Cenáculo de María-La Plata
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Pía Unión Cenáculo de María
El Amor de Cristo nos ha unido en el Corazón de nuestra Madre

 

 CAPITULO XII

 

NUESTRAS INTENCIONES

  El que entienda bien este capítulo no sólo en­sanchará y dilatará su espíritu católico, que se abri­rá ampliamente a las necesidades espirituales del mundo para "llorar con los que lloran y reír con los que ríen", (Rom.12,15) sino que trastocará al que se en­trega a vivirlo en toda su magnitud, en un verda­dero apóstol de la oración que todo lo transforma en su unión con María en oro puro de impetración por las necesidades de la Iglesia y de las almas.
  Para ello hay que seguir el consejo del Santo: "Abandona tus propias intenciones y operaciones, aunque buenas y conocidas, para perderte, por de­cirIo así, en las de la Santísima Virgen , aunque te sean desconocidas; y, por tanto, participar de la sublimidad de sus intenciones" (G de M).
  Por eso no queremos tener sino las intenciones que tiene nuestra Madre en su corazón y cuando volcamos los deseos del nuestro en el suyo y las necesidades de los que amamos, salvo lo que nos manda la obediencia, o es justicia, no lo hacemos sino en cuanto sea para gloria de Dios o bien de las almas, renunciando desde ya a todo lo que no sea para tal cosa, como el hijo que usa de los bie­nes del padre con permiso de éste, subordinado siempre a los de nuestra Madre que no son otros que los de Dios, ya que así como nos unimos a Je­sús para dar valor sobrenatural a nuestras obras, así nos unimos a las intenciones de nuestra Madre, Mediadora Universal, para hacer el bien, que, "co­mo está toda transformada en Dios, por la gracia y la gloria que transforman en Él a todos los san­tos, ni pide, ni quiere, ni hace nada que sea con­trario a la eterna e inmutable voluntad de Dios" (G de M), para no querer sino el bien que Dios quiere y buscan en esto, como en todo, únicamente su glo­ria. De esta manera estaremos seguros de colaborar con los deseos íntimos de Ella de llegar a hacer el bien a todos sus hijos y así sabemos que todas nues­tras obras no son nuestras sino de Jesús, en el co­razón de nuestra Madre y que cuanto más obras y con recta intención hagamos, más Jesús podrá, por nosotros, pasar de nuevo por el mundo haciendo el bien y más contribuiremos a su reinado en las almas (Los deseos de María no pueden ser otros que los de Jesús y por eso hablamos de Jesús y de María en nuestro trabajo indistintamente, porque siendo un solo corazón y una sola alma, uno solo es el querer y obrar en favor de las almas).
 
 Su consecuencia
 
  Esta entrega y abandono en María de todas nues­tras intenciones trae como consecuencia hacer vi­vo y real en cada alma que la practica, la unión con sus hermanos por cuanto deja las intenciones y deseos propios para hacer suyos las de los demás.
  "El alma que sigue con fidelidad el camino que la Virgen le señala, penetra profundamente en el misterio de la Comunión de los Santos y participa muy de cerca, de los sentimientos más íntimos y elevados que tuvo la Madre de Dios al pie de la Cruz y después de la muerte de Nuestro Señor, el día de Pentecostés; y más tarde cuando oraba por la difusión del Evangelio, cuando conseguía en favor de los Apóstoles, tantas gracias de ilustración, amor y fortaleza, a fin de que les fuera dado lle­var el nombre de Jesús hasta los más apartados con­fines de la tierra. De esta forma practicó María la más excelsa manera de apostolado por la oración y por la inmolación, que fecunda, más de lo que nadie pudiera imaginar, el otro apostolado de la doctrina y la predicación. No echemos nunca en olvido que hoy, como ayer, la vida de la Iglesia , Cuerpo Místico de Jesús, vase desarrollando bajo la influencia de María Medianera, cuya acción es más universal y bienhechora desde que se fue a reinar en los cielos por los siglos sin fin" (Garrigou-Lagrange. Las Tres Edades).
  "Por tanto, hermanos, esforzaos más para ase­gurar vuestra vocación y elección por medio de las buenas obras, porque haciendo esto, no peca­réis jamás" (2P.1,10).
 
 Como deben ser nuestros deseos de hacer el bien.
 
  De ahí que nuestros deseos de hacer el bien de­ben ser inmensos como los de nuestra Madre, que abarcan el mundo entero, ya que todos son sus hijos. Y por tanto seremos católicos en su verda­dero y amplio sentido y habiendo renunciado a todas nuestras intenciones, las tendremos todas en su corazón. Pero como no hemos renunciado a nuestros deseos de hacer el bien, aunque hemos renunciado a nuestras intenciones particulares y a nuestros méritos para que nuestra Madre los apli­que donde haya más necesidad, también esos mis­mos deseos los pondremos en el corazón de Ella.
  Allí, en su corazón, haremos intención de que ca­da obra, cada latido del nuestro, si ello fuera po­sible, sea una jaculatoria en nombre de la Iglesia y por la misma Iglesia, por el Papa, por los Obis­pos, por los Sacerdotes, por las Misiones, Ordenes y Congregaciones religiosas, Instituciones y fieles", por todos los que tenemos obligación de rezar, por los que no quieren orar, por los que se han enco­mendado a nuestras oraciones o rezan por nosotros o les hemos prometido rezar y por todos aquellos que hemos consagrado al Corazón de nuestra Madre, como así también por todos los hombres herejes, infieles, cismáticos y malos cristianos, "por todos los que presiden y están colocados en alto puesto a fin de que tengamos una vida quieta y tranquila en toda piedad y honestidad" (1Tim.2,2), como así también por todas las intenciones del corazón de Cristo y las que nuestra caridad nos sugiera.
 
 Unión con los deseos del Padre Celestial
 
  Sabemos que por esta entrega nuestras obras no serán nuestras sino de Jesús, en el corazón de nues­tra Madre; "de aquí se sigue, que, cuanto más mul­tipliquemos nuestros actos virtuosos en número y perfección, más contribuiremos a la obra de su reinado.
  "Ante todo hay acciones obligatorias, cuales son el perfecto cumplimiento de nuestros propios deberes; cuanto más en ellos nos esmeramos, más y mejores monedas enviaremos al tesoro del Divino Corazón" (en el corazón de nuestra Madre) (P. Alcañiz. La Devoción al Corazón de Jesús), por cuanto "sois también vosotros a manera de piedras vivas edificados encima de Él, una casa es­piritual, un sacerdocio santo, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesu­cristo" (1P.2,4-6). De este modo colaboraremos con el de­seo del Padre Celestial que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad y así desde la salida del sol hasta su ocaso, nuestras obras y todos nuestros actos, de los cuales hemos hecho entrega, y nuestras vidas, como la del Maestro y la de la Iglesia , serán a un mismo tiempo un himno de glorificación al Padre que es­tá en los cielos, y una continua oración. Así oraremos siempre sin desfallecer y viviremos en la pre­sencia del Padre y esa continua entrega de todos nuestros actos será un golpear su corazón por todos los hombres y nuestras vidas, con algo de la "im­portunidad del amigo del Evangelio" (Lc.11-5,13) y "de la constancia de la vida" (Lc.18,1,8) y entonces todos nuestros actos y todo nuestro ser cantará con clarinada de victoria, en la inmolación obscura del deber cum­plido, en medio de un mundo corrompido, las glorias del Dios desconocido y se transformarán, por nuestra unión con Cristo, en una lluvia de gracias sobre la tierra.
 
 
Razones de esta inmolación
 
  Para que nos animemos a esta inmolación obscu­ra y oculta en Dios, hemos de considerar que, sin nuestra colaboración, la Redención de Cristo se ha­ce estéril, no sólo para nuestras almas, sino tam­bién para otras almas que viven en el mundo junto a nosotros o lejos de nosotros, a quienes les puede ser aplicada por nuestro esfuerzo, conforme a la verdad dicha por S. Pablo y que debemos creer fir­memente y arraigar bien profundamente: "Cristo murió por todos para que los que viven no vivan ya para sí sino para Aquel que murió y resucitó por ellos" (2Cor.5-15).
  Esta verdad se debe avivar tanto más al contem­plar el inmenso número de almas que se apartan de las enseñanzas de Dios y de su Iglesia; que viven en una vida mediocre y que, contra el deseo de Dios, como decimos arriba, nunca llegan al cono­cimiento de la verdad para salvarse.
 
 Fruto que produce.
 
  Y el suavísimo fruto que entonces recogerá nues­tra alma será semejante al que Nuestro Señor pro­metía a un alma santa: "Oferta tan generosa te merecerá las más escogidas bendiciones de Dios, y te hará participar de la alegría de la corredención, porque así sacrificas todo lo que haces, todo lo que puedes y todo lo que eres a favor de estas pobres almas, las cuales, gracias a ti, obtendrán de mi co­razón amante, misericordia y perdón. Pero se re­quiere generosidad absoluta, generosidad en no li­mitar los sacrificios, aún los más costosos; quiero que tengas un santo escrúpulo en dejar alguno sin ofrecérmelo; cuanto mayor repugnancia sientas, más gracias especiales merecerá. Que te sea esta pro­mesa estímulo saludable, para que de ahora en adelante no tengas más dudas o vacilaciones ante la prueba; con un corazón generoso acéptala, so­pórtala, y por premio obtendrás aquello que de Mí esperas y anhelas" (Citado por P. Alcaiz en el libro arriba citado), nuestra semejanza con Él, digamos. Y la exaltación y alabanza de las per­fecciones divinas.
 
 Su fin.
 
  Ahora bien, es para colaborar dentro de la ca­pacidad de nuestras fuerzas y talentos, a que esta vida que Cristo vino a traer a la tierra circule en abundancia en nuestras almas y en las de nuestros hermanos, que debemos desear entregarnos y ser cada vez más santos y más semejantes al Maestro e instrumentos de las misericordias del Padre, en medio de los hombres, como lo fue Jesús con Ma­ría y José. Fin nobilísimo, semilla de redención.
 
 Pedido.
  
  "Facilitadme, Señor, por la vida litúrgica, esta piedad sublime y generosa que sin detrimento del combate espiritual, ofrezca a Dios abundantemen­te la alabanza: esta piedad caritativa, fraternal y católica, que abarca todas las almas y se interesa por todas las necesidades de la Iglesia " (Chautard. Alma de todo Apostolado).