el mundo, haciendo el bien. Tener en nuestro corazón sus sentimientos, en nuestra mente su Verdad, en todo nuestro espíritu su vida.

 
 
 
María es nuestra vida.  
    Como Cristo en la hora del nacimiento, de la Cuna , de la Presentación , de la huída a Egipto, de los años de Nazareth, queremos estar con María, en su corazón y hacer allí toda nuestra experiencia espiritual y el trabajar para hacer realidad en nosotras el plan del Padre.
     Como los apóstoles, tanto en las horas previas a Pentecostés, como en este día glorioso, y luego a sus pies, como ellos, escuchando, recibiendo todo lo que guardó y meditó en su corazón tanto años, para transmitirlo después, con explosión de gozo, haciendo conocer a los primeros de la Iglesia , los misterios hasta entonces ocultos de la vida de Jesús.
Nosotras y el Espíritu.  
 
Pero nada puede ser sin el Espíritu de Jesús que junto con María vuelven a realizar en cada alma que así lo desea la imagen de Jesús, que es la aparición en toda la vida de las virtudes de Cristo como el compartir los misterios de su vida.
Descansamos en el Espíritu de Dios que obra siempre con la misma fecundidad en la Iglesia y en las almas, y sabemos que, sólo siendo fieles a su acción –tanto la Iglesia como tal y sus miembros como parte- puede ser que la fe produzca en el mundo su trasformación maravillosa y que hoy se pueda dar como ayer y como se dio en sus orígenes.
 
Nuestro bautismo  
 
Hacemos del bautismo el día principal de nuestra vida –el de nuestro nacimiento- porque, gracias a él, hemos podido entrar a la Iglesia para ser hijos del Padre y realizar en nuestra existencia su plan de salvación, al que hemos podido llegar, gracias a la plenitud de la gracia de Cristo que nos alcanzó con su muerte, se hizo realidad con su resurrección y ascensión a los cielos, como con el envío de su Espíritu.
Es el día de nuestro nacimiento como hijos de Dios para tener la eternidad con Él.
Pero esta búsqueda de la semejanza con Cristo la queremos hacer en el corazón de nuestra madre la Virgen , como hizo Cristo que por la obra del Espíritu se formó en su seno para ser “el fruto bendito de su vientre”.
 

La vida de oración.  
 
Vivir una oración vital que nos haga posible el llegar a la oración unitiva y por ella a la contemplación, es una de nuestras metas. Creemos que sin oración –como nos enseñó Jesús- nada es posible. Que la oración es el alimento del alma. Que todo nuestro día lo debemos convertir en oración y que nuestro propio trabajo debe ser una oración. Debemos buscar desde la simple oración de unión con Dios que se va adquiriendo en el encuentro constante y fecundo con Él en la intimidad del alma, en el recogimiento, hasta la que hace que esa oración vuelva tal toda nuestra existencia. Sólo las almas orantes elaboran como abejas la fecundidad apostólica de su vida, abren el camino a la Iglesia para llegar a las almas son una bendición de Dios para los hombres.
La primera de todas, la oración de la Iglesia a través de su liturgia, de las horas que marcan los distintos tiempos diarios de oración, como de la que es el centro y el tesoro de sus tesoros: la misa.

 

La misa y la comunión son “el sol de nuestro día”. Inmolados con Cristo sobre el altar, le damos a Él todo nuestro ser –como una humanidad suplementaria- para que el resto de nuestro día, Él pueda pasar por el mundo haciendo en bien por nosotras. De esta nuestra fidelidad a esta entrega depende nuestra fecundidad espiritual, la realidad concreta de la vivencia de nuestra misa y signo de que estamos unidas con Cristo en María.
 
En este buscar la unión con Dios, volcar en Él nuestras preocupaciones y vivir los misterios de la vida de Cristo, el Rosario sigue siendo nuestra arma poderosa de oración. Con María recorremos esos misterios de la vida del Señor para hacer de cada día una imitación suya y vivir nuestro día con su propio afán y descanso en la Providencia.

 


 
Nuestra castidad consagrada.  
 
 Declaramos que “nuestra castidad consagrada” a la caridad, para volcar por ella la fecundidad de nuestra fe, no sólo no cierra las ventanas de nuestras celdas sobre el mundo, sino que las abre, no para buscar en él ese encuentro, también bendito del amor conyugal, que nosotros honramos hoy más que nunca y sabemos que es fuente, en Cristo, de gracia sacramental y programa normal de santificación, sino para infundirse en caridad que sublima y se entrega en el servicio a los demás y en el sacrificio propio y que convierte el celibato y la virginidad en manantiales incomparables de santidad evangélica, que les asegura, en la economía cristiana, la primacía en la jerarquía del amor. ¿Quién puede amar y servir mejor a los hombres que aquel que, renunciando a todo amor humano propio, ofrece la propia vida a ese Cristo Jesús que de cualquier hermano necesitado ha hecho sacramento de una presencia mística y social suyas?” (Pablo VI).
 
Aceptamos, que si nos entregamos en cuerpo y alma al servicio de los demás, así como nuestra vida tendrá satisfacciones y alegrías, estará sembrada de pequeñas o grandes cruces: luchar contra el desaliento, la incomprensión, las desilusiones, el no ver frutos, como todo aquello que conforma la vida de un apóstol. Afirmamos aquí con Pablo de Tarso que, si estamos firmes en la fe, nada podrá apartarnos del amor de Dios que se funda en Cristo Jesús y que es la razón de nuestra entrega. Por ello asumimos todas las contrariedades de nuestro quehacer, como parte integrante de nuestra vida, que son las que nos forman en Cristo paciente y hacen que portemos en nosotros los estigmas de su pasión.

 

 
 

Una huella detrás de nosotros.  
 
De la propia plenitud se proyecta sobre nuestros hermanos, nuestro ideal. Fluye del lleno del corazón. Es que la huella más hermosa que puede quedar detrás nosotras, en nuestro paso por la vida, es la del bien y la que la Palabra de Dios se complace en destacar de Jesús, que “fue varón poderoso en hechos y palabras, que pasó haciendo el bien”.
 
“Dar gratuitamente, lo que gratuitamente se ha recibido”.
 
 
Un camino abierto.  
 
     Esto es lo que queremos comunicar a través del Cenáculo. Lo que ansiamos sembrar. Hoy retomamos la senda para ir arrojando a su vera, mientras vamos devorando las leguas recostadas a lo largo del camino de nuestra vida, para hacer como el Apóstol que “corría para alcanzar aquello a que había sido llamado desde lo alto”.
   Estos y otros puntos forman parte de nuestra programática. Todos ellos hacen a la realidad de nuestro ideal y la de nuestra espiritualidad de consagradas.
 
     Dejamos un camino abierto para ser transitado. Muchos se abren ante la vista de los hombres. Este es uno seguro. Nos lleva a concretar en realidad “los sueños del Padre” y en los cuales volcó sus esperanzas y que a nosotras nos toca hacer realidad.
 

EL SUEÑO DEL PADRE SOBRE NOSOTROS

                                                        ES DESDE SIEMPRE

 

“Nos escogió antes de la creación del mundo, para ser santos y sin mancha en su presencia por el amor. “Nos predestinó para ser hijos suyos, adoptivos por Jesucristo, a gloria suya, por un puro afecto de su buena voluntad” (Ef. 1,4)

 

ALABANZA DE SU GLORIA                                      CONFORMES A LA IMAGEN DE JESÚS

 

ALCANZAR UN GRADO DE GRACIA,                                DE UNIÓN Y DE VIDA CON ÉL

 

DARNOS SU ESPÍRITU                                               PARA QUE FUÉSEMOS SUS TEMPLOS

 

“Siendo hijos somos también herederos: Herederos de DIOS y coherederos con CRISTO” (Romanos)

 

HACERNOS HEREDEROS DE SU REINO                          CON UN GRADO DE GLORIA EN LA ETERNIDAD

 

 
EL BAUTISMO INTRODUCE EN ESTE PLAN DE DIOS
Nos dió para realizarlo:
-TODOS LOS DONES SOBRENATURALES
- UN ORGANISMO SOBRENATURAL
- A MARIA COMO MADRE
- A LA IGLESIA COMO SU CUERPO
Pueblo que peregrina en busca de la casa del Padre.
LA SANTIDAD POR EL AMOR –como ideal- QUE SE
ALCANZA EN LA FRATERNIDAD.
El amor es la plenitud de la ley.  
 
ESTE ES NUESTRO IDEAL: El que queremos alcanzar luchando y entregados a María –en su Corazón y al Espíritu Santo, como JESÚS en la Encarnación , para formarlo en nosotros, y poder hacer realidad…
 

 

EL SUEÑO DEL PADRE SOBRE SUS HIJOS