Cenáculo de María-La Plata
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Pía Unión Cenáculo de María
El Amor de Cristo nos ha unido en el Corazón de nuestra Madre

CAPÍTULO I

EL REINO DE LOS CIELOS

 

Permíteme lector amigo, que como tal te trate, desde el comienzo de este trabajo, ya que a través de él, quiero llegar hasta tu alma; y, creo que no hay otro camino más fácil para llegar hasta ella, que el hacerla recorrer la palabra querida y cálida del amigo.

 Y puedo asegurarte que la tarea de redactar es­te libro, me ha resultado harto difícil, porque he intentado presentarte un camino que te ayude en tu vida espiritual y encienda en tu interior la luz de un ideal, si es que ya no lo tienes, para que de­cididamente te incorpores en las filas de los que luchan por el Reino de Dios aquí en la tierra, dándote todo entero a Jesús -fundador de ese rei­no- y colaborando a su reinado en las almas y en la sociedad entera, comenzando primeramente a es­tablecerlo en tu propia alma. El Reino de su Padre fue la gran pasión de Jesús, por él dio su vida y por él fundó una sociedad visible que fuera el ám­bito normal de ese reino y del desarrollo de la vida que nos vino a traer, haciéndolo su Cuerpo y cons­tituyéndose en su Cabeza.

Los mismos Evangelistas: Mateo, Marcos y Lu­cas, inspirados por Dios, se han complacido en hacemos ver la predicación del Maestro sobre su Reino y su llamado universal a todos los hombres de buena voluntad para que vengan a enrolarse en sus filas y convertirse en sus seguidores. San Juan, que los completa, nos habla de la vida íntima de Dios y de su vida y de su obra en las almas. Así, a través de todos ellos, contemplamos el plan com­pleto de la Providenciapara movernos a vivir la vida de Jesús y hacer que "todos los que tengan sed beban y de ellos broten ríos de agua viva que salten hasta la vida eterna" (Jn.7,38; Jn.4,14.). Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a la vida eter­na (Jn.6,40), Dios quiere que todos los hombres tengan la vida y la tengan en abundancia (Jn.10,10). Jesús quiere que todos los hombres sean uno, como El y el Padre son Uno" (Jn.17,11). Quiere que todos los que el Padre le dio estén con Él y no se pierda ninguno de los que le dio (Jn.6,39). Todo se realiza en el Reino ya visible, ya invisible de las almas, por la incorporación a Cristo y la vida de la Iglesia; y así, por Jesús, "metidos" en la Trinidad, se participa de su misma vida, comenzada aquí en la tierra, y gozada en el cielo por toda una eternidad, satisfecha, por la posesión de Dios, Uno y Trino, y por la contemplación del que Es (Ex.3,14.), a través de la "luz de la gloria" con que el Padre iluminará a las almas para que le vean cara a cara como Él es.
 
Concepto de este Reino

Por la incorporación a Cristo Nuestro Señor, el Reino de Dios, al que el cristiano está llamado a participar para vivido en toda su plenitud, tiene un sentido amplio y profundo. "El Reino de los Cielos, en boca de Jesús, es uno de los conceptos de contenido más rico y exuberante. Equivale a  reino de Dios en la casuística hebrea, encierra todas las virtualidades del gran imperio sobrenatural del Eterno Padre sobre los hombres redimidos. Su noción contiene dentro de sí el premio de la gloria eterna como última etapa del dominio divino y objeto de esperanza por parte de los fieles; equivale en su sentido real a la glorificación del Supremo Señor de los cielos y tierra; alude en su matiz escatológico a los esplendores de Cristo triunfante en su segunda venida: se identifica con la práctica filial de la voluntad del Padre entre los hombres; señala la vitalidad expansiva de la Iglesiacristiana a través de nuevos tiempos y nuevas regiones, y coordina finalmente en una sola idea, haz fecundo de luz, los dones de Dios como influjos transforma­dores y las virtudes del hombre como conato de acción creada; dones y virtudes que vienen a encon­trarse, como punto crucial, en la personalidad, a un tiempo centralizadora e irradiante, del Mesías" (Vizmanos. Las Vírgenes cristianas en la Iglesiaprimi­tiva). Este concepto tan amplio, esta riqueza incalcu­lable, este don sobrenatural, este reino espiritual es el que vino a fundar Jesús y para conquistarlo, para poseerlo, nos enseñó que el hombre debe dar cuanto tiene y perder cuanto posee. En lo que a nosotros respecta contempla principalmente la vida de Dios dentro de nuestra alma y las consecuencias sobrenaturales que para nosotros tiene el vivirla. Por eso nos dijo: "El Reino de los Cielos, es también semejante a un tesoro escondido en el campo, que si lo halla un hombre lo encubre y gozoso del hallazgo, va, vende todo cuanto tiene, y compra aquel campo". "El Reino de los Cielos es así mismo seme­jante a un mercader que busca perlas finas. Y habiendo hallado una de gran valor va, vende cuanto tiene, y la compra" (Mt.13,44-46.).

 El encuentro del Reino.

 Cuantos hay que como estos de quienes nos ha­bla Jesús en sus parábolas, eran dueños de ese te­soro que estaba en el campo de sus almas y llega­ron también un día a encontrarlo con el gozo del que nos habla el Señor, porque comprendieron que el reino de los cielos estaba dentro de ellos, que ese reino estaba en el interior de su alma y en el vi­vían, porque "el Reino de Dios no ha de venir con muestras de aparato. Ni se dirá: vele aquí o vele allí. Antes tened por cierto, que el Reino de Dios está en medio de vosotros" (Lc.17,21.) ¡Dentro nuestro! Es decir que comprendieron, con la luz sobrenatu­ral, de la gracia de Dios, las riquezas incalculables de que todos nos hicimos participantes por el Santo Bautismo y por el cual entramos a participar del reino de Dios. Comprendieron entonces que no ha­bían sabido aprovechar los destinos sobrenaturales a los que Dios los llamaba desde toda la eternidad y que hasta entonces, quizás por incuria, no atina­ban ni a buscar ni tender hacia ellos y sintieron el gozo de que habla el Santo Evangelio, cuando en­contró el tesoro y halló la perla preciosa. Y como ellos, desde ese momento lo dieron todo para te­nerlo.

Y es para hacerte participar de ese gozo y de ese tesoro, que tú también ya llevas dentro de tí, que te propones leer estas líneas. Te lo quiero mostrar, enseñarte el "precio que pagaron sus conquis­tadores por él, para que seas realmente uno de ellos por tu cooperación a la gracia y luego desen­terrándolo lo hagas una realidad en las vidas de tus hermanos, haciendo que todo ese organismo sobre­natural que Dios les dio en el Santo Bautismo, como luego verás, entre verdaderamente en funcionamien­to y por la cooperación a la gracia se alcancen los fines sobrenaturales a los que todos hemos sido llamados desde toda la eternidad. También quiero hacerte ver como ha de cooperarse a la gracia en el curso de la vida para que a su tiempo dé el fruto deseado, para sentirse fortalecido en la posesión de esa vida de Dios dentro del alma y ser capaces, a pesar de la humana incapacidad, de caminar en procura de ese ideal, de alcanzar el desarrollo de la personalidad sobrenatural, que culmina, por la fi­delidad a la gracia; en la santidad, como reales po­seedores de ese destino que el Señor previó para nosotros: Dios poseído y amado.

 Para qué nos puso Dios en ese Reino.

 Y como a este Reino no se entra si no se es lla­mado y a Jesús nadie puede ir si el Padre no lo atrae (Jn.6,66.) ya que nadie puede ir a El si no es a tra­vés de Jesús, el Padre Celestial nos llamó por su vocación y nos quiere en ese su Reino para que vi­viendo en él, y por nuestra cooperación a la gracia, llenemos los fines que tuvo al crearnos. Él podría haber querido que nuestra vida, para llegar a la posesión de la gloria, se hubiese desarrollado de otra manera y logrado por otros medios, pero en sus designios eternos ha querido que, para obte­nerlo, tengamos que vivir en él, crecer en él y ha­llar la plenitud de nuestra vida sobrenatural en su seno.

 Cuáles son esos fines.

 ¡Oh, sí!, podemos decir con el Apóstol: "Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha colmado de toda suerte de bendiciones es­pirituales del cielo, en Cristo. Por Él nos escogió, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancilla en su presencia, por la cari­dad; habiéndonos predestinado a ser hijos suyos adoptivos por Jesucristo a gloria suya, por un puro afecto de su buena voluntad, a fin de que así brille la gloria de su gracia, mediante la cual nos hizo gratos en su querido Hijo" (Ef.1,3-6), porque es en Él que el Padre nos vé a todos y es a través de Él que el Padre nos concede todo, porque "muertos estáis ya, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (Col.3,3.), "pues a los que Él tiene previstos, también los pre­destinó para que se hiciesen conformes a la ima­gen de su Hijo, por manera que sea el mismo Hijo, el primogénito entre muchos hermanos" (Rom.8,29) y "por esta conducta del mismo Dios subsistís vosotros en Cristo Jesús, el cual fue constituido por Dios, para nosotros, fuente de sabiduría y de justicia, y de san­tificación y de redención, a fin de que como está escrito: "el que se gloría, gloríese en el Señor" (1 Cor.1,30-31), "por El es por quien unos y otros tenemos cabida con el Padre, unidos en el mismo Espíritu. Así ya no sois extraños ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios; puesto que estáis edificados sobre el fundamento de los Apóstoles y Profetas, en Jesucristo, el cual es la principal piedra angular. Sobre Él es sobre quien se levanta todo el edificio bien ordenado, para for­mar un templo santo en el Señor; por El entráis también vosotros a ser parte de la estructura de este edificio, para llegar a ser morada de Dios por medio del Espíritu" (Ef.2,18-22).

 Responsabilidad.

 "Mirad, pues, hermanos, no haya entre vosotros alguno de corazón tan maleado por la increduli­dad, que llegue a abandonar al Dios vivo; antes amonestaos todos los días los unos a los otros, mientras el día se apellide Hoy, a fin de que ninguno de vosotros llegue a endurecerse con el engañoso atractivo del pecado. Porque somos hechos partici­pantes de Cristo: con tal de que conservemos invio­lablemente hasta el fin el principio del nuevo ser suyo, que ha puesto en nosotros" (Heb.3,12-14)

 Por los caminos suyos.

 "¡Oh profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios, debemos exclamar nueva­mente con el Apóstol, cuán incomprensibles son sus juicios, cuán inapelables sus caminos!. Porque, ¿quién ha conocido los designios del Señor?. O ¿quién fue su consejero?. O ¿quién le dió a El pri­mero alguna cosa, para ser por ello recompensado?". Llamados a tal fin y predestinados para el reino de los cielos según nos enseña también San Pablo, de­bemos realizar en nuestras vidas el plan que Dios tuvo sobre cada uno de nosotros al crearnos, en el cual entramos por nuestra incorporación a Cristo y debemos realizarlo en manos de su providencia que "suave y fuertemente" lleva las cosas a su fin por los inescrutables caminos que El ha trazado y abier­to a cada uno, para que cada uno, por medio de la santificación, en la caridad, realice tal plan y El, por la unión de las virtudes y perfecciones de to­dos los santos, quede glorificado en la perfección de cada uno, "hasta que todos hayamos llegado a la unidad de la fe y de un conocimiento del Hijo de Dios, al estado de un varón perfecto, a la medida de la edad perfecta según Cristo". (Ef.4,13)

 Para entrar en él.

 Una sola manera hay de entrar en el reino para poder llegar a realizar la santidad a que Dios nos llama y no es sino por un nacer a la vida de la gra­cia que se realiza por el Santo Bautismo. Así lo dice Jesús a Nicodemo en su conversación: "En verdad, en verdad te digo, que quien no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios" (Jn 3,3). Y este es un nacimiento espiritual, un nuevo nacer no ya según la carne, sino según el espíritu, un dar vida al alma por medio de la gracia para vivir en adelante del Espíritu, de modo que desde entonces, "los que se rigen por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios" (Rom.8,14). Nacimiento que, para que pueda ser espiritual y tenga fisonomía personal, lo reviste al cristiano de Cristo, como el primero según la carne, lo reviste de su ser natural, y lo incorpora a El para vivir de su vida y participar de sus virtudes, "pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo, estáis re­vestidos de Cristo. Y ya no hay distinción de judío, ni griego; ni siervo ni libre; ni tampoco de hombre ni de mujer. Porque todos vosotros sóis una sola cosa en Jesucristo" (Gal.3,27-28).

 Espíritu recibido.

 "Nosotros, pues, no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el espíritu que es de Dios, a fin de que conozcamos las cosas que Dios nos ha comu­nicado" (1 Cor.2,12), y procedamos entonces según el espí­ritu. "Tan necios sóis, que habiendo comenzado por el espíritu, ahora vengáis a parar en la carne" (Gal.3,3) porque "bien manifiestas son las obras de la carne: adulterio, fornicación, celos, envidias, etc. y al contrario los frutos del Espíritu son: caridad, go­zo, paciencia, paz, etc." (Gal.5,19-20), y todo porque nacemos para Dios, no de la carne, sino del Espíritu. "En verdad, en verdad te digo, respondió Jesús, que quien no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que ha nacido de la carne, carne es; más lo que ha nacido del espíritu es espíritu" (Gal.5,25), "porque si viviereis según la carne, moriréis; más si con el espíritu ha­céis morir las obras de la carne viviréis. Siendo cier­to que los que se rigen por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios" (Rom.8,13), por tanto, "si habéis nacido del Espíritu, proceded según el espíritu" (Jn.3,5-6).

 

CAPÍTULO II

 LOS VERDADEROS ADORADORES.

 
 
 Llamados a servir a Dios según este nuevo tenor de vida, como consecuencia de su nacimiento a la vida de la gracia, los adoradores que el Padre busca, son adoradores en espíritu y en verdad, por­que nacidos del espíritu para servir a Dios, ya no deben servirle según la carne. "Pero ya llega la hora y ya estamos en ella en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en ver­dad. Porque tales son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu y por lo mismo los que le adoran, en espíritu y en verdad deben adorarle" (Jn.4,23-24), "porque el hombre natural no puede hacerse capaz de las cosas que son del Espíritu de Dios; pues para él todas son una necedad, y no puede entenderlas, puesto que se han de discernir con una luz espiritual. El hombre espiritual discierne to­do, y nadie puede discernirle a él. Porque, ¿quién conoce la mente del Señor, para darle instruccio­nes?. Más nosotros tenemos el espíritu" (1Cor.2,14-16).

 Cómo debemos adorarle.

 Debemos adorarle en espíritu: con la inteligen­cia, con nuestro corazón, con nuestra voluntad, con todo nuestro ser. No sólo con ceremonias exterio­res, sino con un reconocimiento total, interior, con todas las potencias de nuestra alma, imagen y semejanza de Dios, espiritual y racional. En verdad: de acuerdo a nuestra naturaleza racional, de acuer­do a nuestra condición de hombres porque aunque sea un nacimiento espiritual no se hace sino sobre nuestra naturaleza humana, con todas sus cualida­des de tal, que le sirve de substrato y es sobre ella que debe levantar el edificio de su vida espiritual, sobre toda ella: sobre su cuerpo, sometiéndolo y sobre su alma, elevándola y elevando y sublimando al mismo cuerpo.  
  De ahí que el hombre cristiano no puede des­cuidar la práctica de esas virtudes que hacen al hombre naturalmente bueno para quedarse úni­camente en las virtudes sobrenaturales, porque se­ría arrancarle a estas el cimiento que las sustenta y que constituye al hombre bueno, según la ley natural: la justicia, la rectitud, la fortaleza, la tem­planza y que son el fundamento de la vida sobrena­tural para que ésta pueda edificar sobre cimientos sólidos y verdaderos, "que no consiste el reino de Dios en el comer ni en el beber, sino en la justicia, la paz y el gozo del Espíritu Santo, pues el que así sirve a Cristo, agrada a Dios y tiene la aprobación de los hombres" (Rom.14,17-18).
 

Su importancia.

 "Para obrar como cristianos, debemos antes obrar como hombres, lo cual es de gran importancia. Ciertamente que un cristiano, si es perfecto, cum­plirá con todos sus deberes de hombre, porque la ley evangélica contiene y perfecciona la ley natu­ral. Pero encuéntrase con frecuencia almas cristia­nas, o que se dicen cristianas, (no sólo entre los simples fieles, sino aún entre religiosos, religiosas y sacerdotes) que se muestran escrupulosos hasta el exceso en la observancia de las prácticas de piedad que ellos mismos han escogido, y en cambio hacen caso omiso de ciertas imposiciones de la ley natural. Tales almas pondrán empeño en no faltar a sus ejercicios de devoción, lo cual es digno de loa, pero no refrenarán su lengua ni renunciarán a desacre­ditar al prójimo en su reputación, o a dejarse lle­var de la mentira o a faltar al cumplimiento en la palabra empeñada, o a tergiversar el pensamiento de otra persona; no se preocuparán de respetar las leyes de la propiedad literaria o artística, impor­tándoles poco diferir el pago de sus deudas, o la observancia exacta de las cláusulas de un contrato, hasta en detrimento, a veces, de la justicia.
  En esas almas, "la religión eclipsa la moral", según frase célebre del estadista inglés Gladstone. No han comprendido el precepto de San Pablo: "realizar la verdad". Hay en su vida práctica un error que tal vez en muchas almas será inconscien­te, más no por eso es menos perjudicial, mientras que Dios por su parte no encuentra en ellas ese orden que quiere ver reinar en todas sus obras" (Columbia Marmión, Jesucristo Vida del Alma.).

  

 CAPÍTULO III

 LA PIEDAD  

 
   Pero todo este trabajo de adoración en espíritu y en verdad, se realiza a través de la piedad, que no es sino el cultivo de la vida interior y consiste en que el hombre, por el recto uso de su inteligen­cia, de su voluntad, de todas sus potencias y fuer­zas naturales y sobrenaturales, se encauce a la glo­ria de Dios y busque hacerlo únicamente por eso y para eso y use todas las cosas con ese mismo fin. En una palabra, que "consagre", todo su ser, todo "su yo" a la gloria de Dios y su propia santifica­ción, busque llenar el fin de su vida, para el cual Dios le creó y realice así la adoración en espíritu­ y en verdad. Entendida de este modo, la piedad no consistirá en un conjunto de prácticas o de ora­ciones o de devociones, sino en un encauzar todo el hombre hacia Dios con su cuerpo, con su alma y con todas sus cualidades y que todo aproveche para tal fin. "Porque los ejercicios corporales sir­ven para pocas cosas; al paso que la piedad es útil para todos como que trae consigo la promesa de la vida presente y de la futura. Promesa fiel y suma­mente apreciable. A la verdad por esto sufrimos trabajos y oprobios, porque ponemos la esperanza en Dios vivo, el cual es Salvador de todos los hom­bres, mayormente de los fieles. Esto has de enseñar y ordenar" (1Tim.4,8-11).

 Falsa Piedad.

  No consistirá entonces la piedad en gustos ni inclinaciones ni caprichos, sino en el servicio del Señor como Él quiere ser servido y adorado. De la mala interpretación de la piedad, nacen sus desviaciones y sus errores, y por eso el mundo se forma mal juicio de ella, y las almas llevan una vida estéril en el servicio del Señor y tantos esfuer­zos, deseos y sufrimientos quedan malogrados, y, quizá después de pasar largos años en esa falsa interpretación, las almas sean peores que cuando comenzaron a servir a Dios. "En cuanto a las fábulas ridículas y cuentos de viejas, dales de mano, y dedícate al ejercicio de la piedad" (1Tim.4,7). Y así "el amante de la castidad, por ejemplo, se resenti­rá amarguísimamente de la más leve falta que co­meta contra esa virtud, y se reirá de haber incu­rrido en una grave murmuración, de haber murmurado ligeramente, y no hará caso de una falta grave contra la caridad, y así de lo demás. Todo lo cual proviene de que no juzguen su con­ciencia por razón sino por pasión" (S.Francisco de Sales. Introducción a la VidaDevota). "Tendrán como dice el Apóstol, apariencia de piedad, pero negando lo que es su fuerza", "estarán siempre aprendiendo y nunca serán capaces de llegar al co­nocimiento de la verdad" (2Tim.3,5-7).

 Verdadera Piedad.

  Por el contrario, cuando la piedad se realiza en la verdad, y se hace, no por pasión, sino conforme a la voluntad de Dios, pinta el mismo cuadro que San Francisco de Sales le describía a una devota en una carta: "No debéis ser solamente devota y gus­tar de la devoción, sino hacerla amable a todos, y la haréis amable si la hacéis útil y agradable. Los enfermos gustarán de vuestra devoción si sirve para consolarlos caritativamente; vuestra familia, si os encuentra más cuidadosa de su felicidad, más dul­ce en las circunstancias de los asuntos, más amable en las reprensiones, y así en lo demás; vuestro­ señor marido, si ve que, a medida que crece vuestra devoción, sóis más cordial para con él y más suave en el afecto que le tenéis. En una palabra, es ne­cesario, hacer que vuestra devoción sea lo más atractiva posible", porque la verdadera piedad en­gendrará la virtud de la piedad, que junto a la virtud de la Religiónque nos manda dar a Dios un culto racional, hará que lo veamos como Padre y lo amemos con espíritu filial y que este arte espiritual se vuelque en nuestras obras por el fervor y la sencillez en el obrar.

 Dónde reside el error de la piedad.

   Y como los errores provienen de que no se juz­ga por razón sino por pasión, las desviaciones de la piedad, residen en la inteligencia, porque la verdadera piedad exige la verdad, por esto el hom­bre debe conocerla, encendido en ella, amarla y, como el bien es la difusión de si mismo, darse al servicio del Señor en la propagación de su reino. "El mal más profundo de mi alma está, pues, en la inteligencia, está en las ideas. Porque juzgo las cosas desde el punto de vista de mi interés egoísta y de mi placer; y viéndolas así, así las aprecio y así obro en consecuencia. La acción y la voluntad es­tán viciadas, sobre todo, porque lo está la inteligencia. Mis acciones dependen de mis afectos, mis afectos de mis ideas; y desde el momento que mis ideas son falsas, mis afectos y mis acciones resultan falseados. "Verdaderamente, dice el P. Surin, nues­tros defectos dependen casi todos de la perversi­dad de nuestros juicios y de que no referimos las cosas criadas a su principio, como deben hacerlo los hijos de Dios". "La vía de la justicia, he ahí nuestra vía", dice San Agustín. "Cómo no caer en esta vía cuando se carece de luz?. Por esto, en esa vía, la primera necesidad es ver, el gran negocio es ver". Si ver es la primera necesidad y el gran negocio, no ver es la gran desgracia, ver mal es el gran peligro. Mi mayor mal es, pues, no ver o ver mal" (Tissot. La Vida Interior).

 Fruto de la verdadera piedad.

 ¡Ah! la verdadera piedad es la que hace los San­tos porque redime y dirige a todo el hombre hacia Dios. Al mundo le falta el concepto y el ejercicio de la verdadera piedad pues sólo tiene devociones, actos aislados y mal encauzados de adoración que hacen que los hombres rindan a Dios un homenaje de adoración, no en espíritu y en verdad, sino se­gún la carne y la pasión.
  Quien comprende la piedad en su sentido ver­dadero ha comprendido el fin de su existencia y encauza su vida hacia el verdadero fin que no es otro, como vimos, que su santificación y la glori­ficación de Dios y entiende también bien lo que dice el Apóstol: "Y ciertamente es un gran tesoro la piedad, la cual se contenta con lo que basta" (1Tim.6,6), pues le hace "buscar con sinceridad de cora­zón el reino de Dios para tener todo los demás por añadidura" (Mt.6,33).

  

CAPÍTULO IV

 

OBJETO DE ESTAS PÁGINAS

 
  Después de ir leyendo lo que antecede irás comprendiendo, amable lector, que el fin de estas pá­ginas no es otro que el de ubicar nuestra vida en lo que venimos hablando: en el reino de Dios, y enseñar la consecución del fin para el que nos creó el Padre y orientar nuestra entrega a El para ado­rarle en espíritu y en verdad a través de Cristo, "ya que todo cuanto hacéis, sea de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre de nuestro Señor Jesucristo, dando por medio de El gracias a Dios Padre" (Col.3,17). Es este un ensayo que pongo en tus manos con el deseo de despertar en tu corazón un ideal: tu transformación en Jesucristo, y anheles el grado de gloria y de gracia que Dios quiere de ti, para que de esa manera "sirvamos a la alabanza de su gloria" (Ef.1,14) y seas por el crecimiento de tu vida espiritual, como "el grano de mostaza, que tomó un hombre y lo sembró en su huerta, el cual fue creciendo, hasta llegar a ser árbol grande, de suerte que las aves del cielo posen en sus ramas", es decir, que quedes revestido en la belleza de to­das las virtudes de Cristo o, como "la levadura, que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que hubo fermentado toda la masa" (Lc.13,18-21) y tu transformación en el Maestro sea total.  
 

  Y como la verdadera piedad, según hemos visto, no es sino la entrega, la donación íntegra de nues­tro ser, para que cante en unión de toda la crea­ción rescatada la adoración y la alabanza de Aquel que es, que era, y que será por los siglos infinitos, la "VIDA DE CONSAGRACION", no buscará sino servir al Señor en la verdadera piedad y luchar por la conquista del fin para que fuimos creados.

 Espíritu de las mismas.

 En ellas encontrarás que no he hallado mejor manera de desarrollar la verdadera piedad más que en la perfecta consagración a María según el espíritu de San Grignion de Montfort, el cual citaré frecuentemente, aunque me he independizado en muchos aspectos y he subrayado la importancia capital de nuestra incorporación a Cristo para vi­vir la vida del Cuerpo Místico.
  Quizás el principio pueda parecerte un poco duro o poco amable pero te invito a que lo "co­mas" como el Profeta el libro de la visión (Ez.2,8) y sigas, para que en el amargor de su gusto encuen­tres, la dulzura de la devoción a María y de la en­trega a Jesucristo en Ella y seas de esa manera todo de Dios.
  Una advertencia quiero hacerte y es que, en el curso de este trabajo, no me detendré a probar cosas que son suficientemente conocidas, sino que las enunciaré como bien sabidas; pero sí, desarro­llaré ante tu inteligencia, propondré a tu voluntad y moveré a tu corazón, por medio de un ideal, en la seguridad de que, si soy comprendido, habrás encontrado la palanca de Arquímedes capaz de mo­ver el mundo de tu alma y hacerlo girar para re­cibir por igual el calor vivificante del sol de jus­ticia, Cristo Jesús, en el corazón de la Virgen, dando unidad a tu vida espiritual, centrada en una entrega total y abandono completo, que los años y la gracia irán haciendo real y el amor, verdadero. Si así es, este trabajo habrá cumplido su misión y verdaderamente habrá encontrado un surco fe­cundo para dejar caer su semilla y un alma sedien­ta para apagar su sed. Te invito, pues, lector amigo, que pienses y medites ésto que lees, ya que no es un libro para entretenerte, sino para pensarlo, porque sus páginas encierran todo un programa de vida y todo una fuerza de santidad para quien se da a vivirlo plenamente. 
  Ojalá sientas al leer sus líneas, no por lo que ellas son en sí, sino por la gracia de Dios, el deseo sincero y verdadero de darte totalmente a El en el estado en el cual te encuentras y según el espí­ritu de este trabajo, y que ellas sean para tí, al pedirte tu entrega a Jesús en el Corazón de la Virgen, como el Ángel que anunció a María, pre­cursoras del llamado de Dios, para que el Espíritu Santo, como en María, forme espiritualmente a Jesús en tu corazón, y tú puedas hacer tuyas las palabras de Ella: "He aquí la esclava del Señor" (Lc.1,38) y entones el "Magnificat" de gratitud al Se­ñor, con todos los que ha querido llevar por este camino en la vida espiritual, para alcanzar en él, en la medida de su fidelidad a la gracia, lo que Dios quiere de cada uno, y consumar tu santidad en el Cuerpo Místico de Cristo.
 

Deseos.

 "Por esta causa doblo mis rodillas ante el Pa­dre de Nuestro Señor Jesucristo, el cual es el prin­cipio y la cabeza de toda familia, que está en el cielo y sobre la tierra, para que según las riquezas de su gloria, os conceda, por medio de su espíritu, el ser poderosamente fortalecidos en el hombre in­terior, y el que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; de suerte que estando arraigado y ci­mentados en caridad, podáis comprender con todos los santos, cuál sea la anchura y el largo, la subli­midad y profundidad, y así mismo conocer aquel amor de Cristo que sobrepuja a todo conocimiento, para que seáis plenamente colmados de los dones de Dios.
  A Aquel que puede hacer, por la virtud y poder con que obra en nosotros, infinitamente más que lo que nosotros podamos o concibamos, a El sea la gloria, por medio de Cristo Jesús, en la Iglesia, por todas las generaciones de todos los siglos. Amén" (Ef.3,14-21).